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No descansaba el sol aún sobre la cima de la montaña cuando apareció Eulogio Montesinos en la plaza buscando al alcalde.

– Venanciooo, gritaba siendo oído más allá del camino hacia el río.

Un vecino que andaba en ese momento buscando el tiempo que sin darse cuenta se le había escapado, le gritó desde el callejón que estaba el señor alcalde con el secretario y Don Walterio, el maestro, en el bar echando la partida.

Se dirigió entonces Montesinos hacia el lugar indicado sulfurado como la Justina, la mula del Yiyo, cuando le toca subir el cerro cargada hasta las orejas. Le había puesto ese nombre al animal porque le recordaba mucho a su difunta esposa decía.

– Es igual que la Justina, que en gloria esté, igual de tozuda. Con los años había aprendido el Yiyo, un extorero  sin suerte en la lidia que se ocultó de su fracaso en el pueblo, que la vida manda sobre los hombres y la muerte lo hace sobre la vida. Habiendo recibido él tantas heridas provocadas por el asta de un toro seguía en pie, vivito y coleando y sin embargo a Justina se la llevó un mal soplo sin haberle dado siquiera un hijo al que enseñar a equivocarse.

Cuando entró Eulogio Montesinos con los carrillos llenos del humo que provoca la ira a interrumpir la partida, todos cambiaron el gesto para reprobarle la acción. Todos menos Zalacas, el bizco, cuyo nombre auténtico era Zalacaín por la novela de Pío Baroja, pero al que una vez su madre tomó conciencia mientras zurcía bajo el umbral de su puerta de que el nombre de su hijo terminaba en caín, prefirió cambiarlo por el actual, no fuera a ser que por aquellas cosas del destino y de la mala leche del personal, que todo hay que decirlo, decidieran llamar todos a su vástago como aquel horrible hombre que mató al bueno de su hermano.

– Válgame el señor, decía la madre de Zalacas, que un nombre mal puesto puede cambiar la vida de una persona.

– Voy a sembrar cebada, dijo erguiendo el cuello Montesinos.

A Amancio, el propietario del bar y amigo personal de todos sus enemigos más íntimos, se le cayó el vaso de vino rompiéndose en mil pedazos al oír a Eulogio, el hijo de Catalina, pronunciar aquella frase que cambió la historia del pueblo. Todos los presentes y se diría que algún ausente, debido a la repercusión que tuvo posteriormente en la villa aquel momento, quedaron paralizados sin poder dejar de mirar al recién llegado con la boca abierta de estupefacción.

Solo el mismo Montesinos consiguió romper el letargo emocional que él mismo había provocado.

– Voy a sembrar cebada, repitió con firmeza.

Todos se miraron entre ellos para acabar posando los ojos en el alcalde que observaba anonadado a Eulogio como queriendo calcular los grados de locura que se le habían subido a la cabeza.

Montesinos permanecía de pie en la entrada del bar, impasible, mientras Venancio, el mandamás y mandamucho, tal y como le gustaba que le llamaran, intentaba reanimar a las palabras que se le habían desmayado en la boca del susto, para responder a tamaña atrocidad.

– Aquí sembramos trigo, ya lo sabes Eulogio, ¿qué te ha dado?

– Pero yo voy a sembrar cebada. Bueno, yo y todos los de la parte de la cuadra del Braulio. Hemos decidido que así será y venía a comunicartelo.

– Vamos a ver, Eulogio. ¿No habrás ido a la era sin la gorra? Se diría que se te ha quemado la sesera con el sol ¿Cómo que lo habéis decidido? Eso se tendrá que hablar con el grupo gubernamental.

A mí ni Walterio, ni Ceferino, ni Dionisio me han comunicado nada al respecto.

-Walterio, ¿tú sabes algo? Preguntó el alcalde.

– ¿Yo? Que voy a saber, pero si Eulogio no se pasa por el bar desde la última guerra por lo menos, respondió el maestro rascándose confuso la cabeza.

– ¿A quién se lo has dicho, Eulogio?, preguntó Venancio.

– A ti, te lo estoy diciendo a ti. No entiendo para qué demonios le tengo que pedir permiso al cura, al maestro y al guardia del pueblo para hacer lo que me venga en gana. Te lo comunico a ti para que sepas que ni mi familia, ni yo, ni nadie de los de la parte de la cuadra del Braulio te vamos a traer más trigo. A partir de ahora sembraremos cebada.

– ¿ Como que no lo entiendes? Todos los que has nombrado son el grupo gubernamental del pueblo junto conmigo. Eso ya lo sabes de sobra. Aquí llevamos mucho tiempo viviendo del trigo y no vas a venir tú ahora a cambiar las cosas. Ya sabes que puedes sembrar lo que quieras para tu familia pero según las leyes aprobadas hace 31 años, tienes que aportar tu cosecha de trigo como todo el mundo.

– Ya, pero no me parece justo. En mi familia desde hace muchísimo tiempo se ha sembrado cebada y nos gusta más. Dice mi Daniel, que como bien sabes estudia en la ciudad para labrarse un futuro  que la cebada es nuestro signo de identidad y que deberíamos imponer nuestro producto ante cualquier otro porque esa es nuestra esencia.

– Mira, Eulogio. Aquí en este pueblo hay unos tipos que deciden qué es lo mejor para el pueblo y ya sabes quienes somos. Así que dile a tu Daniel que labre su futuro en la ciudad todo lo que quiera pero en este pueblo se labra lo que yo diga… lo que digamos que se labre y sanseacabó, dijo ya algo alterado el alcalde. Vamos a estudiar si es posible tu petición y ya te diremos.

– No es una petición, solo te informo.

Venancio, a punto de estallar de ira, miró a su alrededor y pudo ver como todos y cada uno de los presentes no lograban salir de su asombro. Entonces dirigiéndose a Don Walterio, el maestro, le preguntó:

Dime, amigo Walterio ¿ crees que sería posible que nuestro estimado Eulogio pueda dejar de sembrar trigo para dedicarse a la cebada?

Su mirada era penetrante, cualquiera hubiera podido afirmar que era capaz de agujerear un muro tan solo con los ojos.

– Pues sin duda alguna, es cuanto menos imposible, señor alcalde.

-¿ lo ves Eulogio? El hombre que más sabe del pueblo opina lo mismo que yo y ambos  ya somos el cincuenta por ciento del grupo gubernamental. Por tanto mucho me temo que no va a poder ser, añadió sonriendo de manera ladina. Anda, muchacho, vete a casa y saludame a la Eustaquia y al Daniel.

– Mira, Venancio, somos amigos desde hace mucho tiempo, de hecho hemos crecido juntos. Nos conocemos todos desde que no levantábamos un palmo del suelo. Pero has de saber que en mi casa y en la parte de la cuadra del Braulio nos hemos reunido y hemos decidido dejar de sembrar trigo y dedicarnos exclusivamente a lo que mi familia y los habitantes de aquella parte nos gusta hacer.

Un fuerte golpe en la mesa que hizo caer la mayoría de fichas del dominó al suelo sirvió de preámbulo al estallido vocal del alcalde de la villa.

– Aquí se siembra trigo por dos razones fundamentales, gritó levantándose de la silla como un resorte. Por mis cojones y por mis genitales. Y como se te ocurra dedicarte a la cebada, te comes grano por grano hasta que mees cerveza. ¿Estamos?

Eulogio, mostró su disconformidad torciendo la boca y dándose media vuelta se despidió diciendo:

– A más ver.

No tardaron los murmullos en ser el sonido prioritario en aquel pueblo en el que lo más importante que había pasado en años es que la Francisca había tenido gemelos y ni siquiera ella sabía distinguirlos porque ninguno de los dos lograba acordarse de quién era quién y decidieron en familia que serían cada mes uno diferente.

– Tú este mes serás Gabriel y tú Higinio, les decía. Y el mes que viene lo hacéis al revés.

No sirvió de mucho, porque los muchachos en cuanto supieron usar el ingenio se cambiaban la personalidad entre ellos y acababan no cumpliendo lo estipulado. Pero lo que se rieron en su infancia no lo ha reído nunca nadie más en el pueblo.

Cuando llegó el mes de rendir cuentas al ayuntamiento se presentaron Eulogio Montesinos y los de la parte de la cuadra del Braulio con cebada cosechada durante todo este tiempo e informaron ante la multitud reunida en la plaza que se desvinculaban de aquel ayuntamiento al estar en desacuerdo con el grupo guberbamental y que formaban ellos otro grupo para decidir de manera interna todo lo concerniente a sus parcelas.

Si aquella tarde los gritos y abucheos hubieran sido lluvia se hubiera vivido en aquel lugar el segundo diluvio universal.

Ni Eulogio Montesinos, el hijo de Catalina, ni nadie de los de la zona de la cebada como pasó a llamarse desde entonces aquel rincón del pueblo fueron bien recibidos en aquel lugar nunca más y no pudieron ni vender ni comprar nada a sus antiguos vecinos.

Una tarde en la que el sol enrojecía de vergüenza  fueron a prender a Montesinos y lo encerraron en el calabozo con un ladrón al que habían sorprendido robando en los alrededores a todo aquel que se cruzaba en su camino.

Cuando el ladrón preguntó que porqué habían encerrado a su compañero de celda, no fuera el caso que tuviera que convivir con un asesino peligroso. El alguacil le respondió que por preferir la cebada al trigo. Se echó a llorar al saber el ladrón la razón del encierro de Montesinos, dando por seguro que si en aquel lugar habían metido preso a aquel señor tan solo por llevar la contraria, él jamás sería perdonado por sus delitos.

Una semana más tarde se despertaron los habitantes de la zona de la cebada con más calor del acostumbrado, era muy extraño que en aquella época del año quemara tanto el sol, pero fue al salir de sus casas cuando se dieron cuenta de que lo que ardía eran todas sus tierras. Aquello fue el detonante de que los más jóvenes de la zona de la cebada se fueran a la otra parte del pueblo armados con palos para dar una lección a los que creían culpables de su desgracia. La batalla en las calles fue descomunal y cuando tras varios muertos por ambos bandos y todos los de la zona de la cebada detenidos, se acercó el alcalde a hablar con Montesinos para intentar hacerle entrar en razón.

– Ya no tienes tierras, le dijo. Y tu hijo y el mío han muerto en la reyerta. Porque no dejamos que todo vuelva a su cauce, añadió ofreciéndole la mano a su antiguo amigo Eulogio.

Este le aceptó la mano y le ofreció la suya  tras meterla en el bolsillo. El alcalde satisfecho apretó y notó algo en la palma de Montesinos. Al separarla vio resbalar de entre ambas manos granos de cebada que se estrellaron contra el suelo al tiempo que una lágrima rodaba por la mejilla de Eulogio.

 

Soy Jordi Hortelano, nací en Badalona un 9 de septiembre de 1972, actualmente resido en Barcelona. Inicié mi periplo como escritor el 17 de febrero de 2016 con la publicación de un relato con doble lectura, El secreto del seňor Evol. Su gran aceptación y mi actividad en Facebook con la publicación de poemas y microrelatos me ha introducido en mundos como el de la librería LibrUp, ubicada en la calle Rosselló 361 de Barcelona. Un espacio para autores indies, donde podemos vender muestros libros e incluso editarlos y publicarlos, y en la que se celebran eventos, como concursos de poesía, presentaciones, grabación de programas literarios y entrevistas. También gracias a mi pequeňo libro y mi actividad literaria en las redes, pude ingresar como columnista en desafíosliterarios.com, una página creada para dar cabida a escritores noveles que busquen una buena promoción y a lectores ávidos de letras emergentes. En ella escribo todos los martes a las 20:00h un relato o poema en mi columna Goteando letras. Una actividad que me ha proporcionado afortunadamente un amplio número de lectores y conocer a otros escritores de calidad. En esta página, también he podido vender mi libro y apuntarme al taller de Enrique Brossa, donde he ido ampliando mis conocimientos sobre la escritura e intentando mejorar en mis textos. Es corta de momento mi andadura en este nuevo mundo, pero ya he tenido el honor en menos de un aňo de ser entrevistado tanto en LibrUp como en desafíosliterarios.com, en dos cadenas de radio locales y formar parte de eventos como la firma de ejemplares el día del libro o el black friday. Y he tenido además el privilegio de ser miembro de un jurado en un concurso de poesía y contertulio en un programa literario llamado Letras perdidas. Ahora mismo estoy preparando la segunda edición con Casandra 21 de El secreto del seňor Evol, tras dos tiradas de cien ejemplares vendidas con Bubok y culminando dos libros más, una novela corta de humor y un recopilatorio de relatos y poemas. Además he escrito una novela titulada Mientras el tiempo descansa que publicaré más adelante. Tengo amén de todo esto, otros proyectos individuales y en colaboración con otras personas.

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