Estás esperando. Lo metieron enseguida en alguna parte y cerraron las puertas. En casa parecía que no era nada pero cuando viste que no mejoraba, llamaste un taxi, afortunadamente no estabais lejos. Él se desvanecía por momentos y se te hizo largo el trayecto.

Se lo llevaron y ahí estas tú, esperando.

Lo peor de todo es que no sabes lo que esperas, ni tampoco a quién. Cada vez que esa puerta se abre salen personas con aspectos y actitudes diferentes, unos te miran y otros no.

Siempre intentas buscar en su gesto si se van a dirigir a ti, pero no es así, a veces salen varios comentando. No saben por lo que estás pasando, o si, pero deben protegerse, lo entiendes.

En un momento dado sale una enfermera con una expresión dulce, y te atreves. Le preguntas si sabe algo y ella te dice que no, que no es de esa sección o especialidad, o lo que sea, no entiendes bien, le explicas que ha pasado mucho tiempo y, desde que te dijeron que iban a hacerle unas pruebas, no sabes nada. Ella te sonríe – tenga paciencia- responde mientras se aleja.

Al principio sabias que tenías que esperar, pero no tanto. Ya te sitúas junto a la puerta, intentas oír, mirar por la rendija. Tú misma te sorprendes haciendo cosas absurdas, como caminar en línea recta y volver de la misma manera, sin levantar la cabeza, y no tropiezas porque la gente se aparta.

Es un lugar donde se comprenden todas las actitudes, pero no las noticias que en algunos casos llegan, ves a una pareja joven, ella llora desconsoladamente y tú, sin saber por qué y después de dudar, tocas a la joven y te sale decir: te comprendo. No se trata de saber por qué llora sino de sentir con ella su dolor. Debe ser muy grande.

Te estás angustiando, no sabes que hacer, oyes que llaman a alguien, te acercas pero no es a ti, y notas que transpiras, que te inundas por momentos. Deben de ser las lágrimas que salen por tus poros y te das cuenta que tienen un olor ácido, acre, y te recuerda el que percibiste al llegar. Es el olor del miedo.

Ahora sale un médico, busca con la mirada y repite el consabido “familiares de…” y tú vas corriendo, porque lo nombran a él y el médico debe notar tu ansiedad, y te calma con una seña de sus manos para que no corras, y te sonríe y te suena a gloria cuando te dice que en un rato le darán el alta.

Ya pasó el tiempo y no te acuerdas de lo que te dijeron, sólo una gran alegría y el apretón de mano que le soltaste al médico, luego cuando te viste delante al querido enfermo, recuerdas que, con lágrimas en los ojos, le dijiste “si me vuelves a asustar así, te mato”. También recuerdas la sonrisa amorosa que había en sus labios, probablemente reflejo de la tuya.

 

 

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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Comments

  1. ¡Precioso! No es difícil identificarse. Captas perfectamente esa sensación tan extraña que se siente cuando algo muy grave puede estar pasando en tu vida y las puertas de la sala de espera son atravesadas por profesionales que nos parecen indiferentes, porque no siempre pueden estar pendientes precisamente del problema de tu familiar. Te felicito sinceramente. Magnífico. ¿Cuándo saldrá tu libro de relatos?

     

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