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Héctor era un muchacho de rasgos apolíneos, sonrisa de niño y cuerpo de gimnasta. Llegó a decirse de él que era el hombre más bello que había pisado la faz de la tierra. Todas las muchachas de su generación o de edad cercana suspiraban por ser correspondidas en el deseo irrefrenable que sentían por él, estaban dispuestas a dar su vida por tocar con los dedos temblorosos de pasión el contorno del rostro de aquel Adonis moderno. Incluso las forasteras cuando llegaban para pasar las fiestas se quedaban prendadas del ser más perfecto que jamás habían visto. Todas y cada una de las féminas que habían sentido el inevitable éxtasis que producía mirarle solían pasar jornadas enteras comparando a Héctor en sus pensamientos, con los hombres más guapos del planeta. Se llegó a crear un debate entre las mujeres del pequeño pueblo en el que habitaba sobre que rasgos eran de tal actor, de aquel cantante o de ese modelo. Pero cuentan que su belleza estaba por encima de lo humano, que no se podía comparar con ninguna de las terrenales y acababan concluyendo que aquel jovenzuelo estaba hecho de retales de los sueños más bonitos que se podían tener. Desde el momento en el que el niño se fue haciendo hombre años atrás, se iniciaron las apuestas en aquella breve villa por ver cuál de las chiquillas lo acabaría cazando. Jacinta, su madre, una mujer muy de su casa, de su marido y de su hijo, aseguraba que su muchacho acabaría casándose con Florinda, la hija del terrateniente, pues no iba a ser cualquiera la que se iba a llevar a su chico. Dicen que Héctor como aquel que pasa por allí de casualidad, fue estrenando los labios de todas las mozas con edad de merecer que vivían en el pueblo y de alguna que venía preguntando por el camino para ir a la capital. Pero no se le veía entusiasmado con ninguna, besaba sin más, más por petición que por voluntad propia. Decía su padre, Ignacio, un hombre sin ánimo ni interés para caminar más allá de donde le tocaba ir y que ejercía de enterrador en el pueblo, que su hijo era más inteligente que guapo, – y eso ya es mucho decir, añadía.  Y que había aprendido de muy jovencito que la vida son tres días y que dos de ellos llueve, y que por qué no iba su muchacho a vivir la vida sin ataduras ni obligaciones. Total su destino era acabar bajo la tierra como todos los demás.

Mientras andaba Héctor enamorando hasta a las ciegas, estalló la guerra y no tardaron los milicianos recién reclutados en recorrer los pueblos en busca de hombres que ayudaran en la lucha. Tenía el muchacho  dieciocho años cuando llegó el alcalde tras una de sus visitas a la capital para dar la buena noticia de que no tardarían los soldados en aparecer para llevarse a los hombres, pero ni él ni su madre estaban por la labor de acudir a servir a la patria.

– Me lo matan, decía su madre, al niño me lo matan nada más llegar. Lo más peligroso que ha cogido es el hacha para la leña y no se le ven trazas.

Ante la inminente llegada de las tropas de reclutamiento, la madre urdió un plan para evitar que le arrancarán de los brazos a su buen mozo. Habló con su marido y éste sin entender muy bien que más daba el momento si todos teníamos que morir, aceptó que su hijo no acudiera a filas, más por evitar el berrinche de su esposa que por convencimiento.

Así que cuando entró el pelotón de reclutamiento unos días después al pueblo para llevarse a todos los hombres útiles, la familia Buenaventura ya estaba preparada para evitar que les secuestraran a Héctor. Al entrar por la puerta tras aporrearla justo antes de que la madre les abriera, encontraron a Ignacio Buenaventura arreglando una silla que por lo visto cojeaba y a una hermosa muchacha doblando una ropa recién planchada.

– ¿No hay más varones en la casa que usted, señor?, preguntó un joven cabo que estaba al mando al padre de Héctor.

-No seňor, respondió Ignacio, aquí solo vivimos mi esposa, mi hija Andrea y yo.

No pudo menos el soldado que fijar la vista en la inusual belleza de la muchacha llegando a estar casi un minuto absorto contemplándola ante la inquietud disimulada de sus padres que se miraban entre ellos temiendo que aquel joven miliciano se diera cuenta que tras Andrea se escondía un muchacho llamado Héctor.

Su madre lo había vestido con ropas de mujer y una peluca que había comprado a un grupo ambulante de actores que actuaban de pueblo en pueblo y que no andaban lejos en ese momento.

– Bien, pues tendrá que venir con nosotros señor, se le ven buenos brazos, acertó a decir el soldado.

– No se lo lleven, suplicó Jacinta. Es el único enterrador que tiene el pueblo, las pocas personas que nos quedamos lo vamos a necesitar, solo seremos mujeres, niños y sobretodo viejos.

– Precisamente, señora, y dadas las circunstancias, es justo un enterrador lo que más podemos necesitar en la guerra.

– ¿Me dejarán al menos que me despida de él?, aňadió la matriarca con gesto resignado. Solo Dios sabe si lo voy a volver a ver.

Accedieron entre sonrisas pícaras y se lo llevó a la habitación mientras la joven Andrea intentaba ejercer de anfitriona guardando todo lo que pudo las distancias.

Salieron ambos minutos después y Jacinta les entregó a Ignacio con la mirada firme y sin derramar una sola lágrima.

– Cuidénlo, por favor, acertó a decir Jacinta, antes de que abandonaran la casa llevándose a su marido. Está enfermo.

– ¿Enfermo?, ¿ qué tiene?, preguntó sorprendido el joven cabo.

– No lo sabemos, tose sangre.

-Según Don Laureano el médico, podría ser tuberculosis pero tiene que hacerle una revisión.

En ese momento Ignacio tosió esputando sangre y decidieron no llevarselo argumentando que el enterrador debía ir pensando en cómo se las arreglaría para enterrarse a sí mismo.

Cuando se alejaron no tardó Jacinta en celebrar tanto la idea de disfrazar a Héctor como la de morderle la lengua a su marido hasta que sangrara para que ambos pudieran librarse de ir al frente.

Pero no contaban con algo, el joven cabo volvió una semana después, él solo, buscando a Andrea y suerte tuvieron de que Héctor no andaba por casa y pudieron inventar una excusa rápida. Se fue el soldado prometiendo volver a visitar a la hija de ambos cuando le fuera posible y siempre que ellos tuvieran a bien que él pudiera cortejarla. Le había parecido la muchacha más bonita de la tierra. Preguntó a Ignacio por su salud y se fue.

No tuvo más remedio el matrimonio que pedirle a Héctor que se convirtiera en Andrea todos los días hasta que se les ocurriera algo para alejar a aquel militar que se había enamorado de una mujer que no existía. No sabían en que momento podía aparecer y era un riesgo demasiado alto. Dos veces más en tres meses les visitó el joven cabo, Mario se llamaba, y así quería que le llamara Andrea. La guerra no le daba muchas oportunidades para escaparse a verla pero siempre que llegaba la encontraba sonriente y agradecida por los presentes que él le llevaba. Barajaron varias argucias Jacinta e Ignacio. Prometerla con el hijo del médico que al igual que todo el pueblo estaba al corriente de la falsa identidad de Andrea, y que apoyaban a los Buenaventura  porque al fin y al cabo los de la capital solo se habían preocupado de aquel lugar cuando les había interesado. Poco sentimiento patriótico habían desarrollado tras haber evolucionado apartados del mundo. Pero esta opción podría ofender al cabo Mario por aquello del “yo la vi primero” y los 14 años del hijo del doctor, uno menos de los que en teoría tenía Andrea que aparentaba ser mayor debido a su metro setenta de estatura. También pensaron en mandarla a estudiar a alguna ciudad lejana, pero ni estaban las cosas para viajar ni iba a desistir el soldadito enamorado en su obsesión por Andrea.

La tercera vez que apareció Mario en casa de los Buenaventura, ya era sargento y no tardarían en nombrarle capitán, sería entonces cuando pediría la mano de la bella muchacha, con la que cada vez lograba hablar un ratito más ante los atónitos padres que no podían salir de su asombro al ver como Héctor hacía de Andrea con una credibilidad absoluta.

Pero fue en su cuarta visita, casi ocho meses después del día en el que conoció a su amor, cuando Mario solicitó permiso para llevar a Andrea a la ciudad con la intención de presentarla a sus padres. Por supuesto Jacinta les acompañaría, en pos de la decencia de la muchacha. No pudieron poner reparo alguno ya que el joven sargento cumplía ese día 21 años y no era cuestión de aguarle la fiesta y se las llevó a ambas a la ciudad. Una vez allí y tras presentarles a sus padres y a su hermana Núria, una extrovertida chica de dieciocho años, decidieron dar cuenta de los alimentos dispuestos para el encuentro. En mitad de la velada Andrea, pidió permiso para ir al baño y Núria la acompañó por aquello de la hospitalidad y por si necesitaba su invitada algo. Pero antes de llegar, en mitad del pasillo, la hermana de Mario se abalanzó sobre Andrea y la besó apasionadamente.

– Me gustas muchísimo, dijo.

– Soy la pretendida de tu hermano, reaccionó Héctor tras recuperar el aliento. – Y soy una mujer, aňadió superado por los acontecimientos.

Pero a Núria le enamoraba la belleza fuera de hombre o de mujer y la de Andrea le pareció inigualable. Tras el incidente y sin llegar finalmente al baño volvieron a la mesa hasta la hora de la despedida.

Jacinta tomó aquella tarde la determinación de llevar a cabo la desaparición de Andrea antes de la próxima visita de Mario, aquel muchacho iba muy en serio y acabarían por descubrirles. Pero Héctor no pudo quitarse de la mente a Núria ni aquel beso, nunca había sentido nada igual. Y mientras Mario estaba en el frente, se fue a verla para declararle su amor y explicarle a la segunda cita quién era en realidad. Núria rió divertida al conocer la verdadera identidad de Héctor y decidió colaborar en el plan urdido por Jacinta para eliminar a Andrea de la faz de la tierra.

Mario tardó prácticamente un año en volver de la lucha ya como capitán y dispuesto a pedir la mano de su amada. – – Mañana por la tarde sin falta iré, dijo mientras comía con su familia. Esa misma tarde fue Núria a avisar al hombre con el que llevaba saliendo a escondidas de su familia un año y cuando llegó su hermano, encontró a todo el pueblo en el cementerio llorando la muerte de la joven Andrea mientras un destrozado Ignacio echaba la última palada de tierra sobre la caja donde descansaba su pequeña. Mario fue puesto al corriente por Jacinta que le contó entre lágrimas desconsoladas que a su pobre Andrea un golpe de viento se la había llevado entre llamas mientras quemaba sarmientos. Nadie pudo hacer nada, aún retumbaban los gritos de dolor de la muchacha en todo el pueblo. Ni siquiera se percató Mario, vencido por la aflicción, de la presencia de un guapo muchacho entre la comitiva de plañideras y demás apesadumbrados habitantes de un pueblo al que jamás iba a volver.

Cuando la guerra acabó, estaba el capitán Mario en Tánger, el lugar al que pidió el traslado meses después de fallecer Andrea, formando una familia con una nativa sumisa de mirada timorata. Mientras Núria, que se  fugó al pueblo una semana después del falso entierro, y comparte con Héctor la dicha de un bebé en común llamado Andrés, lleva cada año flores a la tumba de Andrea, colocándolas de tal manera que formen la palabra GRACIAS.

Soy Jordi Hortelano, nací en Badalona un 9 de septiembre de 1972, actualmente resido en Barcelona. Inicié mi periplo como escritor el 17 de febrero de 2016 con la publicación de un relato con doble lectura, El secreto del seňor Evol. Su gran aceptación y mi actividad en Facebook con la publicación de poemas y microrelatos me ha introducido en mundos como el de la librería LibrUp, ubicada en la calle Rosselló 361 de Barcelona. Un espacio para autores indies, donde podemos vender muestros libros e incluso editarlos y publicarlos, y en la que se celebran eventos, como concursos de poesía, presentaciones, grabación de programas literarios y entrevistas. También gracias a mi pequeňo libro y mi actividad literaria en las redes, pude ingresar como columnista en desafíosliterarios.com, una página creada para dar cabida a escritores noveles que busquen una buena promoción y a lectores ávidos de letras emergentes. En ella escribo todos los martes a las 20:00h un relato o poema en mi columna Goteando letras. Una actividad que me ha proporcionado afortunadamente un amplio número de lectores y conocer a otros escritores de calidad. En esta página, también he podido vender mi libro y apuntarme al taller de Enrique Brossa, donde he ido ampliando mis conocimientos sobre la escritura e intentando mejorar en mis textos. Es corta de momento mi andadura en este nuevo mundo, pero ya he tenido el honor en menos de un aňo de ser entrevistado tanto en LibrUp como en desafíosliterarios.com, en dos cadenas de radio locales y formar parte de eventos como la firma de ejemplares el día del libro o el black friday. Y he tenido además el privilegio de ser miembro de un jurado en un concurso de poesía y contertulio en un programa literario llamado Letras perdidas. Ahora mismo estoy preparando la segunda edición con Casandra 21 de El secreto del seňor Evol, tras dos tiradas de cien ejemplares vendidas con Bubok y culminando dos libros más, una novela corta de humor y un recopilatorio de relatos y poemas. Además he escrito una novela titulada Mientras el tiempo descansa que publicaré más adelante. Tengo amén de todo esto, otros proyectos individuales y en colaboración con otras personas.

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Comments

  1. ¡Vaya historia!
    Noto que has ido probando cosas nuevas, buscando nuevos retos y estilos; y te desenvuelves francamente bien. Hay en ti un escritor nato, con una potente imaginación que tiene mucho para dar. Y estas historias lo demuestran. ¡Adelante, Jordi!

     

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