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Nada más abrir los ojos vio como el domingo entraba por la ventana y traía consigo un sol tan tímido que no se atrevió a acceder a la habitación sin que lo hiciera con él un agradable aire de primavera.

Se desperezó lo justo, estirando brazos y piernas en una acción poco estética pero muy gratificante  y se dirigió al baňo para quitarse la capa de sueño que tenía en la cara y asearse. Decidió no ducharse aún, adoraba  esa sensación de pereza que le acariciaba la piel, le gustaba pensar que si no lo hacía, mantenía aún las ganas de seguir durmiendo en cualquier momento, ¿había algo mejor para hacer un domingo que dormir?.

Se preparó un café y unas tostadas de pan de centeno con mermelada. Antes del primer sorbo, se entretuvo en el aroma que desprendía la taza con el café recién hecho, cerró los ojos y respiró la mañana como queriendo retenerla para siempre en la memoria de cada uno de sus sentidos, e inmediatamente se mojó los labios con su intenso sabor. Si aquello no era la felicidad debía parecerse mucho, solo le faltaba su hija Laura, su pequeña. Estaba en una edad muy difícil según decía todo el mundo, se había alejado mucho, ya no era aquella niña que se sentaba con ella a desayunar y le explicaba todas las cosas que la vida le iba enseñando. Siempre habían sido dos en una, amigas además de madre e hija, su relación parecía indestructible pero Laura estaba ahora a otras cosas, sabía que tenía un noviete, no porque lo hubiera contado sino porque ella ya había tenido la edad de su hija y conocía perfectamente los síntomas. Le dolía ver como los años habían ido cambiando las cosas, parecía como si cada cumpleaños a partir de los trece hubiera ido abriendo una grieta en el cariño que le tenía. Le entristecía pero lo asumía como ley de vida, la frase con la que la mayoría de su entorno definía el alejamiento de Laura hacia su madre. Tuvo que criarla sola, como tantas heroínas anónimas del planeta, sin ayuda familiar, en un lugar desconocido y sin ningún hombro en el que llorar las fiebres y desilusiones de Laura, pero era precisamente ella quien le había enseñado a ser más fuerte, por ella se sentía capaz de todo, superaba el cansancio y el desánimo tan solo pensando en su pequeña.

Ahora, ya tenían ambas una vida hecha en la ciudad, con amigos y rutinas nuevas, Raquel había creado un mundo para Laura del que se sentía orgullosa y en el que se encontraba a gusto.  Precisamente uno de sus amigos le había dicho que recuperaría la relación con su hija en cuanto ésta fuera madre, “es ley de vida”, le dijo, pero a ella le aterrorizaba tener que esperar tanto tiempo, aún era una niña queriendo ser mujer.

Eran las nueve y media y Laura aún no había vuelto desde la noche anterior, probablemente ese domingo apenas se verían, llegaría tan cansada que se iría directamente a encerrarse en su habitación pidiéndole que no la despertara bajo ningún concepto. Ya ni recordaba cuál fue el último domingo que pasaron juntas, no lograba siquiera acordarse cuanto hacía desde la última vez que habían hablado más de cinco minutos. Seguramente a media tarde saldría de su habitación con el móvil en la mano, chateando, lo soltaría solo para abrir la nevera y calentar su comida en el microondas.

– Hola, Laura, ¿qué tal todo?

– Hola, como siempre, no seas pesada, respondería sin separar la vista de la pantalla.

Raquel empezó a inquietarse cuando el reloj amenazaba con dar las doce, nunca antes su pequeña había tardado tanto en volver de fiesta y tampoco había llamado para decir que no iría. Era una jovencita rebelde pero jamás había roto la norma de llamar si no iba a ir a casa. Decidió esperar un par de horas más, era conveniente no alarmarse, no quería parecerle una histérica, ya se lo llamó una vez y aún no había sido capaz de superarlo.

Pero le fue imposible mantener su intención, los minutos pasaban y en su camino sentía como la aguja segundera del reloj se le clavaba en el corazón en un tic-tac asesino que le hacía desangrarse entre pequeñas punzadas. Cogió el teléfono y la llamó, la voz del contestador le produjo una leve angustia, intentó calmarse, miró la hora de su última conexión, no se había conectado desde la noche anterior a las 22:08, imposible, su hija era incapaz de estar tanto tiempo sin usar el móvil, sintió que se ahogaba, todo indicaba que algo le había pasado. Comenzaron a pasear por su mente imágenes vistas en las noticias, inacabables casos de chicas desaparecidas a las que jamás encontraron en el mejor de los casos. Se sintió morir por dentro y un llanto aterrorizado empezó a ahogarle la voz.

Logró reponerse para marcar el número de Tere la mejor amiga de su hija, pero la respuesta de la joven no hizo más que incrementar su desesperación. Tere había estado llamando a Laura toda la noche del día anterior y todo aquel día  desde que despertó, Laura no había acudido al bar donde tomaban unas copas para empezar la noche. También intentó localizarla llamando al resto de amigos, nadie sabía nada de ella.

Raquel se vistió con un vestido color angustia y salió  con el coche hacia el lugar donde había quedado con Tere para iniciar la búsqueda de su pequeña. Es domingo todo está cerrado, le dijo la amiga íntima de su hija, pero no le importó, se le desgarraba el pecho, sabía que no podría preguntar en los lugares que frecuentaba su pequeña pero cualquier demora antes de encontrarla podría ser fatal. Fueron a las casas de todos los amigos y conocidos de los que Tere sabía la dirección, incluso la de los ex-novios.

Fue entonces cuando Raquel le volvió a preguntar si Laura salía con alguien, la joven le había dicho que no pero esta vez le temblaron los labios al responder lo mismo. Raquel la zarandeó, “por Dios santo, Tere, díme con quién sale mi hija, solo él puede saber dónde está, no es momento de secretitos, puede haberle pasado algo”, gritó desesperada.

Tere se derrumbó y sin poder evitar un llanto de desconsuelo respondió:

– Con el profesor de matemáticas, están juntos desde hace seis meses.

La mirada rota de Raquel se acabó de quebrar.

¿Dónde vive?, díme dónde vive ese cabrón.

Tere acompañó a Raquel hasta la vivienda del profesor mientras le explicaba que era un hombre casado y con dos hijos. Supo entonces la madre de Laura que probablemente no encontraría al novio, amante o lo que fuera de su hija, no tenía la menor duda, se habían fugado. Caminó decidida, guiada por Tere, intentando controlar sus emociones, la mujer de aquel despreciable ser debía saberlo y necesitaba encontrar alguna pista de dónde podían haber ido.

-¿Por qué no me llamaste?, le preguntó varias veces a Tere.

– Pensaba que acabaría apareciendo y quería evitar que te preocuparas.

Dos calles antes de llegar a su destino, la joven reclamó la atención de Raquel.

-Es él.

Un hombre de treinta y pocos años, de pelo algo canoso ya, pantalón vaquero y americana manejaba nervioso su móvil mientras cruzaba. Raquel abandonó el coche a un lado de la calle y se dirigió hacia él, una vez lo alcanzó, le golpeó varias veces el pecho mientras él desconcertado trataba de parar los golpes.

– ¿Dónde está mi hija, maldito cabrón?

El hombre miró a Tere que había salido detrás de ella y lo entendió todo.

-No lo sé, señora, estoy intentando hablar con ella desde ayer.

Raquel vio en los ojos del profesor una verdad herida de preocupación y se derrumbó de rodillas contra el suelo mientras seguía golpeando ya casi sin fuerzas las piernas del docente.

Resignada, se dirigió a comisaría a poner la denuncia de desaparición. Allí le indicaron que no se haría efectiva hasta pasadas cuarenta y ocho horas de la ausencia de la muchacha, aunque accedieron a tramitarla para evitarle un colapso nervioso a la madre de Laura.

Pero no tardó el barrio en movilizarse alertados por la búsqueda de Raquel y salieron a las calles con pancartas reclamando la vuelta de Laura o su liberación , estuviera donde estuviera. Nadie quería pensar lo peor.

No tardó la televisión local en hacerse eco del posible secuestro de la joven, según decía una reportera, en un barrio las noticias corren como la pólvora y no tuvo más remedio la policía que  iniciar la investigación como asunto prioritario. Designaron a un joven agente con estudios de psicología para el caso y le encomendaron como primera misión acudir a casa de la desaparecida para intentar hallar alguna pista que les llevara hasta Laura. Revisión de su móvil, registro de su habitación… según les había contado Raquel, no había tocado nada desde la desaparición.

Lo primero que hizo el policía fue dirigirse a la habitación y al primer vistazo le cambió el gesto, miró a Raquel y le preguntó si su hija estaba pasando algún mal momento y si conocía algún motivo por el cual quisiera huir de casa.

Raquel le explicó que no tenían una muy buena relación pero que eso era ley de vida, cosas de la adolescencia. Le puso al corriente de su aventura con el profesor de matemáticas y que ese era el único motivo por el que pensaba que su hija hubiera querido fugarse, pero estaba descartado porque él tampoco sabía dónde estaba.

– No hay nada descartado, señora, dijo el agente tras tomar varias notas al respecto de la conversación. Y menos con el profesor de su hija, se ha convertido en el máximo sospechoso.

Permítame que haga una breve llamada.

El joven encargado de la investigación, marcó un número sin dejar de mirar a Raquel, no lograba encontrarle la mirada en los ojos.

– Hola, inspector, es necesario aplicar el código 45, dijo justo antes de cortar.

– Bien, señora, continuó dirigiéndose a Raquel, hábleme de su hija, cualquier mínimo detalle nos puede ser útil.

Raquel inició su descripción de Laura pero no tardaron ni diez minutos en llamar a la puerta. Ella se levantó pidiendo disculpas, “seguramente es algún vecino que viene a ofrecerse para cualquier cosa, se están portando muy bien.

El agente miró a la mujer con compasión. Raquel abrió la puerta y aparecieron dos policías que la cogieron de un brazo cada uno y se la llevaron ante la mirada acuosa del joven que les había llamado y los gritos de protesta de ella. Inmediatamente después dos trabajadores de los servicios funerarios y un forense entraron a la casa.

El informe psiquiátrico coincidió plenamente con el del agente encargado de la investigación.

Raquel, una madre soltera, que había sacado a su hija adelante sin ayuda de nadie y que había basado toda su vida en ella, no pudo soportar que lo único que tenía en el mundo se alejara. Fue incapaz de asumir que su pequeña ya no lo era y que tenía otras prioridades en su mundo.

La noche anterior al día de la denuncia, la madre quiso impedir que su pequeña saliera, se sentía muy sola. Discutieron fuertemente y Raquel asesinó a su hija clavándole un cuchillo de cocina en la sien izquierda, luego la tumbó en la cama. Su mente sufrió un shock tan traumático que le hizo olvidar lo que había hecho, al día siguiente despertó sin recordar absolutamente nada de aquella noche. El terror aferrado a su subconsciente le impidió volver a entrar a la habitación de Laura y era incapaz de volver a reproducir en su cabeza los hechos acontecidos. Posiblemente según rezaba el informe psiquiátrico, Raquel nunca sabrá qué pasó con su hija y no logrará entender por qué  la acusaron a ella de su desaparición.

Soy Jordi Hortelano, nací en Badalona un 9 de septiembre de 1972, actualmente resido en Barcelona. Inicié mi periplo como escritor el 17 de febrero de 2016 con la publicación de un relato con doble lectura, El secreto del seňor Evol. Su gran aceptación y mi actividad en Facebook con la publicación de poemas y microrelatos me ha introducido en mundos como el de la librería LibrUp, ubicada en la calle Rosselló 361 de Barcelona. Un espacio para autores indies, donde podemos vender muestros libros e incluso editarlos y publicarlos, y en la que se celebran eventos, como concursos de poesía, presentaciones, grabación de programas literarios y entrevistas. También gracias a mi pequeňo libro y mi actividad literaria en las redes, pude ingresar como columnista en desafíosliterarios.com, una página creada para dar cabida a escritores noveles que busquen una buena promoción y a lectores ávidos de letras emergentes. En ella escribo todos los martes a las 20:00h un relato o poema en mi columna Goteando letras. Una actividad que me ha proporcionado afortunadamente un amplio número de lectores y conocer a otros escritores de calidad. En esta página, también he podido vender mi libro y apuntarme al taller de Enrique Brossa, donde he ido ampliando mis conocimientos sobre la escritura e intentando mejorar en mis textos. Es corta de momento mi andadura en este nuevo mundo, pero ya he tenido el honor en menos de un aňo de ser entrevistado tanto en LibrUp como en desafíosliterarios.com, en dos cadenas de radio locales y formar parte de eventos como la firma de ejemplares el día del libro o el black friday. Y he tenido además el privilegio de ser miembro de un jurado en un concurso de poesía y contertulio en un programa literario llamado Letras perdidas. Ahora mismo estoy preparando la segunda edición con Casandra 21 de El secreto del seňor Evol, tras dos tiradas de cien ejemplares vendidas con Bubok y culminando dos libros más, una novela corta de humor y un recopilatorio de relatos y poemas. Además he escrito una novela titulada Mientras el tiempo descansa que publicaré más adelante. Tengo amén de todo esto, otros proyectos individuales y en colaboración con otras personas.

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