Esta mañana me he levantado eufórica, con ganas de darme un homenaje. He pensado que me gustaría estar en un lugar distraído, con ambiente, movido, con ese ruido de conversaciones que a veces te adormece un poco y en otras te hace estirar las orejas. Ah! Y fresquito, sobre todo fresquito porque en la calle hace un calor…
Así que me he puesto “arreglá pero informal” como dice la gran Martirio, con poco perfume para no pasar desapercibida y sin llamar mucho la atención. He cogido un bolso no demasiado grande para no molestar y….¡lista!
Así preparada me he dirigido a la parada del autobús. Mejor sitio y con mayores ventajas, no hay a estas horas.
Carmen Posadas, a la cual admiro profundamente, en uno de sus libros dice que para escribir sus columnas nada mejor que sentarse en la barra de un café y, oyendo conversaciones, se inspira.
Yo creo que oírlas en un bus, no sólo da para una columna, sino para todo un batallón, hablando en términos militares.
En primer lugar me senté al fondo para pasar más rato y no incordiar al personal y, frente a mí, observé a dos chicas que me hicieron verdaderamente alucinar ¡llegaron a escandalizarme!, gran sensación que no experimentaba hace ya tiempo.
No me gusta nada, decía una, a mí lo del ”paquete torero” me parece extra fuerte, tía. A mí me mola que se note el paquete cuando yo quiera, pero mientras tanto, quietecito.
Lo de las tetillas, mola, tía, pero les hace sudar mucho la camiseta, toapretao y luego huelen. Yo no sé, tía, si seguiré con él porque a veces por más que le hago no quiere que se le marque paquete delante de la gente y a mi eso….
¡Me marcho!, pensé. Esas conversaciones filosóficas sobre el ser y el estar en este momento, no están a mi alcance porque, si hablan de calenturas, saliendo del bus estamos a 43.
Yo buscaba algo más creativo y lo encontré en una señora que dijo, a voz en cuello, que le habían dicho que alguien había propuesto que había que ahorrar a costa de las refrigeraciones en el servicio público. Yo creo que era una agitadora profesional porque, a pesar de no tener dientes, no zezeo nada cuando lo dijo. Lo tenía muy estudiado, además, hoy, por un bocadillo, pides cualquier cosa a un jubilata y te la hacen. Sino os lo creéis, observad en los mítines como todos van con bolsitas a las plazas de toros, o a donde toque- Y autobús y todo para traerlos de los villorrios más escondidos a la capital. Turismo de sobaquillo, creo que se llama.
Este revuelo que había sido provocado entre varias damas que se dirigían al mismo centro de salud, cambió radicalmente su cariz cuando una dijo: “yo es que me caí el otro día!”, nada más, escuetamente, pero a esta la califiqué de psicóloga experimental porque se armó una de Dios es Padre y ella ya no intervino. Escuchaba tranquilamente, yo la vi. Un rosario de lamentos se disparó porque todas se habían caído alguna vez y lo describían con gran exactitud, incluso alguna que se sintió centro de atención en algún momento porque su caída de hace diez años había sido más aparatosa, se vino arriba y contó inclusive la de una prima suya de Jaén.
Ya era mucho y me cambié de asiento junto a unos señores que hablaban de cuánto se le echaba de menos, que habían acabado con sus ratos de placer, que no les compensaba la vida y yo pensé que, o hablaban de su viudedad o, por la edad, de los tiempos de Franco. Pues no, me equivoqué, hablaban del tabaco. Estaban completamente desolados y marchaban a un parque a sentarse en un banco y comentarlo con otras víctimas de la tragedia en común.
El conductor, probablemente, estaba sustituyendo a otro de la plantilla que conocía mejor la ruta. Se apreciaba que no era muy experto, para qué mentir, era un inepto de tres pares que no se sabía ni la dirección de las calles y por poco cambiamos el Centro de Salud por un hospital mas grande.
Después de tres frenazos espectaculares y un fuerte dolor en las costillas flotantes por el codazo del señor de al lado que, al estar con el síndrome perdió el equilibrio, presioné el botón de parada y bajé.
A veces quisiera no ser tan europea, de verdad que lo quisiera, pero soy una forofa de los transportes públicos por aquello de evitar la contaminación, yo y mi admiración por los suizos que, al fin y al cabo, y aunque vayan en bus, son unos aburridos que solo saben hablar de relojes.
No obstante, no sé si cambiaré de opinión porque, al bajar del autobús y cruzar la calle, me siento tan gaseada y con más humo dentro, a causa del escupitajo de los supertubos de escape, que si me fumara un cartón de Marlboro. Mi voluntad flaquea, realmente la carne es débil.
¿Y ahora como vuelvo?, porque no sé dónde he bajado.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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