0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Elvira es buena chica. Vino de un pueblo de la Mancha cuando era pequeña con sus padres, tras encontrar trabajo en una portería de un prestigioso barrio. Pasados los años, los señores del tercero necesitaron a alguien que cuidara a Doña Elena, su madre, y quién mejor que Elvirita, conocida de siempre y que había compartido los ratos de la merienda con los hijos de los dueños de la casa, en el jardín del edificio.

Doña Elena está contenta, sus hijos tienen un gran futuro por delante en empresas multinacionales, viajando a lugares ignotos, y son su orgullo. En ellos invirtieron ella y su marido, muerto hace años, todo cuanto ganaron en aquella tienda de comestibles que, posteriormente, devino en un gran supermercado.

Aquél día, Doña Elena amanece mareada, sin  ganas de levantarse de la cama y con un extraño color, Elvira, que tiene anotados todos los teléfonos familiares, llama a Don Luis, su hijo mayor, hombre muy ocupado y padre de dos hijos. La persona que está al otro lado de la línea dice que no hay nadie más en casa, pero que avisará a la familia, no obstante, previene que Don Luis salió para Chicago ese mismo día.

En casa del otro hermano contesta su esposa, siente mucho no pode acudir, pero son los padrinos de una sobrina suya y hoy la bautizan. Irán en cuanto puedan, cuando acabe el evento. No será nada, ya sabemos que la abuelita, a veces, come demasiado.

Elvira tiene su silla junto a la cama donde han llevado a la enferma después de haber pasado por urgencias, lleva un gotero, parece ser que el corazón está muy débil.

Luisito, el  nieto mayor, llega sudoroso y contrariado porque le han avisado justo cuando estaba jugando un partido de tenis, le han dicho que haga acto de presencia y se quede un rato con la abuela. Después de darle un ligero beso en la frente, se sienta en la silla de enfrente para consultar sus mensajes, ríe en algunos momentos, tiene unos amigos que son la caña y se va a perder la comida con ellos, con Carmencita no se cuenta, estudia en Irlanda.

La habitación del hospital es para dos personas y, pese a que han separado la cama de Doña Elena con un biombo, no se puede evitar oír el parloteo de los visitantes del paciente de al lado. Es un hombre muy mayor, de raza gitana, y las enfermeras ya no saben cómo decirles a los acompañantes que se están comiendo el oxígeno de los enfermos, pese a ello, se esconden en los lavabos y salen cuando el peligro ha pasado. Han operado al abuelo de apendicitis y todo el clan está removido, traen vituallas que se reparten para no dejarlo solo un momento e incluso intentan hacerle comer un trozo de tortilla, aunque le esté prohibido.

-Es mi padre-, dice una mujer guapetona con el pelo recogido y un gran orgullo en su cara ¿lo vamos a dejar solo?.

Pero se van a la fuerza y, sin que nadie se dé cuenta, hay dos que se han escondido debajo de la cama, no se fían de lo que puedan hacerle al abuelo.

Suena el móvil y Elvira se apresta a cogerlo, es Luis, ya ha llegado y ha recibido el mensaje, está preocupado y pregunta si ha ido su hijo. Si –le contesta Elvira, ya marchó, tenía un compromiso- él no se molesta en disculpar a su esposa, todos saben que nunca soportó a su suegra porque sus orígenes no estaban a su altura.

Doña Elena se despierta, abre los ojos y mira a Elvira, sonríe levemente y ésta le limpia la comisura de los labios y le acaricia la mano mientras ella sigue observando la habitación minuciosamente, como si buscara a alguien más. Cierra los ojos, suspira profundamente y deja caer sus manos.

Elvira lo ha visto otras veces, primero fue su abuela y luego su abuelo que estuvo postrado varios meses y conoce cuando todo se acaba. Silenciosamente, le hace en la frente la señal de la cruz, cubre su rostro con la sábana y sale, sin prisas -ya no hay porqué correr- a comunicarlo a las enfermeras.

Los visitantes del paciente de la cama contigua cesan en sus conversaciones y, con un profundo respeto, se ponen a rezar por el alma de la desconocida.

En el despacho donde se reúnen los facultativos hay uno que sale para certificar la defunción, comienza el papeleo.

Ella pregunta quién se puede encargar del sepelio y le dan algunas tarjetas de propaganda que dejan las funerarias para estos casos. Lo arregla todo, Doña Luisa esperará “en frío” hasta que se puedan reunir los familiares. Pasarán días, todos están muy ocupados.

Cuando ya todo ha finalizado, Luis, el mayor, le da un sobre a Elvira y le dice que la recomendará a sus amigos. No te preocupes, no te faltará trabajo, eres muy eficiente.

Ella se pregunta por qué nadie le ha dado un apretón de manos, ni tan siquiera un beso, en realidad, nadie pensó que ella la quería.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

Últimos post porGemma Olmos Jerez (Ver todos)

Deja un comentario