Un día , paseando tranquilamente, me crucé con alguien que me resultó ligeramente familiar.  No supe de quién se trataba y, por lo tanto,  no le dirigí la palabra.
Empecé a pensar y lo imaginé con una bata de médico, detrás de un mostrador, o quizás conduciendo un autobús de los muchos en los que me gusta desplazarme.
Pero, al no encontrar respuesta, no pude quitarme de la cabeza al personaje y, su recuerdo, se hizo recurrente sin encontrar explicación.
Llegué a pensar en que, ciertamente, vivimos otras vidas y probablemente este individuo sería el carcelero de una prisión de alta seguridad, a la que mis huesos fueron a parar poco después de haber robado el Banco de Inglaterra, en otro momento de la historia.
También podría haber sido mi mayordomo en aquella enorme casa en la que viví un romance con Lord Byron, o, por contra, el dueño de la carnicería donde yo lavaba los suelos tres veces por semana.
Andaba yo cavilosa y cabizbaja, paseando con las manos a la espalda y ya sin ganas de comer, cuando, de repente, sentí un perfume.
Un dulce y sensual perfume, procedente de un jazminero de diminutas flores, que trepaba cuan salamandra por los muros de un viejo caserón abandonado.
¡Pardiez! me dije entrecerrando los ojos, ¡ese perfume me trae recuerdos del pasado! y ante mí se abrió una escena en la que un chico rubio, muy joven,  con anchos hombros y largas piernas, me sacaba a bailar durante la verbena, en las fiestas patronales de aquél pequeño pueblo, situado junto al mar.
Yo, entonces, dejé que entrelazara mi cintura y, torpemente, comenzamos a bailar y a pisotearnos al compás de la música.
No hablábamos ¡faltaría más! No habíamos sido presentados, pero su olor a juventud y su temblorosa mano, hablaron por él y me dijeron lo bien que se sentía conmigo.
Por supuesto, la distancia entre los dos era considerable ¡menuda era Doña Amalia cuidando de las niñas a su cargo!.
No acepté el siguiente baile para no provocar suspicacias y, cuan temprana Cenicienta,  después de merendar, me marché con el resto de las chicas, bajo la atenta mirada de mi objeto del deseo que, en ese justo momento, mordisqueaba una patata frita. Mientras,  como ya he dicho, no se perdía detalle de los andares propios de mi incipiente natural galanura.
Me fui de allí, era el último día de verano y ya nunca más nos vimos.
Aquél ser que yo había visto días atrás, aquél hombre con vientre revoltoso que jugaba a saltar la hebilla de su cinturón, aquél que se limpiaba la sudorosa frente al más puro estilo de Louis Armstrong y que masticaba un palillo por la comisura del labio ¡era Eduardo-Rafael!. Quedé impactada y, después de unos segundos que tomé para respirar, comprendí porqué me saluda la gente que no reconozco en absoluto. Giré la esquina y entré al salón de belleza ¡que me hagan un completo! grité.
En serio os digo que, ni siquiera Dorian Grey se llevó tanta sorpresa al constatar cómo puede cambiar una imagen con los años, y yo, absolutamente convencida de que es cierto eso de que vivimos varias vidas, pensé en aquella tan bonita, ya pasada, y a la que, a pesar de todo,  no me gustaría volver.

La foto es de Norman Rockwell

 

 

 

 

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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