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Cuando caminaba por aquella calle de irregular pavimento, no pensé que iba a tropezar. Debí haber contemplado la posibilidad al observar que algunos adoquines asomaban más su cuerpo que otros, como si pidieran ayuda, temiendo ser engullidos por el vientre de la ciudad.
Estuve cayendo un rato,  el suficiente para ver cómo avanzaba un mozalbete en mi auxilio y cómo  una amable señora extendía su brazo para ayudarme.
Nunca, en aquél elegante distrito parisino, encontré tanta solidaridad. Me di cuenta que la bandeja de ostras con lazo y papel celofán que portaba la mano con tan valiosa sortija, se tambaleaba ostensiblemente y que el ostrero,  que estaba ojo avizor,  acudía apresuradamente para evitar que el preciado líquido, conservado al abrirlas, se derramara.
Sólo se rompieron mis medias de Máx Mara, pero, en aquél momento, supe que el tropezón no había sido sólo una casualidad. Había servido para hacerme comprender lo que no había procesado aún, pese a ver las calles iluminadas,  las castañeras en plena faena,  las vitrinas llenas de foie-gras y el glamouroso champaña con oferta tres por dos.
Se acercaba la Navidad, era un hecho inminente.
Me elevaron del suelo y, milagrosamente,  lo único discordante fue el olor del pescadero frente a tan elegantes perfumes. Mis huesos no habían sufrido descalabro alguno, solo se resintió el inmaculado blanco de mis guantes
Pedí un taxi con urgencia y, acuciado por mí, el conductor hizo un trabajo al más puro estilo French Conection, gracias al cual, pude subirme a un avión pronto a despegar. Volvía a casa, no sin pasar antes por Milán y haciendo escala en Turquía. Debía haber mirado antes el panel de salidas y controlar mis impulsos.
Me esperaban con impaciencia en el aeropuerto, habían echado en falta mi presencia, mi amor, mi simpatía natural…
Seguidamente y, tras ayudarme a desprenderme de mi abrigo de piel de camello muerto por accidente, procedieron a colocarme un mandil mientras me hacían las habituales preguntas: ¿has pensado ya qué vas a preparar en Navidad?.

Fue entonces cuando desperté, empapada en sudor y abrazada al oso Panda que me había comprado en los chinos.

 

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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Comments

  1. Lo que más me ha gustado de este relato es esa primera parte en la que nos ofreces el curioso paisaje de una caída a cámara lenta, mostrándonos los detalles que solo percibiríamos en una décima de segundo. Genial.

     

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