“Tres palabras”,  bonito bolero. El disco giraba y ya habian parejas abrazadas en aquella plaza donde se habían instalado banderitas de colores y donde, el olor a aceite y caramelo, impregnaban el ambiente.

Los muchachos iban peinados hacia atrás, el pelo brillante y ese olor a limpio de los chicos del campo que visten sus madres lo mejor que saben.

Ella estaba sentada. Nadie la acompañaba, y tenía la vergüenza propia de la chica que se queda sola.

Miraba al suelo y, con sus zapatos de domingo, hacia montoncitos de arena distraídamente.

Quería ser maestra, inculcar a los niños el respeto por los demás, por las personas diferentes, e inculcarles que éstas podían valer igual o más que el resto.

Una vez oyó una frase, “no existe la normalidad, existe la frecuencia” y a eso le daba vueltas cuando notó que alguien se sentaba a su lado. No se volvió, no fue necesario aunque hacía tiempo que no lo veía. Sí sabía de él por las cartas que le escribía desde el cuartel y que ella, de vez en cuando, contestaba con alguna pequeña frase de cortesía. No podía ser de otra manera. Él, por el contrario, le explicaba hasta el más mínimo detalle de su vida y le demostraba un afecto que ella no quería ver de ninguna manera.

Le habían sacado “La Monja”, ya se sabe, no había frecuencia, era la única en aquella pequeña comunidad con ese defecto físico que ella intentaba disimular con faldas más largas de lo que estaba de moda. Había oído decir que aquel zapato con esa gran plataforma ya estaba desapareciendo, gracias a las operaciones de cadera que comenzaban a practicarse, pero acceder a eso aún lo veía como un sueño.

Su madre se sentía culpable. Desde que comenzó a andar y se dieron cuenta lo achacó a las vueltas que daba la niña en su vientre ¿Cómo iba a ser menos, si los obuses pasaban sobre sus cabezas y se encogía como una bola?.  De eso hacía ya casi veinte años.

Él estaba allí y, mirando también al suelo le dijo: Tenemos que hablar.

Ella, sin querer mirarlo, calló. Imaginaba ya que, como siempre, le reprocharía su falta de interés por sus noticias y que no lo mantuviera informado de las cosas del pueblo, pero ella no debía fomentar aquello que para él era una cariñosa amistad entre compañeros de juegos, vecinos de toda la  vida. No quería que él se obligara a entretenerla como siempre. ´

Él se fue a la mili y le escribía, sí, pero ¿Qué pasaría cuando escribiera a alguien “de otra manera”?. Mejor así las cosas

Ahora estaba allí, a su lado. Como había presentido, él tuvo licencia para las fiestas y ella no quería salir, de verdad, no quería, pero hasta Don Luis, el médico, intervino y su madre la plantó en la calle con sus amigas.

Ni siquiera chismorreaban las vecinas cuando el cartero le daba su carta diaria. Pensaban que él era un buen chico y fiel a su amistad. ¡Ni siquiera otra cosa les pasó por la cabeza! No tuvo que desmentir nada….

La plaza estaba llena. Ahora, con un pasodoble bailaban juntas las mujeres mayores mientras sus maridos tomaban sus vasos alzando cada vez más la voz. Los niños, como siempre, corriendo por la improvisada pista y levantando un polvo que olía a feria de ganado. Las madres, domingueras y coloradas, les llamaban con un grito esporádico que sabían no iba a surtir efecto.

Allí se conocía todo el mundo. Había miradas cómplices, posturas forzadas recogiendo barriga y arreglando escotes, gente que iba y venía y excusas al volver. Todo un mundo en tan pequeño espacio. La fiesta anual. Tampoco había tantas….

Empezó Él, como siempre, con su actitud de chico más mayor proponiéndole un paseo por el campo al día siguiente, pero ella inventó una excusa, y otra cuando le propuso asistir juntos a la cena que se organizaba con motivo de la despedida de Doña Luisa, la maestra, que se jubilaba.

Eso colmó el vaso y ese muchacho que tanto había jugado con ella la cogió de los hombros como cuando quería hacerle comprender algo y le dijo que había visto bailar a un grupo de gente un ritmo que se llamaba bachata que no era conocido allí, pero que a él le entusiasmó porque era el ritmo de ella cuando andaba, ese que le hacía levantar un poco su cadera y que le daba una gracia especial y del que ella se avergonzaba y le dijo de tirón que en la ciudad no había chicas con una risa como la suya cuando le cogía fuerte para bajar como locos sentada detrás en su bicicleta y que a él le gustaban las casas de una planta sin escaleras, como a ella y que…y que….y entonces se dieron cuenta de que el bolero “bésame mucho”, que iba a ser siempre su canción, merecía que le hicieran honores a su nombre.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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