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No os lo he dicho,  porque no siempre os tengo al corriente de todo,  pero, no hace mucho, me pidió amistad por Facebook un señor, que, para hacer boca,  comenzó diciendo que era ingeniero de la NASA y quería relacionarse conmigo.
Tal actitud y atrevimiento, me hizo recordar un caso acontecido en la época en que no existían tan sorprendentes inventos. Veréis: se trata el asunto de la experiencia vivida por una señorita ya jubilada, a la cual, en una de esas tardes de amigable reunión femenina, en la cafetería de un Centro comercial, un maduro galán le pidió un aparte para decirle que ya le tenía echado el ojo, como si de una perdiz se tratase. Quería establecer una amistad y sus avales consistían en la seriedad que da a un hombre de bien el tener la carrera de Ingeniero de Caminos y una madre anciana y enferma en su ciudad de origen.
La señorita, que, más que entrada, estaba salida en años, y no había conocido barón en todo el tiempo en que su cuerpo empleó en arrugarse, cedió a los encantos del apolíneo caballero, cuyo cuerpo, aún cimbreaba al andar.
Le contó el susodicho que había sido destinado en esa ciudad para colaborar en un proyecto de mucha injundia y ella, tímidamente,  sólo se interesó por su soltería. Mujer piadosa donde las hubiera,  de arraigadas costumbres conservadoras y con sus ahorritos de funcionaria de a pie y las cosillas heredadas de sus padres, era un seguro para cualquier cabroncete que  conociera un poco las debilidades humanas. A pesar de que el hombre le juraba que le había arrebatado el alma, ella quería asegurarse de no ser una destruye-casas con ese su nuevo y desconocido  -también para ella- irresistible atractivo.

Ya convencida de que se trataba de un hombre libre, lo escuchaba atentamente cuando contaba que se alojaba temporalmente en una pensión, dado que, todavía, el mencionado proyecto, no estaba dando los frutos que se esperaban. No tardaría, aseguraba, en restituirle el dinero que ella, comprendiendo su situación, le prestaba a pesar de sus negativas, y que él aceptaba, simulando regañadientes.
Hay más. Como ya tenían confianza, le confesó que la dueña de la pensión mostraba una clara inclinación hacia sus masculinos encantos, y no quería sentirse comprometido debiéndole dinero por su alojamiento, para evitar malas interpretaciones, motivo por el cual se aprestaba a pagar puntualmente.
Ella, enamorada y rendida ante palabras que nunca había escuchado antes, cambió su fisonomía y, su resplandor era tal, que no pasó desapercibido entre sus conocidos, a los que, tímidamente,  les iba contando retazos de su amorosa y apasionada relación.
Como siempre, hubo quien metió las narices en el affaire y, una amiga que tenía una sobrina, ennoviada con un ingeniero de la misma rama, sin pudor alguno, le pidió a ésta que se informara sobre el pretendiente. Posiblemente lo hiciera de buena fe.
De momento, llegó la primera noticia: no existía como tal en el Colegio de los susodichos Ingenieros.
Habrá un error, pensó ella, pero, como refinada señorita de la vieja escuela que era, no quiso comentar el incidente, por miedo a ofenderle.
Más adelante y ya con la mosca en la oreja y con los menguados ahorros que le quedaban, contrató a un profesional detectivesco para saber con quién estaba intercambiando emociones.
Lo supo. El señor llevaba años viviendo gratis en la pensión y durmiendo con la dueña y nunca había tenido oficio, pero sí beneficio de las almas incautas y necesitadas de afecto, como la de esta inocente mujer.
Su dolor fue grande. Mujer de moral irreprochable y de gran vida interior, que se distraía tocando el piano familiar en sus ratos libres, enfermó cuando lo supo y no tardó mucho en que una mala seguida se la llevara por delante.
Así fue, como os lo he contado, y, volviendo al principio, a raíz de esta historia, he llegado a la conclusión de que las redes sociales no han descubierto nada, sino, todo lo contrario, han simplificado el trabajo de los malandrines que, fácilmente, prueban a establecer contactos para obtener algún provecho y, por coquetería o falta de afectos, más de un alma acaba complicándose la vida.
Si no fuera por lo que sé… se me iba a escapar a mí el de la NASA…

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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