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No había dormido, para mí, el nerviosismo en los preliminares de un viaje, sigue siendo inevitable. Bajé a toda prisa al garaje sintiendo la resaca del cansancio y mordisqueando una galleta para paliar un poco la sensación de vacío en el estómago, necesitaba un café pero ni soñé con prepararlo, imposible perder esos valiosos minutos.
Era muy temprano, apenas las cinco de la mañana y ni siquiera la luz del día comenzaba a clarear cuando, ya en carretera, oí de repente un fuerte sonido que correspondía a un claxon pulsado con insistencia. Me había dormido tan sólo unos segundos y a punto estuve de provocar un accidente irreparable. El conductor del otro vehículo me adelantó gesticulando exageradamente y yo seguí oyendo el sonido hasta que se perdió en la distancia.
Quedé alerta y con el corazón tan desesperado que me obligué a abrir la camisa para poder dejarlo saltar a su antojo y, al mismo tiempo, paliar en lo posible la transpiración que me embargaba, todo ello, sin bajar en ningún momento la velocidad, por la temida pérdida del vuelo.
Viajaba a Berlín,  no podía faltar a un seminario que había organizado la empresa y al que me habían pedido asistir como suplente,  ya que, en un principio, no era yo la persona designada.
Dejé el coche en el parking del aeropuerto y corrí para situarme en la larga cola de control de equipajes que aquél día, merced a los últimos atentados, avanzaba de una manera cansina, provocada por los registros que se practicaban en algunas maletas.
Comencé a pedir favores a unos y a otros para que me dejaran pasar, dada la premura de mi situación, estancándome cuando llegué a la altura de un inmenso teutón, comprensivo a más no poder, pero que no aceptó en absoluto dejarme avanzar.
Ya llegué al control de equipajes y respiré aliviado al comprobar que aún  no habían asignado la puerta de embarque a mi vuelo cuando, el empleado, me rogó abrir mi maleta.
Me pidieron estar presente mientras, sin ningún pudor, vaciaron pieza a pieza lo que yo consideraba mi intimidad hasta ese momento, como las camisas, planchadas con amor por mi esposa, y mis prendas interiores, que no viene al caso enumerar.
De pronto y, bajo una camiseta, apareció un bote de Coca-Cola.
A la llamada de quien yo calificaría como registrador de la propiedad, acudieron los policías del aeropuerto y, con un sofisticado artilugio, procedieron a llevarse el bote, no sin antes apartar a quienes estaban por los alrededores. Ni qué decir tiene el pavor general que despertó aquello entre los integrantes de las colas, situados junto a los controles.
Estupefacto, contemplaba la escena sin comprender nada, ni siquiera porqué estaba dentro de mi maleta semejante cosa. Dije que no era mío,  que no lo había metido yo, que no me había separado de mi maleta… e inmediatamente, comprendí lo absurdo de mis explicaciones. Entonces… ¿Por qué estaba allí? dijeron.
Habían ido a comprobar qué clase de líquido contenía el bote,  porque,  si se trataba de una sustancia explosiva,  había suficiente para hacer volar el avión.
A mí me ofrecieron, sin derecho a negarme, entrar a una habitación, careciendo absolutamente de noticias, a pesar de que el tiempo pasaba y el avión. … bueno, ya estaba perdido, en esos momentos estaría despegando.
Llamé a mi mujer para contarle lo ocurrido, y se sintió muy consternada. Al igual que yo, no le encontraba explicación ¿un bote de Coca-Cola? repitió.
Fue entonces cuando oí una vocecilla a su lado que decía ¿le gutó a papi el degalito que le puse pa lavión?

 

 

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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