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En mi última clase del Taller de Relatos, Enrique Brossa nos dijo que debíamos aprender a expresar sensaciones, matices, percepciones…

Ya de por sí es difícil hacerlo entre seres vivos, pero entre objetos… me pareció un poco excesivo.

Él nos dijo que era posible y, efectivamente, aunque dando los primeros pasos, constaté que sí, que todo es cuestión de aprendizaje.

LA GRAPADORA Y EL PISAPAPELES, un amor imposible.

Estoy pensando que nunca se fijará en mí, bueno, lo sé a ciencia cierta. Pertenecemos a mundos diferentes, él es distinguido y tiene una gran responsabilidad, es el guardián de las facturas por pagar en la Notaría, yo diría que el cargo más importante de cuantos nos situamos en esa mesa con tapa de cuero verde. Nunca abandona su puesto, su figura imponente nos intimida a todos y yo, una simple grapadora lo adoro sin esperar ser correspondida. Su tallado poliédrico conserva restos de batallas, de caídas que han convertido en romos sus ángulos debido a la resistencia con que se ha enfrentado a la adversidad cuando en la tormenta, al abrirse las ventanas, el viento con fiereza ha arrasado con todos los otros documentos que habían en la mesa y la lámpara ha caído sobre él. Es atractivo, yo observo a la persona que mantiene limpio el despacho cómo lo frota y aprecia su suavidad cristalina, cómo lo pule con delicadeza y cómo lo mira a contraluz para comprobar que no guarda ninguna huella, después, se recrea observando con deleite los destellos que provoca en él la luz del sol. Yo no soy nadie pero estoy pendiente de cualquier movimiento. Lo admiro profundamente desde que me depositaron en el escritorio como un elemento más de aquel despacho pero, por supuesto, reconozco la humildad de mi posición pasando a menudo horas, e incluso días, guardada en un cajón en cuyas manchas de tinta veo monstruos abominables. Bueno, no debo quitarme tanta importancia porque, a veces, soy la vedette de la jornada aunque, a decir verdad, me duele tener que depender de las grapas que me meten dentro para no resultar un trasto inservible y me da pudor dejar que entrevean mis intimidades. Él no. Él es respetado, casi venerado, y en muchas ocasiones acariciado por la cuidada mano del dueño del despacho. Incluso a veces se distrae viendo cómo las volutas de humo de su cigarro disfrazan sus reflejos. Entonces, la lámpara se pone celosa y empieza a parpadear, pero no mucho tiempo para evitar que cambien la bombilla con la que ya comparte años en esa situación. Ella lo provoca y cuando se enciende, produce en las planicies de sus muchas caras, destellos diferentes, a la manera de un gran diamante. ¡Qué celosa me siento en esos momentos! Me molesta si entran los niños los domingos por la tarde cuando los traen sus papás y los dejan jugar en el despacho como hicieron ellos también en otro tiempo. Ante esa situación que rompe nuestra monotonía ha habido veces que algún que otro libro ha caído de la biblioteca. La semana pasada concretamente, se desplomó el de Rabindranath Tagore. Su sensibilidad no pudo soportar tal falta de respeto. Seguiré mis escarceos con el sacapuntas, es más de mi nivel, aunque no podré evitar soñar con un imposible.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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