Se conocieron cuando tenían más rasguños en la piel que en la vida. Mucho antes de aprender que las heridas que provoca el tiempo, ni sangran, ni hacen costra, pero escuecen incluso cuando cicatrizan.  

Vivía Ricardo calle arriba, donde los parques, el marisco y un helicóptero teledirigido. Vestía bermudas, un polo a juego, calcetín negro y un calzado hecho de gotas de sol cuando entraba en contacto con el día.

– Brillan más tus zapatos que el agua de los charcos a la luz de las farolas, le dijo en cierta ocasión Pablo mientras intentaba tragarse su asombro.

La casa de éste estaba sita al inicio de la cuesta, donde la grava, el puchero y un tablero de ajedrez huérfano de piezas y sobre el que colocaba el muchacho piedras y alubias crudas para jugar contra nadie o contra sí mismo, dependiendo el ánimo con el que se levantara la tarde tras la siesta. Andaba Pablo sin camiseta la mayor parte del tiempo y con zapatillas y pantalón corto de deporte fabricados con una materia mágica según decía Ricardo, ya que jamás, por más que retozara y se arrastrara su amigo, llegaban a romperse.

Si se le pregunta a los más viejos del lugar o incluso a los padres de ambos, nadie es capaz de recordar cómo llegaron a conocerse los dos niños cuyos destinos no habían nacido para sentarse jamás en la misma mesa. Los sueños de Ricardo llevaban chaqueta y corbatín, los de Pablo, camiseta de tirantes y palillo bailarín entre los labios.

Tal vez fue el azar quien empujó a Ricardo calle abajo hasta que dejó de rodar para pararse justo en el portal de su amigo, quizás fueron los hados quienes estiraron de los brazos a Pablo hasta el jardín de su inseparable compañero, lo cierto es que la vida empezaba sentada entre ambos en un bordillo de la acera, todas las tardes mientras el mundo sesteaba.

– Vamos a pensar con premura a qué jugamos, decía Ricardo, tengo que estar en casa antes de que llegue mademoiselle Solterone para la clase de francés.

Los lunes y miércoles tenía cita con un  maestro semifuso que le impartía clases de música. Y los viernes gozaba del privilegio de poder disfrutar de la biblioteca de la casa todas las horas que quisiera, siempre que no fueran más de tres, puesto que al señor le disgustaba sobremanera que faltara alguien a la hora de la cena.

– ¿Con premura?, preguntó Pablo. Mira que hablas raro.

– Que pensemos rápido, cualquier día Remedios se da cuenta de mis escapadas y me la cargo. Eso si no la despiden antes mis padres.

– Pues los míos dicen que saludar y despedirse es de buena educación, aportó Pablo extrañado.

– Diantres, Pablo, echarla, me refiero a que si descubren mis escapadas a la hora de la siesta la van a echar por no vigilarme mejor.

Los días pasaban apremiando a los meses para que llegaran al año lo antes posible, mientras el mundo era testigo de una amistad inquebrantable que duraba justo lo que tardaban los ronquidos del barrio en despertar. Pablo, Ricardo y viceversa vivían esas horas con tanta intensidad, que más de una vez tenía que entrar éste por la puerta de servicio amparado por la complicidad de Ernestina, la jefa de cocina, para no toparse en la entrada con su profesora de françoise. Poco podía imaginar el señorito que todo el servicio en la casa sabía de sus andanzas con Pablo, incluso Remedios, que prefería jugarse su puesto de trabajo con tal de ver volver al muchacho con la alegría bailándole en los ojos.

– ¿ Cómo le voy a cortar las escapadas, si parece que viene de comprar sonrisas?, le comentaba en secreto a Fabián, el camarero jefe, entre cortejo y cortejo de éste.

Seguramente el tiempo, enternecido por el cariño que se profesaban ambos tuvo a bien participar en el disfrute de su amistad y le concedió a Ricardo una hora más todos los días y el tiempo de biblioteca los viernes. Los señores en una decisión inesperada ordenaron que en aquella casa se haría una hora más de siesta diaria.

– Ya va haciendo demasiado calor y el niño va muy bien en sus clases, no necesitará tantas, sentenció el señor.

Encontraron ambos amigos un lugar ideal para jugar, justo en medio de la cuesta, en el punto intermedio exacto de la calle, así ninguno de los dos debía recorrer más distancia que el otro para encontrarse. Había en ese punto un parque de tierra, columpios y bancos, sobre los cuales colocaba el tablero Pablo para jugar a como diablos se llamara el juego que había improvisado para compartir con su soledad y que estrenaba por fin con alguien.

– Damas, se llama Damas, dijo Ricardo cuando su amigo se dispuso a explicarle en qué consistía el juego.

– Mi padre no quiere que lo llame así, dice que yo no soy digno de jugar a las damas, que nunca lo seré. Que la gente como nosotros solo podemos jugar a las mujerzuelas.

– ¿ Mujerzuelas?, vaya nombre, se te puede hacer un lío la lengua.  Nunca había oído esa palabra.

Una semana estuvieron sin verse Ricardo y Pablo. Castigaron sin siesta al primero reforzando su educación con un tutor secular, que lo aleccionó duramente en la biblioteca todas las tardes, tras cometer el pequeňo la impertinencia de preguntar durante la cena qué significaba mujerzuela.

Jamás dijo Ricardo donde había oído esa atrocidad y reunieron los señores al servicio para que moderaran su sucio lenguaje en presencia de su hijo o que se atuvieran a las consecuencias.

Fue durante aquella étapa en la que hicieron de aquel parque su cuartel general cuando conocieron a Gabriela, una niña de trenzas castañas, ojos aviesos y color en los carrillos. Se sentó en silencio un largo rato sobre uno de los bancos, observándoles y con una sonrisa en la boca que acabó poniéndoles nerviosos.

– ¿ Tú que miras?, dijo furioso Pablo.

– Nunca viene nadie al parque de las ratas, respondió ella, mientras se alisaba con delicadeza su falda azul de vuelo.

– ¿El parque de las ratas?, acertó a preguntar Ricardo.

– Sí, cuentan los vecinos que en este parque mataron a un hombre y que la misma noche del asesinato se lo comieron las ratas. Dicen también que desde entonces, todas las noches, se llena el lugar de esos bichos asquerosos buscando otro cadáver que zamparse.

– Ja, forzó la risa Pablo sin poder evitar que un escalofrío le recorriera la espalda. No me lo creo, eso son patrañas.

– Yo no te he pedido que te lo creas tan solo explico lo que dicen de este lugar.

– Bueno, mejor. Así tendremos todo el parque para nosotros, añadió Pablo cargándose de valentía ante la niña.

– Ella sonrío mientras sus ojos buscaban el horizonte que le había huído a Ricardo de la mirada.

Probablemente el mismo viento que había llevado a Gabriela hasta el parque movió los hilos para hacer que aquella pareja de amigos colaran entre las grietas de sus sueños infantiles a la niña. Y los movió con tanto tacto que ya ninguno de los tres lograron separarse en el futuro.

Se les vio infinidad de veces corriendo entre risas tras robarle una manzana al tendero Serafín, sin imaginar siquiera que todas las mañanas acudía Ernestina a pagar la manzana que los niños creían robar. Se les oía llorar entre carcajadas al tiempo que se burlaban de la graciosa cojera de “la bailonga”, que es como la habían apodado una tarde inolvidable en la que Pablo le dijo a Ricardo:

– Anda, sácala a bailar.

Y fue creciendo la vida de la mano de los tres en aquella calle, con tramos llenos de socavones y perfectamente asfaltada en otros. A medida que los pantalones de los muchachos iban alargándose, iba menguando la falda de Gabriela que se había jurado a sí misma, cumplir la promesa que les hizo a los dos en el parque de las ratas años atrás, ante una pregunta de Pablo:

– ¿ Por qué siempre llevas trenzas?

– Llevo una para cada uno de vosotros, respondió inspirada. Para que os agarreis a ellas y no me soltéis nunca, pienso casarme con los dos.

A ambos les regaló tiempo después su primer beso, a ambos les cogía de la mano al pasear, aunque tenía que hacerlo por separado para evitar el dolor visual.

A los dos les había dicho que les quería y ellos lo sabían. Ella conciliaba el cariño con la conciencia mediante un método que había ideado tras mucho meditar. A Pablo le besaba solo con el lado izquierdo de la boca y era su mano izquierda la que le entregaba. Con Ricardo sin embargo usaba la mano derecha para entrelazar los dedos con los de él y le daba los besos con la parte derecha de los labios.

Pero la vida herida de envidia decidió impartir justicia y le partió las emociones a Gabriela mientras durara la insolente misión que se había planteado ella llevar a cabo. Fue a partir de entonces cuando al llorar, le caían a la ya mujer nada más que medias lágrimas y le salía partida en dos la risa cuando reía. Se emocionaba a medias, disfrutaba a medias y se le partían los sueños en dos mitades cuando se retiraba a soñar. Nunca a partir de entonces volvió a sentirse plena y llegó a notar el crujido de su alma partiéndose en dos.

Pero no tuvo bastante con eso la vida y escandalizada con la decisión de los dos amigos de aceptar tan aberrante relación, quiso que a Ricardo no le supusiera ningún esfuerzo conseguir cualquier cosa que se propusiera y lograr con ello que no las valorara ni las disfrutara. Y decidió que Pablo cada vez que tuviera un sueño le llegara al cerebro de Ricardo y que éste lo cumpliera antes que él.

Y así fue como Ricardo se casó con la mitad que dijo sí de Gabriela, mientras la otra mitad soñaba con besar al padrino de tan celebrado acontecimiento.

Pero hay horas en que la vida duerme la siesta y decidieron los tres amigos aprovechar esos momentos para que Pablo le diera a Gabriela los besos que Ricardo no podía hacerle sentir.

Nunca nadie, ni tan solo el matrimonio logró entender por qué Pablo consintió vivir esta situación, convirtiéndose en un mero suplente, pero él sabía desde muy niño que en la calle en la que vivían, Ricardo siempre tuvo más fácil caminar, puesto que nunca tuvo que subir la cuesta para encontrarse.

Photo by jl.cernadas

Soy Jordi Hortelano, nací en Badalona un 9 de septiembre de 1972, actualmente resido en Barcelona. Inicié mi periplo como escritor el 17 de febrero de 2016 con la publicación de un relato con doble lectura, El secreto del seňor Evol. Su gran aceptación y mi actividad en Facebook con la publicación de poemas y microrelatos me ha introducido en mundos como el de la librería LibrUp, ubicada en la calle Rosselló 361 de Barcelona. Un espacio para autores indies, donde podemos vender muestros libros e incluso editarlos y publicarlos, y en la que se celebran eventos, como concursos de poesía, presentaciones, grabación de programas literarios y entrevistas. También gracias a mi pequeňo libro y mi actividad literaria en las redes, pude ingresar como columnista en desafíosliterarios.com, una página creada para dar cabida a escritores noveles que busquen una buena promoción y a lectores ávidos de letras emergentes. En ella escribo todos los martes a las 20:00h un relato o poema en mi columna Goteando letras. Una actividad que me ha proporcionado afortunadamente un amplio número de lectores y conocer a otros escritores de calidad. En esta página, también he podido vender mi libro y apuntarme al taller de Enrique Brossa, donde he ido ampliando mis conocimientos sobre la escritura e intentando mejorar en mis textos. Es corta de momento mi andadura en este nuevo mundo, pero ya he tenido el honor en menos de un aňo de ser entrevistado tanto en LibrUp como en desafíosliterarios.com, en dos cadenas de radio locales y formar parte de eventos como la firma de ejemplares el día del libro o el black friday. Y he tenido además el privilegio de ser miembro de un jurado en un concurso de poesía y contertulio en un programa literario llamado Letras perdidas. Ahora mismo estoy preparando la segunda edición con Casandra 21 de El secreto del seňor Evol, tras dos tiradas de cien ejemplares vendidas con Bubok y culminando dos libros más, una novela corta de humor y un recopilatorio de relatos y poemas. Además he escrito una novela titulada Mientras el tiempo descansa que publicaré más adelante. Tengo amén de todo esto, otros proyectos individuales y en colaboración con otras personas.

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Comments

  1. Una lectura emocionante, tierna y adictiva; no se puede pedir más, Jordi. Has bordado la historia con retales de lujo, para hacer un relato casi perfecto. Te concedo mi mayor asombro.

     

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