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Corría el año 1947 y y también  la hambruna de la posguerra, la profundidad de la España maltrecha y el ansia de salir de esa locura en la que la población había perdido tanto.
La Iglesia y el Estado insistían en que sólo la religión sanaria las almas de los desgraciados.
La película de Bernadette de Lourdes se proyectaba en todos los rincones del suelo patrio.
¿Caldo de cultivo? Todo.
Esta antigua historia yo la oí contar en casa hace muchos años, las tardes de domingo en que nos reuníamos en familia. En su momento iba de boca en boca y se transformaban los hechos a gusto del narrador.
Un día,  en la televisión hablaron de ella y de lo curioso de ese fenómeno que movió masas con un chispazo muy simple y me interesé por buscar cómo había ocurrido en verdad.
El caso es que a finales de noviembre del citado año, justo por la fiestas de San Andrés, una niña anunció en su casa que se le había aparecido la Virgen. Sus padres, que acababan de trasladarse al pueblo, le pidieron que no lo comentara con nadie, tenian miedo de que les impidieran trabajar en las nuevas tierras. No querían llamar la atención, a causa de que el padre era republicano y había sido represaliado, perdiendo su empleo de telegrafista. Buscó hasta encontrar un trabajo de jornalero y fueron a parar a aquél lugar.
La niña siguió insistiendo sobre las apariciones y un día les comunicó la revelación que a ella, y sólo a ella, le había hecho: el primero de diciembre el sol se esconderá y el día se tornaria noche y, por contra, la noche, día, y quienes presenciaran ese hecho, sanarian de sus males.
Saltó la noticia a la calle por más que quisieron evitarlo. El rumor se extendió  como una mancha de aceite, ya no se hablaba de otra cosa en los pueblos vecinos, ni en las capitales cercanas. Tanto es así que el Ayuntamiento de la ciudad decretó en previsión de desmanes, que no se apagara el alumbrado público en esa jornada.
Así las cosas,  intervino el Arzobispado  advirtiendo que no estaba contrastado el hecho por la Iglesia y que no acudieran a esa llamada bajo ningún concepto.
Las gentes hicieron oídos sordos y con sus carros,  bicicletas y los que no tenían otro medio, a pie, tanto tullidos como enfermos comenzaron a llegar con antelación.
Ni la Guardia Civil pudo contener a las 300.000 personas, sí he dicho bien, que se aposentaron allí en la noche más fría que se había conocido en tiempos. La escarcha helaba las pobres coberturas con que se tapaba la ingente cantidad de seres que necesitaban eso: un milagro. Querían presenciar el amanecer de la anunciada jornada.
Llegó el día y todos miraban al cielo esperando la señal de la Señora y, cuando por la negrura de las nubes invernales empezó a oscurecer, su fe se renovó, pero ni ese día ni la siguiente noche ocurrió lo que esperaban.
La partida fue resignada para algunos pero otros siguieron esperando hasta que se les hizo imposible continuar por sus carencias y sus enfermedades.
No obstante, sí ocurrió un milagro y fue grandemente comentado, consistiendo en que, de esa gran cantidad de seres que esperaban un cambio prodigioso en sus vidas, a pesar del frío, la necesidad y la falta de salud, nadie murió ni nadie empeoró.
Realmente un hecho histórico y conmovedor que alimentó a algún cineasta a rodar películas milagreras.
La que fué protagonista de la historia, mudó con su familia a otros lugares en los que no se les conocía.
Yo oí esta historia pensando que era un cuento, pero no, como es sabido, es fácil que la realidad supere en muchos casos a la fantasía.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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