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De soltera viajaba mucho. Era una chica alegre y estudiosa que aprovechaba bien sus vacaciones y disfrutaba de su merecido tiempo libre. Querida y mimada, recibía sus regalos familiares en aportes monetarios para realizar sus caprichos viajeros, en los que disfrutaba de su total libertad.
En aquella época, en los aviones, los cubiertos no eran de plástico, se servían gratuitamente refrigerios o comidas formales,  dependiendo de la duración de los viajes, y normalmente, resultaba un secreto placer llevar como souvenir la cucharita del servicio.
Así, ella,  que no era muy exigente , tan sólo tenía una cucharita con el logotipo de una compañía aérea, provocándole, al abrir el cajón de los cubiertos, el recuerdo, de Alex, el  guía turístico que en aquél viaje, además de Rusia, le dio a conocer otras muchas cosas.
Nunca se deshizo de su cucharilla y, cuando creó  su familia y tuvo un bebé,  se acostumbró a darle el alimento con ella.
Así también el niño se habituó de tal manera, que, cuando utilizaba cualquier otra, lo apreciaba y escupía cuanto le habían metido en la boca.
Ya había cumplido dos años y los orgullosos padres contemplaban cómo el retoño comía con apetito él solito, blandiendo su herramienta preferida, lo que resultaba un disfrute para los padres al ver a niño tan coloradote y fornido, llevarse a la boca con total dedicación,  primero con movimientos torpes y, poco a poco con más seguridad, sus porciones de purés y cremas.
Ya lo sentaban en los restaurantes y se comportaba con notoria formalidad, eso sí,  debían llevarle al efecto, su estimada cucharita.  En caso contrario, el muchachote cerraba obstinadamente la boca y no había forma de comer tranquilos sin llamar la atención en el local.
La primavera de ese año estaba resultando especialmente benigna. Aquél soleado domingo, los papás lo llevaron a jugar a un parque infantil y, mientras charlaban, sin dejar de echar ojo al rey de la casa, éste se tiraba una y otra vez por el minúsculo tobogán, dejando oír sus simpáticas risotadas, sintiéndose en libertad, vigilada,  claro está.
Aquél día,  al llegar a casa y como era habitual, mientras uno preparaba la papilla el otro cambiaba la ropa del niño por una más cómoda, con la que pudiera disfrutar del anhelado momento del almuerzo.
Sujeto a su silla, sabía ya comer sólo, aún a costa de regar su entorno de manchurrones de puré, celebrados por él con alegría cuando caían al suelo.
Ya había comido su papilla, bueno, él,  la mesa,  el muñequito de goma y el mantelito de colores y, una vez reparado el estropicio, le ofrecieron el postre de día de fiesta: una crema de chocolate que el niño recibió con todas las gracias que sabía interpretar.
Comenzó a paladear su postre preferido y había ya comido unas cuantas y placenteras cucharadas cuando, de forma repentina, se le cruzaron los ojos y perdió su color, soltando su cubierto y quedando inerte.
Los padres reaccionaron rápidamente.  Salieron a la calle y pararon al primer automóvil que pasó en ese momento. Respiraba, aunque entrecortadamente, su madre lo comprobaba din cesar,  pero el niño estaba empapado en sudor y no lloraba, su cabecita no tenía movimiento y la angustia era insoportable.
Cuando llegaron a las puertas de urgencias dejaron entrar a la madre acompañando al niño al box donde comenzaron las maniobras de reanimación.  Después de minutos que parecieron horas,  desistieron,  no se podía hacer nada. Se paró su corazoncito.
La madre apareció por la puerta batiente y su marido, ya informado, la abrazó sin que de ella saliera el más mínimo sonido, ningún gesto.
No quedaba más que volver a casa, en silencio, como autómatas. Alguien los llamó, no oyeron, pero se situó frente a ellos obstaculizándoles el paso. Allí estaba esperando aquél hombre mayor que los había trasladado en el coche cuando iban al hospital, los condujo hasta él y los acomodó en el interior como si fueran muñecos sin vida.
Llegaron a su casa silenciosa, sin vida, y, al entrar en la cocina , allí estaba, posada sobre la mesa, todavía sucia, la querida cucharita, manchada de chocolate.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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