Onofre era un muchacho de ceja infinita, mirada embobada y un deje en el andar que le haría reconocible entre cien mil multitudes. Se despertaba siempre antes que cantara el gallo y acudía a sentarse al corral por ver si el animal, tras su canto, ponía un huevo. Hasta el momento aún no lo había logrado ver, pero estaba seguro que no tardaría en hacerlo, todos los chicos del pueblo habían sido testigos ya. A él le llegaba la vida mucho más tarde que a los demás, pero sabía que si se sentaba a un lado del camino que llevaba a la ciudad, acabaría por verla acercarse y sería entonces cuando conocería las cosas que aún no le había traído el viento que venía de las montañas.

Era precisamente esos días en los que llegaba ese viento a mover las cosas del mund, los que él más disfrutaba. Se reía hasta retorcerse al ver como se le levantaba la falda a alguna niña al salir de la escuela y se ensimismaba contemplando cómo ese mismo viento hacía saludar a los árboles moviendo sus ramas de manera cordial.

No conocía Onofre la escuela por dentro, pero había aprendido a aprendersela desde fuera a través de la ventana. Observaba el pizarrón con esos dibujos a los que llamaban letras, una vez le dijo Pilarín, una niña que siempre le miraba como si sujetara el mundo con los párpados, que aquellas letras formaban las palabras que luego se empleaban al hablar. No hubo un solo día desde entonces en el que Onofre, antes de ir a ver cantar al gallo, no se mirara la boca en el espejo sin lograr entender cómo era posible que cupieran tantas letras en un agujero tan pequeño, pero acabó por desaparecer esa inquietud en cuanto descubrió que mirársela en el reflejo del agua del río era mucho más divertido. La corriente se la llevaba y se la devolvía intacta un instante después.

También le llamó siempre la atención el enorme mapa  que había colgado en la pared. Según le había dicho también Pilarín, la única persona de todo el pueblo a la que se atrevía a preguntar, puesto que todos los demás habitantes se reían en cuanto abría la boca, – ya habló Onofre el zote, decían, y luego empezaban a reír hasta que se les dormía la risa de puro cansancio. Eso que había enganchado a la pared de la escuela al lado del pizarrón lleno de letras que acabarían en la boca de la gente, era España, el país en el que estaba el pueblo y muchos pueblos más, también estaba la ciudad y las montañas. Casi le revienta el mentón del asombro, España cabía en una tela de dos por dos y pensó en lo pequeňa que era y en lo fácil que sería salir de ella. Con unos tres pasos largos más o menos podía recorrerla de punta a punta e ir a las montaňas a traerse el viento para siempre. Pero por más que anduvo no tuvo nunca la sensación de haber salido del pueblo  y fue ese día cuando se dio cuenta de que solo podían recorrer y salir de España los que iban a la escuela.

Tenía Onofre dieciocho años que se le habían pasado observando la vida, resignado a no salir nunca de allí porque España estaba en la escuela, pero con la esperanza imperecedera de ver poner un huevo al gallo y de que el viento le trajera un día las cosas que les había traído a todos los demás. Al fin y al cabo a él le llegaba la vida más tarde.

Si de algo estaba seguro el muchacho es de que nadie le había dicho a sus padres que él ya había nacido, vivía con ellos y sabía que lo eran porque se lo había dicho Pilarín, ahora Pilar, se le debió caer el diminutivo en un movimiento de cadera al andar. Le gustaba a Onofre verla caminar, sentía una alegría en la bragueta que le hacía sentirse bien y cuando ya sus padres se enteraran de que él ya había nacido les preguntaría qué era aquello que sentía y por qué se le hinchaba el bulto del pantalón. Ya no lo podía hablar con Pilarín puesto que desde que se convirtió en Pilar solo estaba pendiente de Héctor un muchacho de su misma edad, de rasgos apolíneos, sonrisa de niño y cuerpo de gimnasta por el que suspiraban todas las lugareñas y forasteras que lo habían visto alguna vez.

Tampoco podía Onofre dejar de mirar a Héctor, pensaba que tenía una cara tan bonita como una espiga de trigo intentando postrarse para saludar al viento. Estaba casi seguro de que si aquel bello muchacho se viera la boca en el río no se la llevaría el agua para volverla a traer, no podría tampoco dejar de mirarla ni un solo instante.

Había días en los que aún sin venir el viento le gustaban mucho también, aquellos en los que los niños del pueblo ni le tiraban piedras ni le decían cosas que él no entendía pero que a ellos les hacía mucha gracia: – Onofre el zote, Onofre el zote, Onofre el zote, ja, ja, ja. Algunas veces eran tan grandes las risas que se salían de España. Adoraba esos momentos en los que a aquellos chicos se les olvidaba ponerse las letras de la pizarra en la voz y en los que se habían acabado las piedras del pueblo. Se sentaba entonces a mirar el movimiento de las caderas de Pilar al caminar  y la cara de Héctor. Después  se iba corriendo hacia el río a mirarse una boca que estaba en su rostro pero que ese día no era suya porque tenía una sonrisa entre los labios.

Una de aquellas tardes vio Onofre como a Pilar se le volvía la tez color azafrán y se le arrugaba la parte de arriba de la nariz. La oyó decir muy enfadada que maldita sea y que maldita sea esa zorra. Tuvo miedo de que aquella zorra de la que hablaba Pilar se hubiera comido el gallo y corrió sin pedirle permiso a sus piernas hasta llegar al corral, pero allí estaba sano y salvo. Ese día se puso tan contento como si hubiera venido el viento a mover las cosas del mundo.

Al día siguiente después de haber esquivado todas las piedras que le habían tirado los muchachos vio llorar a Pilar y se acercó.

– Hola Pilar, me llamo Onofre el zote, dijo aplastándose con fuerza el flequillo contra la frente para que se le metiera en la mollera lo que tenía que decir. Soy amigo de Pilarín, una niña que había en ti antes. ¿ Por qué lloras?

Él sabía muy bien lo que era eso, ya que era la pregunta que le hacía su amiga cuando de niño se apartaba en un rincón a mojarse las mejillas con el agua que le salía de los ojos porque llevaba días sin venir el viento.

– Onofre, te llamas Onofre, no Onofre el zote, dijo ella tras esconder una lágrima en el pañuelo. ¿Cuándo se te va a meter eso en la sesera?.

Entonces pudo ver el muchacho a Pilarín dentro de la mirada de Pilar y le dio confianza, tanta que volvió a preguntarle por qué lloraba.

La chica vio en su antiguo amigo alguien en quién descargar su pena, total tampoco iba a entender nada.

– Ayer vi a Héctor besar a Rosa.

No logró comprender Onofre lo que quería decirle, no sabía lo que era eso de besar pero se la quedó mirando esperando descubrirlo.

– Yo solo quiero que me bese a mí, continuó Pilar.

Allí se quedó un buen rato mientras ella se alejaba y ni siquiera se acordó de mirar como caminaba. Pero decidió sentarse todas las tardes en la plaza, aunque le llovieran piedras, para ver si lograba saber qué era aquello de besar.

Fue una tarde en la que el viento vino a visitar el pueblo cuando al fin, mientras le resbalaba un hilo de sangre por la sien por culpa de la buena puntería de uno de los muchachos, vio como le volvía el azafrán al rostro de Pilar y miró hacia donde ella miraba. Tras el aŕbol que presidía la plaza, Héctor y Sara, otra de las muchachas del pueblo, juntaban sus bocas y se tocaban.

No entendió por qué lloraba Pilar, él ya había visto hacer eso a Héctor muchas veces con todas las muchachas del pueblo y con las forasteras. Tan solo eran ejercicios para llamar al viento, ya de niño se los enseñó Teodosio, el pastor, había que juntar las bocas, tocarse y luego dejar que se pusiera detrás a cabalgar como hacían los asnos con las borricas. Era la única manera de que el viento no se olvidara de venir al pueblo, se lo había dicho a él en secreto y lo habían llamado ya muchas veces desde hacía años en el pajar. Al principio le dolía llamar al viento pero enseguida se acostumbró, tenía la sospecha que mientras más lo llamaran Teodosio y él, más veces vendría y llegaría un día en el que le traería las cosas que les había traído a los demás. Al fin y al cabo a él le llegaba la vida más tarde.

Pasaron los días y Onofre tuvo miedo de que a la muchacha le brotaran flores en las mejillas de tanto regarlas con el agua de los ojos, no quería que esas flores le impidieran ver a Pilarín en la mirada de Pilar y a base de aplastarse el flequillo contra la frente muy, muy fuerte para ver si se le metía alguna idea en el cerebro, halló la manera de que pudiera ser besada por Héctor. Lo haría a través de él, de su boca, él besaría a Héctor y se guardaría ese beso para dárselo a través de sus labios a Pilar.

Decidido se fue a buscarlo a su casa pero al llegar pudo ver a través de la ventana a Don Ignacio Buenaventura y a su esposa Jacinta sentados a la mesa con una muchacha, ya no volvió a ver a Héctor nunca más. Ignacio y Jacinta se habían equivocado de hijo y ahora era una muchacha llamada Andrea. Lo supo pocos días después cuando vino uno de esos señores con rifle y gorra que había traído el viento una tarde a llevarse a los hombres y le oyó llamarla así.

Fue por aquellas fechas cuando a todas las muchachas del pueblo se les apagó la cara y supo entonces que Héctor era mágico y era él quien se la encendía todos los días. Pero ya no estaba y pensó que a lo mejor Pilar no sabía que él también conocía la manera de llamar al viento y que era eso lo que en definitiva quería.

A la mañana siguiente despertó Onofre, se incorporó, se miró en el espejo la boca y se aplastó fuertemente el flequillo contra la frente para que le cupiera en la testa lo que tenía que hacer. Corrió al corral a ver cantar al gallo, no puso el huevo y se fue a dar cuenta del pan con mantequilla y el vaso de leche que encontraba siempre sobre la mesa de la cocinilla después del canto del animal. Él siempre comía allí, alejado del salón, porque nadie les había dicho a sus padres que él ya había nacido, algún día, cuando quisiera el viento, comería con ellos en la mesa grande al otro lado de la casa. Pero no fue aquel día a sentarse al lado del camino a ver si veía a la vida llegar, cambió la ruta y se sentó frente al portal de la casa de Pilar a esperar que saliera para ir a por agua a la fuente. Sabía que todas las mañanas iba a llenar las garrafas con la carretilla.

Cuando la vio aparecer por la puerta, se acercó sin decir nada, cogió la carretilla y la condujo hasta la fuente mientras Pilar tras saludarlo se lo agradecía.

La fortaleza de Onofre era descomunal, y si se ponía entre el sol y la tierra daba más sombra su espalda que un sauce llorón. Sabía Pilar que con él al lado sería mucho más liviano el transporte del agua ya que el enorme muchacho podía llevar al hombro si quería la carretilla con las garrafas llenas.

¿ No vas hoy a sentarte al camino?, preguntó la muchacha cuando ya llevaban medio tramo recorrido.

– No, hoy no, hoy vamos a llamar al viento tú y yo.

Ella conocía a la perfección al igual que todo el pueblo el amor obsesivo que tenía Onofre por el viento, lo miró y sonrió amablemente.

– ¿ Es eso lo que quieres en realidad, no?

– Sí, claro Onofre, puede ser muy divertido llamar al viento, respondió tras dudar un segundo.

Estaba el camino hacia la fuente completamente desierto, le gustaba a Pilar madrugar para ser la primera en llenar las garrafas sin hacer cola y aprovechó Onofre esa soledad, ya que Teodosio le había explicado que para llamar al viento tenían que estar solos. Soltó la carretilla, la agarró por la cintura y la besó iniciando así el ritual aprendido, luego la tocó como le habían dicho que había que tocar y sintió como se le despertaba el bulto del pantalón, le desgarró el vestido y la poseyó como un animal. De nada sirvieron los gritos de Pilar, recordaba que él la primera vez que llamó al viento gritó y lloró como hacía ahora ella. Varias veces lo llamaron y sintió que Pilar ya se había acostumbrado porque ya no gritaba ni lloraba. Cuando consideró acabados los ejercicios quiso ponerla en pie para continuar su marcha hacia la fuente pero la halló inerte, desgarrada, reventada y fría como el hielo. La situó en la carretilla como quien pone una hoja de laurel sobre el cocido y la llevó al pueblo a que durmiera en su cama.

Le pareció normal que unas horas después trajera el viento a unos hombres de uniforme , llamarlo tantas veces había dado resultado, en cuanto Pilar despertara le hablaría de lo que habían conseguido. Lo que no entendió es por qué gritó la madre de la chica al ver a su hija durmiendo ni por qué todos los mayores le gritaban diciéndole cosas que no entendía. Aquellos hombres de uniforme vinieron a por él, lo metieron en una habitación solo, con una ventana por donde entraba la luz partida en varios trozos y desde donde no se oía cantar al gallo ni venía el viento. Se sentó sobre el catre y decidió esperar. Al fin y al cabo la vida le llegaba más tarde que a los demás.

 

Soy Jordi Hortelano, nací en Badalona un 9 de septiembre de 1972, actualmente resido en Barcelona. Inicié mi periplo como escritor el 17 de febrero de 2016 con la publicación de un relato con doble lectura, El secreto del seňor Evol. Su gran aceptación y mi actividad en Facebook con la publicación de poemas y microrelatos me ha introducido en mundos como el de la librería LibrUp, ubicada en la calle Rosselló 361 de Barcelona. Un espacio para autores indies, donde podemos vender muestros libros e incluso editarlos y publicarlos, y en la que se celebran eventos, como concursos de poesía, presentaciones, grabación de programas literarios y entrevistas. También gracias a mi pequeňo libro y mi actividad literaria en las redes, pude ingresar como columnista en desafíosliterarios.com, una página creada para dar cabida a escritores noveles que busquen una buena promoción y a lectores ávidos de letras emergentes. En ella escribo todos los martes a las 20:00h un relato o poema en mi columna Goteando letras. Una actividad que me ha proporcionado afortunadamente un amplio número de lectores y conocer a otros escritores de calidad. En esta página, también he podido vender mi libro y apuntarme al taller de Enrique Brossa, donde he ido ampliando mis conocimientos sobre la escritura e intentando mejorar en mis textos. Es corta de momento mi andadura en este nuevo mundo, pero ya he tenido el honor en menos de un aňo de ser entrevistado tanto en LibrUp como en desafíosliterarios.com, en dos cadenas de radio locales y formar parte de eventos como la firma de ejemplares el día del libro o el black friday. Y he tenido además el privilegio de ser miembro de un jurado en un concurso de poesía y contertulio en un programa literario llamado Letras perdidas. Ahora mismo estoy preparando la segunda edición con Casandra 21 de El secreto del seňor Evol, tras dos tiradas de cien ejemplares vendidas con Bubok y culminando dos libros más, una novela corta de humor y un recopilatorio de relatos y poemas. Además he escrito una novela titulada Mientras el tiempo descansa que publicaré más adelante. Tengo amén de todo esto, otros proyectos individuales y en colaboración con otras personas.

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