Como todas las noches, allí estaba, se escondía tras las sombras que proyectaba la cercana farola. Allí,  pegado a la pared, sólo lo delataban las volutas de humo que salían de su cigarrillo, pero ella lo sentía.
Desde que había salido de la cárcel se situaba de manera que pudiera ver la ventana de ella sin ser visto,  pero Elena lo sabía, veía el humo y, agazapada tras los visillos, lo observaba hasta que, al amanecer, desaparecía.

Tiempo atrás la habían encontrado en la cocina bañada en un charco de sangre, la cara abierta con un trozo de loza de los tantos que cubrían el suelo. Los vecinos habían esperado oírlo bajar las escaleras para entrar en la casa y avisar a la policía.  Era un tipo muy violento y temido por el vecindario, que callaba cobardemente a pesar de los gritos y golpes que se escuchaban a menudo.

Había testigos que lo vieron huir ensangrentado, fue juzgado e ingresó en la cárcel.
Ella sufrió el juicio y las miradas de él cuando narraba una pequeña parte de los castigos que le infringía.  No podía contar hasta qué grado habían llegado las vejaciones sufridas, le daba vergüenza.
Cuando se enteró que había salido de prisión, aún  no repuesta, a pesar de haber recibido el alta en el hospital y de estar en tratamiento psicológico, se sintió aterrorizada.  Le dijeron que él había viajado a Cuba y que no pensaba volver. Sus amigas lo habían sabido por sus allegados pero estaba segura de que era mentira.
Él estaba allí,  junto al muro, una noche tras otra, dejando constancia de que cumpliría la amenaza que le hizo, y la mataría.

Su familia se había ido a vivir con ella y nunca salía sola. Su hermano la acompañaba al trabajo los dos días que asistía a la semana. El dueño de la empresa en la que trabajaba como publicista se lo había propuesto.  Los días restantes lo haría con  su ordenador desde casa, apreciaban  la calidad de sus resultados y no querían perderla.

El solo hecho de salir a la calle le aterrorizada aunque entraba en el automóvil que conducía su hermano y salía de él en la puerta del edificio donde trabajaba.
Al subir en los ascensores repletos de gente sentía su olor a alcohol y tabaco frío y sentía que le fallaban las fuerzas, miraba en  derredor pero sólo veía rostros soñolientos de secretarias y empleados de los despachos que ansiaban saborear su otra taza de café.
Acabada la jornada, volvía a subir al coche y descendía en el garaje de su casa.

Perdió el apetito,  sentía que cada vez estaba más cerca y que el humo de su tabaco la mareaba a pesar de la distancia.
No dormía y los ojos enrojecidos le daban  un  aspecto sombrío que preocupaba a sus padres, impotentes ante la situación y que la veían empequeñecerse por momentos.
Se levantaba de la cama cada noche para situarse tras la ventana hasta el amanecer.
Dejó su trabajo temporalmente, ya no salía de casa y su mirada se tornó indiferente a todo menos a su observación nocturna.

A pesar de la terapia y la medicación complementaria, su decrepitud iba en aumento, no hablaba, no razonaba,  no dormía.  En su cabeza iba tomando fuerza una idea.
Una noche de las tantas de larga vigilia, se dirigió a la puerta con su ropa de dormir y los pies desnudos. Había decidido verle y preguntarle por qué la espiaba,  por qué no la dejaba en paz, que a pesar de que nadie le veía, ella sabía de su presencia, que se fuera de su vida aunque estuviera ya marcada para siempre.

A esa hora la calle estaba desierta. Nadie circulaba y ella comenzó a atravesarla lentamente, con temor al encuentro, pero con la imperiosa necesidad de acabar con ese martirio a costa de lo que fuera.

En otro lugar, no muy lejos, un hombre había tenido un mal día en el trabajo y cuando llegó a casa su mujer ya había cenado. Ni tan siquiera una sonrisa, ni una mirada, como siempre, la amargura, el desamor.  Sin pensarlo, dio media vuelta y salió a la calle, subió a su automóvil y lo hizo rugir en la noche como lo sentía él.  Fue tomando velocidad, la calle estaba vacía y su cabeza llena de ira. No se dio cuenta, no lo supo hasta que sintió el golpe, la vio caída en la calzada y él aceleró el motor. Nadie le había visto.
Ella esbozó una discreta sonrisa. Con un poco de suerte terminaría su pesadilla.

Unos meses atrás, en Cuba, una bella mulata esperaba que llegara a casa su hombre. Lo había conocido cuando llegó de España. Era cariñoso, dulce y comprensivo como ningún otro. Al poco de vivir juntos comenzaron los insultos y luego llegaron los golpes. Esa noche, cuando él entró bebido y se abalanzó sobre ella, no se percató del cuchillo que había escondido en su espalda y que en ese momento se apoyaba en su vientre dirigido a él. Le entró hasta lo más profundo. Allí, en el suelo, bañado en un charco de sangre, se acordó de Ella, la misma que, sin saber de su paso al otro mundo, moriría después absurdamente.

 

 

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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