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Allí estaban, junto al mar y frente a la Catedral de Marsella, situados alrededor de un pequeño deportivo vintage de estridente color y estilizadas formas. Eran tres, creo recordar -con buen tipo, buenas maneras y mucha juventud- los que recostaban sus caderas contra aquella encantadora carrocería, preparados para el momento en que su imagen se grabara en los sofisticados aparatos fotográficos de aquellos,  sin duda profesionales, que los rodeaban.

Era un día de otoño de cielo azulino en el que, el viento del día anterior había eliminado todo rastro de nubes. La temperatura invitaba a disfrutar del paisaje y yo me detuve a observar las escenas que, en ocasiones, nos brinda la vida destacando un tanto de lo habitual. Mi curiosidad es constante y, en definitiva, me enseña y distrae de algunos pensamientos que, a menudo,  se niegan a dejarme en paz.

Se dirigían entre ellos estudiadas miradas de complicidad,  sabiéndose guapos y atractivos como demostraba el hecho de haber sido elegidos para aquel rodaje, seguramente promovido por alguna empresa de cosméticos o perfumes. Llamó mi atención un chico que andaba de un lado a otro tras el que portaba la cámara, moviendo un paraguas pequeñito y negro que intentaba matizar aquel sol mediterráneo, tan horizontal y rutilante, antes de que se pusiera, hundiéndose en el mar y dejando tras sí su rosado resplandor. 

Todo me admiraba, desde las coquetas pajaritas en sus almidonados cuellos, hasta las intensas tonalidades de los tejidos empleados en sus ropas, de todo punto imposible elegidas al azar.

Hacían como que charlaban, sonriendo siempre y sacando el máximo partido a sus particulares guiños, que ellos sabían atractivos, seguramente a causa de haberlos repetido hasta la saciedad frente al espejo, en sus instantes privados

En mi fantasía, los imaginaba yo en otro momento, lejos de ese sábado feriado, en sus trabajos habituales que seguramente serían muy diferentes y, en los cuales, bien sentados en sus oficinas, puliendo madera o reparando motores de coches y, cerrando por unos momentos los ojos, habían soñado el gran instante que estaban viviendo.

No sé el motivo de que sólo hubieran tres muchachos pero yo imaginaba junto a ellos una sofisticada y refinada mujer como la Grace de Alta Sociedad, aunque, no satisfecha, intenté incluir a su lado, en mi ensueño, a la gran Sofía Loren, en el caso de existir la posibilidad de que, en el anuncio, saliera ella de su coche paseando a esos tres jóvenes cachorros, sujetos con una cadena de diamantes. Demasiada mujer para tan inexpertos muchachos. Yo los hubiera cambiado a los tres por un Marcelo Mastroiani y, hasta las campanas de la catedral, habrían repicado ante tanta belleza. También a mí me gusta soñar despierta.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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