Cuando la dejó aquel novio pensó que el mundo se le echaba encima. Había hecho cuanto podía por retenerlo, incluso le dio su prenda, como decían en el pueblo, y estaba aprendiendo a escribir porque quería colaborar con él.
¡Pobre ilusa! Apenas salía de la vaquería e iba corriendo a la escuela nocturna para que él no se avergonzara de ella. Y ahora esto.
El caso es que después de estar en boca de todos decidió irse del pueblo, pero no lo hizo a la capital, no. Estaba tan encendida que se marchó del país.  Tenía una tía que había emigrado hacía  tiempo con un trabajo de planchadora y le buscó un contrato.
Poco a poco los vapores de la plancha y del licorcillo que se tomaba para soportar el frío le fueron despejando de sinsabores y accedió a participar en las fiestas domingueras de los compañeros, a pesar de no conocer su idioma. Fue progresando tan rápidamente que pronto conoció su lengua, bueno,  la de él, y quedó a la espera de un extranjerito aunque su comunicación con el padre fuera muy “a flor de piel”.
El buen hombre se enamoró de aquella expresiva mujer de tal modo que, mostrándole el anillo, le pidió en matrimonio.
Menuda se armó en el pueblo esa Navidad porque,  aunque fuera prestado, aparecieron con un coche que causó sensación,  casi tanta como el sombrero de la tía, una mujer de mundo, conocedora de varias lenguas que le habían dado las privilegios que poseía. Cómo y con qué envidia la miraban las amigas que se habían quedado allí cuando ella partió a lo desconocido y después compró varias casas del pueblo.
Fueron recibidos con entusiasmo y recelo por aquellos que tanto habían hablado de su honor y su virgo.
También las comadres se lo pasaron en grande cuando los vieron entrar a la farmacia cogidos del brazo a comprar Aspirinas. Ella, sonriente y acalorada, y él henchido de amor que, muy solicito las compró a un mancebo que le pareció blanco y enfermo según le comentó al salir a su novia. Bien sabía ella que no le dolía la cabeza. Tan sólo quería que aquel mequetrefe supiera lo que se había perdido al dejarla.
Después del convite se apresuró a cambiarse y a conectar su portátil. Pensaba contar su experiencia en su idioma, como venía haciendo desde que se sintió sola. Nunca dejó de tener amigos ya que le encantaba la web desafiosliterarios.com y allí compartió sus vivencias.
El novio aprendió deprisa español.  Quería saber qué se trajinaba ella con esa gente.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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