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Esa mañana se levantó y no se vistió como de costumbre, le embargaba una sensación extraña y que no había sentido jamás. A partir de ese mismo día su vida iba a cambiar radicalmente.

Había recibido la conformidad, ya no iba a trabajar más.
Quedaba abierta esa especie de jaula en la que había perdido, durante muchos años, el disfrute de las mejores horas del día y de su vida.
Había llevado mal su encierro en la oficina en la que trabajaba, empezando su jornada cuando el sol se preparaba para brillar, e intuyendo desde la pequeña ventana de su habitáculo, las transformaciones que sufría el día al pasar las horas, sentado detrás de una mesa gastada por el uso en un trabajo sin ningún interés y sin un aliciente que lo hiciera más llevadero.
Ya podría sentir cómo caía la lluvia desde su balcón mientras tomaba su café y leía una novela de su gusto.
Otros dÍas, iría a pasear junto al mar y vería cómo rompen las olas, a veces bravas,  a veces suaves y acariciadoras y podría soñar con grandes viajes a través de ese espacio inmenso, azul y maravilloso del que, en tan pocas ocasiones había podido disfrutar, abandonando el insufrible atuendo tan formal y anodino y sustituyéndolo  por ropas holgadas y divertidas que le dieran libertad de movimientos.
Esa era la palabra, libertad, y la repetía para sí en un  tono acariciador y esperanzado, acompañado de una pequeña mueca sonriente y todavía incrédula. Se la había ganado trabajando durante tantos años, clasificando cartas, distribuyendo correo en aquél sótano alumbrado artificialmente.
Lástima que ahora estuviera solo y no pudiera disfrutar de la compañía de su ser más querido y que se fue meses atrás a un lugar del que nunca se vuelve.
Había soñado muchas veces con este momento y aún le parecía increíble que le fueran a abonar una pensión sin pedirle un esfuerzo a cambio, lo veía como insólito, dado que nunca le habían facilitado así  las cosas.
Ya había hecho planes y tenía ocupadas las horas de las próximas semanas, su entusiasmo le había inspirado gran cantidad de ideas para disfrutar de su tiempo.
Sólo tenía un compromiso. Debía asistir semanalmente a las sesiones de quimioterapia con el fin de atajar el mal que le habían diagnosticado y en el que, todavía, con tantos planes, no había tenido tiempo de pensar.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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