Era ya tarde, el día había sido duro y sin interés. Uno como todos los otros. Aparté mi lectura para contemplar el claroscuro que dejaba entrever la persiana mal cerrada y mis párpados comenzaron a caer dejando mi libro sobre la mesilla de noche, apagué la luz y quedó mi habitación en silencio.

No habrían pasado ni unos segundos cuando sentí un roce de algo acurrucado contra mí.  Fijaos que no he dicho de alguien porque se trataba de un contacto más etéreo que, lejos de asustarme, me produjo gran placer.
– ¿Quién eres? —pregunté.
– La imaginación —respondió ella.
Y sentí un algo embriagador que me elevaba, que me transportaba hasta encontrar lo que no había tenido nunca. Era el brillo de unos ojos que jamás  me reconocieron, que rozaron mi silueta en el saludo matinal,  que me cedieron el paso en el ascensor pero que nunca vieron los míos.
Y ahora estaban ahí,  pendientes de mí,  observándome con mirada de deseo, una mirada que me ofrecía la seguridad en mí misma de la que siempre había carecido.
Sentí que era él quien se acurrucaba a mi lado en una de esas noches con las que yo había soñado tantas veces, imaginando un maravilloso encuentro romántico.
Me vi guapa a través de sus ojos,  admirada y amada. Noté  un ardor que me hizo sentir sensaciones indescriptibles que me producían un delicioso y apasionado clímax. Ámame, le pedía yo, y él, ansioso de mí por los años que me deseaba sin poseerme, me abrazaba en un instante sin fin.
Desperté un poco asustada pero feliz,  estaba a punto de caer de la cama, me divirtió eso. A nadie podría contar aquel cálido abrazo en la noche que acabábamos de pasar juntas.
—Deseo que me visites más a menudo —dije.
La imaginación, muy displicente, respondió : —¿Acaso me mereces? No haces nada por atraerme,  eres gris, aburrida y no te esfuerzas por salir de ese mundo en el que nunca serás nada sin mi ayuda.

Yo callé, tenía razón.

Cuando, al subir en el ascensor que me llevaría a las oficinas en las que trabajaba, lo  hallé en el interior,  no pude evitar dedicarle una sonrisa que me brillaba en los ojos, un gesto que él captó y llevó su mirada hacia mi rostro. Fue en ese momento cuando comprendí que mi compañera de la noche anterior comenzaba a hacer su trabajo. Él entornó sus ojos imaginando cómo sabrían mis sonrientes labios. Sentí que mi vida podría comenzar de nuevo.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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