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– Papá, ¿por qué se empañan los cristales?

– Es la manera que tiene el frío de advertirnos que está fuera. Lo que ves ahora en el vidrio es la voz del frío.

Bernardo se quedó observando a su hija mientras ella escribía sobre el vaho:   Gracias, frío. Llevamos todos abrigo.

Sonrió y perdió la mirada en el horizonte infinito de aquel vagón de tren en el que viajaba con su pequeña a ver la nieve.

No estaba demasiado lleno, era el primero de la mañana.

Bernardo hacía lo que podía para educar a su pequeño tesoro, como él la llamaba, y tenía la certeza de que a quien madruga Dios le ayuda, pero que si te despiertas antes que Dios le ahorras trabajo.

– Bastante ocupado está con todo lo que pasa en este mundo, repetía en cuanto tenía una oportunidad de ser escuchado.

Al volver la mirada a sus ojos tras su paseo por la nada, se detuvo a contemplar como una muchacha dibujaba un corazón sobre la piel de la ventanilla ubicada tres asientos más allá de donde estaba Bernardo sentado.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que en un vagón de tren se podía dibujar la vida o hablar con el frío. Le pareció un momento tan mágico que al querer retornar a la realidad se vio atrapado en un mundo de fantasía repleto de segundos por desnudar. Al recuperar la conciencia  vio como aquella muchacha escribía dos iniciales dentro y como su acompañante, una joven de su misma edad, le tatuaba su nombre completo en los labios a través de un beso.

En los asientos de al lado, en la parte izquierda del tren según su marcha, un orondo señor expresaba a ronquidos las pocas ganas que tenía de despertarse ese día para abrir su tienda de souvenirs en un pueblo de montaña tres estaciones más allá.

– Elizabeth, cariño, dijo dirigiendiose a su niña. ¿Ves ese señor?, tiene el corazón en la barriga. ¿ No ves como late? Arriba, abajo, arriba, abajo.

La pequeña intentó parar su risa con sus diminutos dedos pero se le coló entre ellos en un estallido vocal que provocó algún que otro carraspeo entre el resto de viajeros. Incluso una señora de mediana edad con pintas de profesora de inglés, situada dos asientos mas allá de donde estaban, justo detrás de Don Ronquidos, interrumpió su lectura  para volver la cabeza hacia ellos, suplicando un silencio acorde con aquellas horas.

Aquella mujer tan solo quería amenizar el viaje hacia la casa de su hermana sin que la arrancaran del mundo paralelo que estaba viviendo entre las páginas de “Pigmalion”. Estaba casada con un profesor de gimnasia al que los años habían convertido más en profesor que en gimnasta y el hecho de no haber podido tener hijos había acostumbrado más su oído a los ronquidos que a la risa de un niño.

La cuadrícula de asientos que había justo delante de Bernardo y su hija estaba ocupada por una familia, de las modernas, como le gustaba decir. Dos niños, su madre y su abuela. Sabía a ciencia cierta, ya que también era su caso, que en la actualidad la mayoría de familias estaban desestructuradas y se componían de uno de los progenitores de los niños y sus respectivos padres.

– Lluc, dijo la más anciana de las mujeres, sientate como es debido, tienes que darle ejemplo a tu hermano menor. Ambos niños estaban de rodillas sobre el sillón, observando a través de la ventana como el mundo corría en contra dirección, mientras su madre navegaba en las redes mediante su teléfono móvil, ajena a su verdadera vida.

Estos tiempos es lo que tienen, pensaba Bernardo al contemplar la escena, se puede viajar en tren y navegar al mismo tiempo. Esto no pudo predecirlo ni Julio Verne.

En los asientos de al lado, un joven tatuado hasta las cejas, con las orejas adornadas con mil pendientes, escuchaba a través de los cascos incrustados en sus oídos, algo que con toda probabilidad no debía ser Bach, ni los Beattles.

Aquel tren era para aquel muchacho el vehículo que le transportaba a la fama. Se dirigía a firmar un contrato con un magnate de la música que le iba a financiar todos sus próximos discos.

La pequeña Eli, mientras tanto, continuaba sumergida en la conversación con el frío cuando el tren fue aminorando la velocidad hasta pararse en una estación.

– ¿ Donde estamos, papá? ¿Cuánto falta?

Un rato aún, cariño. Estamos aún en Badbarcas del Alba. Yo te aviso, intenta dormir, añadió mientras se recostaba sobre el respaldo y cerraba los ojos. Minutos después de que el tren arrancara de nuevo, miró a su hija a través de la rendija que dejaban sus pestañas a medio cerrar  y se durmió.

No habían pasado ni diez segundos, cuando volvió a abrir los ojos tras quedarse traspuesto y fijó la vista en la pantalla donde venían indicadas la temperatura, la hora y las paradas venideras. Pudo comprobar que en ese momento estaban a seis grados, pero aquel panel informativo no debía funcionar correctamente ya que al aparecer la hora en pantalla constaba que eran exactamente las 52560:00h. Le hizo gracia ese pequeño error informático y empezó a imaginar como sería el mundo si los días tuvieran esa cantidad de horas.

“ Seguramente nos harían trabajar 35000 y el resto lo repartiríamos entre ocio y dormir.

Tras esa desproporcionada cantidad, apareció en letras rojas paseando por la pantalla el anuncio del siguiente destino:

Próxima estación Fran Garcés.

¿Qué demonios le pasaba a aquel panel informativo?

Además de conocer el recorrido, aún barajando la posibilidad de que el tren hubiera desviado su ruta, no le parecía haber escuchado nunca un pueblo con ese nombre.

Minutos después, mientras Elizabeth desempañaba el cristal para ver si le podía ver la cara al frío con esos ojitos idénticos a los de su padre, tal y como decía todo el mundo, el tren empezó a aminorar la velocidad para acabar parando en la estación anunciada. Se abrieron las puertas del vagón y el sonido de estas al mover los engranajes se asemejaron a un lamento. Bernardo intentó vislumbrar a través del espacio limpio por el que miraba su hija cual era el nombre verdadero de aquel lugar, pero tan solo logró ver al joven de los cascos y tatuajes mirándole fijamente con los  ojos repletos de desconcierto y lástima a partes iguales. Las puertas se cerraron esta vez con un ruido estremecedor, nada distinguía aquel sonido al de un grito humano de terror. Acto seguido en un acto reflejo, Bernardo miró a su izquierda para comprobar que en los asientos de al lado ya no estaba sentado el joven músico.

Aquella escena logró inquietarle levemente. Tal vez lo que había visto era producto de una especie de ensoñación provocada por el madrugón y la oscuridad que les acompañaba aún.

No tardó la pantalla en anunciar una nueva parada: Próxima estación Carlos Huertas.

Bernardo no podía apartar la mirada de aquellas letras que parecían gastarle una broma de mal gusto, le ardían los ojos, y aún así no podía cerrarlos para aliviar esa sensación. El tren se detuvo de nuevo y un isntinto incontrolable le hizo mirar hacia fuera. En el andén, sin dejar de mirarle, vio al orondo señor que él había apodado Don Ronquidos con la misma expresión en los ojos del muchacho de los pendientes en la oreja justo antes de que las bisagras de las puertas emitieran un grito desesperado de dolor como el que había escuchado minutos antes. Cuando Bernardo miró buscando a aquel tipo en su asiento halló el espacio completamente vacío. No podía ser que aquel hombre se hubiera bajado del tren sin que él lo hubiera visto, además no había tenido tiempo material, desde el lamento de apertura hasta aquel grito terrorífico pasaban apenas fragmentos de segundo.

Cuando el ferrocarril continuó la marcha seguía Bernardo sin poder dejar de mirar a la pantalla, aquellas letras le escocían cada vez más en los ojos hasta que acabaron sangrándole y derramándose en lágrimas por sus mejillas. Él sufría por su pequeña, no quería que se asustara al verle así, pero Eli seguía conversando con el frío, ajena a todo lo que pasaba en aquel vagón.

El viaje continuó con Bernardo incapaz de apartar la mirada de los sobrecogedores anuncios de parada, cada estación un nombre y en cada parada uno de los pasajeros mirándole fijamente desde el andén precediendo al grito de las puertas, un berrido escalofriante que le estaba volviendo loco. Luchó por dejar de mirar, sobre todo cuando fueron los niños de los asientos de delante los que le observaban desde el andén con esa mirada tan hiriente y tan dolorosa. ¿Por qué le miraban con lástima si eran ellos quienes desaparecían?

Tan solo quedaban dos personas aparte de ellos, la profesora de inglés y la madre de los niños que permanecían impasibles, una inmersa en la lectura y la otra en la pantalla de su teléfono , mientras Bernardo cogió a su hija en brazos y se dirigió a las puertas para abandonar aquel tren maldito en cuanto un lamento anunciara la apertura de las mismas. Le aterrorizaba ver el nombre de su pequeña en la pantalla, no sabía por qué pero sabía que si la veía anunciada la iba a perder para siempre.

El panel anunció la siguiente parada, Inés Jiménez. Se oyó el lamento de los muelles de apertura y Bernardo se preparó para saltar, pero un vacío en sus brazos le hizo mirar hacia el asiento de Elizabeth y la vio allí, escribiendo sobre el cristal. Frente a él, tras las puertas ya cerradas, en el andén, la tal Inés le observaba fijamente con una mirada inquisidora que acabó por producirle un dolor insoportable en los ojos.

La siguiente estación venía anunciada como Karen Lawrence y Bernardo se abrazó con todas las fuerzas que poseía a su pequeño tesoro, tras ver a la mujer en el andén supo que ya sólo quedaban dos estaciones y rezó para que el siguiente nombre fuera el suyo, allá donde les llevara aquel tren, quería ir él primero. Si se iba antes su pequeña no podría soportarlo. El panel atrajo su mirada irremediablemente y al fin pudo leer:

Próxima estación, Elizabeth.

Un grito de angustia heló el frío y se aferró al cuerpecito de su niña para que aquel despiadado tren no la alejara de su lado. La sangre de sus ojos acabó anegando su mirada y oyó el lamento de la puerta y un grito sobrehumano un instante antes de que Bernardo viera a su hija en el andén mirándole fijamente con el mayor odio que pueda albergar un ser humano en sus entrañas.

 

– Buenos días.

– Buenos días, Manolo. Menudo frío, ¿eh?. He visto pingüinos luciendo abrigos ahí fuera.

– Ja, ja, que exagerado. Aquí no hace frío, tendrías que vivir en Alaska, eso sí que es frío. ¿Qué, cómo va tu primera semana aquí?

– Bien, haciéndome al lugar. Ya sabes que cada centro es un mundo.

– Sí, claro. Lo más importante es que vayas conociendo a los pacientes. Aquí hay una máxima: cada loco es un mundo, viaja con él.

– Donde estaba antes no nos dejaban pronunciar la palabra loco.

– Bueno, hombre, cómo sois los nuevos. Nadie nos oye y lo he dicho en tono jocoso.

– Oye, Manolo, aquel que está escribiendo en el cristal no es ese paciente que se llama…. Bernardo, eso, Bernardo. Que curioso, escribe perfecto aún siendo invidente. Quiero decir.. los ciegos no escriben, ¿no?

– Es que Bernardo no nació ciego. Es una historia muy larga, ya te contaré.

¿ Y por qué no ahora? Tenemos todo el día. La verdad, me intriga ese tipo.

– Bueno, sucedió…

– ¿Tú siempre dices bueno antes de cada frase?.

– Bueno, no me doy cuenta. ¿ Quieres que te lo explique o no?

– Sí, claro, perdona.

– Bueno, como te decía. Esto pasó hace mucho tiempo, creo que hoy hace seis años y medio. Bernardo era un hombre normal, con problemas normales, aficiones normales y algún que otro sueño por cumplir. Estaba separado y tenía una niña preciosa, Elizabeth se llamaba. Le puso ese nombre en honor a Elizabeth Taylor.

Una mañana, la pequeña cogió un tren para ir a ver la nieve. Iba con su madre. A Bernardo aquel día le habían cambiado el turno y no se había levantado con buen pie, había pasado la noche prácticamente en vela. Llevaba una semana sin hablar con su ex-mujer por un enfado y no podía soportar estar tanto tiempo sin saber nada de su pequeña. Había decidido que de aquella tarde no pasaría, llamaría a su niña. Sabía que se había ido con su madre de fin de semana, pero no sabía exactamente dónde ni cuándo.

Como te he dicho, a Bernardo le habían cambiado el turno. Tenía que conducir el tren de la tarde, pero el destino quiso que lo hiciera en el de la mañana, justo en el que viajaban ellas dos.

El infortunio hizo que a Bernardo le venciera el cansancio y se durmió minutos después de dejar la estación de Badbarcas del Alba. Fueron unos segundos pero al despertar dio un giro brusco y uno de los vagones, el de cola, volcó, falleciendo en el accidente 10 personas, una de ellas Elizabeth. Cuando Bernardo, destrozado por lo acontecido, se dirigió con premura al vagón accidentado y vio entre los cadáveres a su pequeña, la cogió zarandeándola y empezó a gritarle:

– Eli, cariño, mírame. Abre los ojos, mírame.

Al ver que la niña permanecía inerte enloqueció y se arrancó los ojos allí mismo para que su niña pudiera volver a ver. Cuentan que estuvo varios meses tras la tragedia visitando a todos los familiares de las víctimas y preguntando sobre las vidas que truncó para ser perdonado.

Desde que lo ingresaron, en los días de frío como el de hoy, escribe siempre la misma frase:

“El frío la llamó”.

Todos los familiares de las víctimas lograron perdonarle, incluso su ex- mujer, más por compasión al ver como quedó él. Todos menos el padre de Elizabeth, él mismo.

 

Soy Jordi Hortelano, nací en Badalona un 9 de septiembre de 1972, actualmente resido en Barcelona. Inicié mi periplo como escritor el 17 de febrero de 2016 con la publicación de un relato con doble lectura, El secreto del seňor Evol. Su gran aceptación y mi actividad en Facebook con la publicación de poemas y microrelatos me ha introducido en mundos como el de la librería LibrUp, ubicada en la calle Rosselló 361 de Barcelona. Un espacio para autores indies, donde podemos vender muestros libros e incluso editarlos y publicarlos, y en la que se celebran eventos, como concursos de poesía, presentaciones, grabación de programas literarios y entrevistas. También gracias a mi pequeňo libro y mi actividad literaria en las redes, pude ingresar como columnista en desafíosliterarios.com, una página creada para dar cabida a escritores noveles que busquen una buena promoción y a lectores ávidos de letras emergentes. En ella escribo todos los martes a las 20:00h un relato o poema en mi columna Goteando letras. Una actividad que me ha proporcionado afortunadamente un amplio número de lectores y conocer a otros escritores de calidad. En esta página, también he podido vender mi libro y apuntarme al taller de Enrique Brossa, donde he ido ampliando mis conocimientos sobre la escritura e intentando mejorar en mis textos. Es corta de momento mi andadura en este nuevo mundo, pero ya he tenido el honor en menos de un aňo de ser entrevistado tanto en LibrUp como en desafíosliterarios.com, en dos cadenas de radio locales y formar parte de eventos como la firma de ejemplares el día del libro o el black friday. Y he tenido además el privilegio de ser miembro de un jurado en un concurso de poesía y contertulio en un programa literario llamado Letras perdidas. Ahora mismo estoy preparando la segunda edición con Casandra 21 de El secreto del seňor Evol, tras dos tiradas de cien ejemplares vendidas con Bubok y culminando dos libros más, una novela corta de humor y un recopilatorio de relatos y poemas. Además he escrito una novela titulada Mientras el tiempo descansa que publicaré más adelante. Tengo amén de todo esto, otros proyectos individuales y en colaboración con otras personas.

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