Allí estaba ella, sentada, con su gato sobre las piernas. Lo estaba esperando desde la hora en que solía llegar, pero ya desde la mañana a ella la embargaba una terrible inquietud, una corazonada que esperaba no se cumpliera, a pesar de la fuerza con que insistía en torturarla, golpeando su cerebro y manteniéndola en vilo.
La cena estaba fría desde hacía horas,  la mesa puesta esperando a que alguien diera vida a los cubiertos que reposaban sobre las impecables servilletas.
No muy lejos de allí, tapetes verdes y luces tenues que sólo cobraban fuerza al irradiar sobre las mesas, y un crupier que, cuan capitán de remeros, al decir “hagan juego señores”, era obedecido por todos cuantos le rodeaban.
Ella lo presentía desde que lo vio afeitarse en el baño, ese brillo en los ojos que había traído la noche anterior, se había agudizado y le daba una belleza que, lejos de admirar fascinada,  le producía una gran zozobra.
Había sido difícil la recuperación después del carísimo tratamiento que había recibido durante varios meses para alejarlo de su tendencia al juego. Perdió el empleo, saliendo de la empresa por la puerta de atrás, no sin antes devolver lo que había cogido “prestado” y debiendo,  para evitar la denuncia y el castigo correspondiente,  vender el apartamento con agradables vistas donde vivían y en el cual, ella,  había invertido los pocos ahorros que le habían dejado sus padres al morir.
Allí,  viviendo de nuevo ese ambiente que lo embriagaba y que hacía mucho que no respiraba, no pensaba en nada ni nadie que no fuera él mismo. Había vendido bien un coche en aquella empresa de segunda mano para la que trabajaba actualmente, e inventó una excusa ante sí mismo, diciéndose que sa corazonada no le iba a fallar.
La matrícula del vehículo terminaba en 15, justo la edad que iba a cumplir su hija dos días después,  todo un presagio. Convertiría ese dinero en una cantidad importante y entonces lo celebrarían los tres.
Había pensado por el camino que sólo apostaría una pequeña parte de las ganancias y que el resto, para asegurarse de no tocarlo, lo guardaría en el coche de forma segura,  debajo de la alfombrilla.
Esa era la idea antes de perder la parte correspondiente e ir a por más, porque, estaba seguro,  esa noche iba a recuperar lo perdido.
En algún momento,  el juego se volvió de su parte y llegó a recuperarlo todo. ¡Vete! le gritaba una voz en su cabeza,  que él ahogó con un buen trago de whisky. Estaba en racha y seguro de que alcanzaría a doblarlo,  hasta triplicarlo, y se concentró en acariciar las fichas de colores cuyo número había aumentado considerablemente.
Hacía tiempo que no salía el 15 y, en pleno fervor, empecinado, apostó un gran pellizco de lo ganado. Mientras la caprichosa bola giraba, pasando por todos los números, dando pequeños saltitos y haciendo sonar su clic,  clic,  él transpiraba, presa de la expectación y el subidón de adrenalina.
El 15, rojo,  impar y falta,  cantó el crupier.
No cabía de gozo. No pensaba en la hora, ni en su familia. Se le acercó una joven de labios muy rojos que antes se había situado en el lado contrario,  guardando la espalda de aquél viejito que empezó ganando y que, de vez en cuando permitía que ella, dulcemente,  le arrebatara una ficha,  diciéndole algo al oído.
La suerte había cambiado también para ella,  ahora,  situada a su lado, dio un pequeño sorbito de su bebida, mirándolo con ojos tiernos por encima del vaso. Eufórico y espléndido,  guiñándole un ojo, le ofreció unas fichas que, ella, sonriendo,  guardó en un coqueto bolsito que portaba al efecto.
Se formó ante él una montaña de fichas, arrastradas por aquella tablilla que, hábilmente,  manejaba quien dirigía el juego.
Llenó sus bolsillos y decidió descansar un rato para controlar los latidos que resonaban en su cabeza y su pecho, dirigiéndose a la barra, seguido de cerca por la muñeca subida sobre inmensos tacones que repasaba sus labios, espejito en mano.
Los grandes butacones tapizados en terciopelo y la densa atmósfera cargada de humo, le embriagaban, lo respiraba intensamente entornando los ojos y rememorando las múltiples sensaciones que le había producido en otro tiempo.
Volvió a la carga, no quería conversación ni le interesaba la compañía de aquella lapa que no pensaba despegarse de él mientras la suerte le acompañara.
Pensó en un número y sacó cuantas fichas llevaba en los bolsillos,  las situó ante él y esperó que finalizará la apuesta anterior, ordenó sus fichas en montoncitos por colores. A la orden de salida, comenzó a empujarlas suavemente en busca del número elegido.
No pudo, una mano decidida y tierna se lo impidió. Él,  sorprendido,  levantó la vista y allí estaba ella, con ojos suplicantes y vidriosos mirando a los suyos.
Dulcemente, lo cogió del brazo mientras él recogía sus fichas. Antes de dirigirse a la caja para canjearlas,  dio un vistazo a la mesa, comprobando que, en aquella partida en la que no pudo participar, no había salido su número fetiche y habría perdido todo.
No dijeron nada mientras llegaron hasta el coche donde él rompió a llorar y ella,  amorosamente,  una vez más, lo perdonó.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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