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Llegó con un andar tan musical que el maletín que llevaba parecía bailar al son de sus pasos, recto, muy delgado, inquieto en el mirar, nervioso en el semblante y en las manos. Apenas doblaba las piernas al caminar, por cada una que movía le iba detrás un brazo. Parecía haber estado ensayando como accionar todo su cuerpo a un mismo compás, verlo moverse era como acudir a un recital de alguna orquesta afamada. Entró al pueblo ocupándolo con una sonrisa blanca, como hecha de yeso, de dentadura perfecta, entre unos labios tan finos que desde lejos parecían pintados a carboncillo. A simple vista no tenía nada especial pero todo en él era peculiar, era un hombre una talla y media mayor que su traje, tanto era así que tras cada zancada dada en su trayecto, le asomaban avergonzados unos calcetines de colores tan vivos y dicharacheros como él. Mocasines, chaqueta casi torera por lo corta que le iba, marrón como el pantalón y la tierra del camino, tan escaso de asfalto como sus bolsillos de monedas. Bajo el traje rebelde, una camisa de un blanco casi ausente, se le desabotonaba de la risa, probablemente provocada por el roce de sus costillas, que diríase a ojo de lince, le paseaban por encima de la piel.
Culminando la estampa del forastero y si te fijabas bien, podías oir a un mechón de pelo pidiendo orden a gritos, atrapado en un sombrero de ala ancha y porte estrecho como todo lo demás.
Apareció como aparece la gente que se queda para siempre, sin avisar, saludando a las seňoras sentadas en los portales sobre su soledad, pirueta de sombrero, reverencia y un estilo incomparable en el hablar.
No vio apenas varones por el camino, el peluquero, el pastor y Don Cipriano que andaba bebiendo los vientos por doňa Amparo sin quitarse la sed. Todos absolutamente todos le pedían permiso al tiempo para verlo pasar y le siguieron la estela hasta que se esfumó entre el humo del bar. Sus ojos, tan diminutos que apenas le cabía la mirada, buscaron un rincón discreto donde poner a descansar los kilómetros recorridos. Se sentó en una silla con el respaldo a su derecha y apoyado en la pared, no sin antes acercar otra para poner los pies mostrando media canilla y cuarto y mitad de tibia y peroné. Escudriňó el espacio en silencio, con una cautela aprendida, diseccionó con la vista uno por uno a todos los clientes del bar, todos hombres, excepto Aurora, una hembra en cuyas caderas se podían depositar todos los sueňos de un hombre en fila india.
< Hola, ¿que le sirvo?, dijo la muchacha de labios de nube y ojos de miel.
< Vaya, si me sirves, dijo él, intentando recolocar la compostura en su lugar de origen, me sirves para diez vidas más por lo menos. ¿Cómo te llamas, criatura?, ¿Venus, Afrodita?.
< Aurora, dijo ella, mirándolo de arriba abajo sin disimulo. Y no haga muchos esfuerzos por enamorarme que tengo miedo.
< ¿Miedo, me tienes miedo?
< No, a usted no, tengo miedo de que lo logre, no sea que de un suspiro mío se me vaya usted volando.
Los clientes que se habían percatado de la presencia del forastero y que no le habían quitado ojo desde entonces, celebraron entre risas la respuesta de Aurora. Mientras esas risas fueron cayendo una por una al suelo y morían estrelladas entre palillos y alguna aceituna que no había cumplido su misión, entró Don Cipriano atraído por el alboroto.
< Ponme un anís tan dulce como tú, pidió al fin el forastero con la mirada ya distraída en el recién llegado y se fue Aurora hacia la barra moviendo el mundo.
< Shhhh, Shhhhh, emitió el escuálido foráneo dirigiéndose a Don Cipriano, acompaňando su llamada con el gesto de doblar el dedo índice a modo de “venga usted pacá”
¿Yo?, dijo Cipriano seňalándose a si mismo con una mano, mientras sujetaba la boina con la otra.
El forastero asintió con la cabeza y Don Cipriano se acercó con los pasos dubitativos y el rostro lleno de extraňeza. Una vez estuvo frente a él, el forastero bajó los pies de la silla y con los ojos dormitando a la sombra del sombrero lo miřó y le dijo:
< Yo sé como puede conquistar a esa mujer que tanto ansía.
No solo Don Cipriano se quedó de piedra, hasta las mismas piedras que habitaban las paredes quedaron estupefactas, a aquel curioso hombre recién llegado al pueblo hacía unos minutos, le había bastado un vistazo para hacerse con el escenario.
< ¿Cccc..cómo sabe?
< Eso no tiene importancia, es tan solo experiencia. ¿Quiere conseguirla sí o no?
< Claro, ¿pero cómo?
< Sencillo, necesita usted otro pasado, uno más interesante, dijo bajando la mano al maletín que descansaba a los pies de la silla. Lo puso sobre la mesa y giró la ruedecilla de apertura hasta que el maletín abrió la boca para contar su historia.
Mire usted, dijo el forastero, aquí tengo varios pasados que la pueden enamorar, el suyo ya se lo sabe y no le debe resultar atractivo.
Un murmullo asombrado llenó el aforo del local y cada uno de los clientes giraron sus sillas hacia el rincón que ocupaba el forastero.
< Verá, continuó acostumbrado a ser el centro de atención, leáse estos y escoja, son pasados irresistibles.
< Pero, yo no sé leer, aquí nos lee las cartas el maestro.
En ese momento se levantó un seňor, que hacía esperar su mirada rapaz tras unas lentes, batiendo la incertidumbre que flotaba en el aire con un movimiento repetido de la mano, como pidiendo calma. Se acercó a la mesa donde estaban ambos contertulios, hojeó los papeles y preguntó:
< ¿Y de donde saca usted los pasados?.
< Los compro, los ancianos los venden por poco dinero, ya de poco les sirve.
< Vaya, es usted un vendedor sin escrúpulos, pero lo entiendo para vender ciertas cosas no hacen mucha falta.
< ¿Sin escrúpulos por qué?, ¿ para qué sirve un pasado cuando ya es corto el futuro?
< Para recordar.
< ¿Para recordar?, vamos seňor maestro, el pasado solo sirve para hacer llorar. ¿No me ve?, yo siempre estoy feliz.
< ¿No tiene usted pasado?
< No seňor, he debido venderlos todos según me crecían porque no los recuerdo.
< Pero entonces, ha vendido también todas las cosas buenas de su vida.
< Pues seguramente, yo con tal de no llorar…
< ¿Y que hay de su familia, de sus padres, sus hermanos, su mujer, sus hijos?
El forastero se encogió de hombros, como si la carga de la vida le hubiera aplastado las respuestas.
< Bien, dijo el maestro, vamos a hacer una cosa. ¿Donde cree usted que tiene su pasado?, el poquito que haya acumulado desde que vendió el último.
< Pues supongo que detrás mío, respondió sorprendido el forastero.
< Exacto, pues bien, si tiene usted ojos detrás de esas dos líneas pintadas en su cara…
Una carcajada comunal ensordeció el mundo.
< Como le iba diciendo, hágame usted un favor, mire hacia su pasado y dígame que tamaňo tiene.
El forastero se giró lentamente, con la desconfianza creciendo paralela a su interés y miró hacia la pared.
< Escueto, respondió volviéndose de nuevo hacia el maestro.
< Y bien, ahora responda, ¿me puede indicar mirando hacia delante que tamaňo tiene su futuro?.
< Mucho más amplio, respondió adornando el local con la cal de su sonrisa.
< Se equivoca, apuntó el maestro. Su futuro tiene el mismo tamaňo que su pasado, lo que usted está mirando es el pasado y el futuro de los demás. Eso es su vida amigo.
Inmóvil, ajeno al mundo, el forastero sintió como las lágrimas, todas aquellas que aún no habían aprendido a llorar, le temblaron dentro y salieron en tsunami al exterior. Cuando quiso darse cuenta tenía los brazos del maestro protegiéndole de la nueva realidad.
Al rato, le secó la última lágrima con el pulgar y se despidió con una frase:
< Ahora, muchacho, camina y no vendas más tu pasado ni el de nadie, malo o bueno forma parte de la vida y es lo que construye el futuro.
El maestro salió del bar con los ojos llenos de un agua milenaria y se dirigió a su casa, cogió su billetera y sacó una foto en blanco y negro llena de arrugas y grietas en la piel. En ella sonreía una mujer con pamela y un medallón abrazándole el cuello.
< He encontrado a nuestro hijo, amor, sabía que si me paraba en algún lugar acabaría viniendo a mí, ha tardado varios aňos, pero ha valido la pena la espera. No se acuerda de nosotros pero acabará acordándose de si mismo. Por fin superará tu marcha y por fin descansarás en paz.
Besó la foto, la volvió a introducir en la billetera y se fue a enterrar un medallón idéntico al de la imagen en la tierra que había pisado el forastero.

Soy Jordi Hortelano, nací en Badalona un 9 de septiembre de 1972, actualmente resido en Barcelona. Inicié mi periplo como escritor el 17 de febrero de 2016 con la publicación de un relato con doble lectura, El secreto del seňor Evol. Su gran aceptación y mi actividad en Facebook con la publicación de poemas y microrelatos me ha introducido en mundos como el de la librería LibrUp, ubicada en la calle Rosselló 361 de Barcelona. Un espacio para autores indies, donde podemos vender muestros libros e incluso editarlos y publicarlos, y en la que se celebran eventos, como concursos de poesía, presentaciones, grabación de programas literarios y entrevistas. También gracias a mi pequeňo libro y mi actividad literaria en las redes, pude ingresar como columnista en desafíosliterarios.com, una página creada para dar cabida a escritores noveles que busquen una buena promoción y a lectores ávidos de letras emergentes. En ella escribo todos los martes a las 20:00h un relato o poema en mi columna Goteando letras. Una actividad que me ha proporcionado afortunadamente un amplio número de lectores y conocer a otros escritores de calidad. En esta página, también he podido vender mi libro y apuntarme al taller de Enrique Brossa, donde he ido ampliando mis conocimientos sobre la escritura e intentando mejorar en mis textos. Es corta de momento mi andadura en este nuevo mundo, pero ya he tenido el honor en menos de un aňo de ser entrevistado tanto en LibrUp como en desafíosliterarios.com, en dos cadenas de radio locales y formar parte de eventos como la firma de ejemplares el día del libro o el black friday. Y he tenido además el privilegio de ser miembro de un jurado en un concurso de poesía y contertulio en un programa literario llamado Letras perdidas. Ahora mismo estoy preparando la segunda edición con Casandra 21 de El secreto del seňor Evol, tras dos tiradas de cien ejemplares vendidas con Bubok y culminando dos libros más, una novela corta de humor y un recopilatorio de relatos y poemas. Además he escrito una novela titulada Mientras el tiempo descansa que publicaré más adelante. Tengo amén de todo esto, otros proyectos individuales y en colaboración con otras personas.

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