La mayoría de historias de amores de verano se escriben tatuándose en una piel morena, encima de la arena o con la punta de un rayo de sol, esta que os voy a contar se escribió sobre el mar, sobre su cintura exactamente.

Sudaba el calendario la primera semana de Julio  de 2016 y Umberto, un andaluz de sangre italiana por parte de madre, preparaba las maletas para irse de vacaciones a la playa de sus sueňos con la mujer más importante de su vida, Verónica, su hija. Aquel año fue ese mes el elegido entre su ex-mujer y él para que la niña lo pasara con su padre.

Viajaron en tren porque a la pequeña le gustaba ver correr el mundo en contra dirección a través de la ventanilla y porque disfrutaba aprendiéndose los nombres de todos los lugares por donde pasaban. Imaginaba  que en cada uno de ellos debía haber algún niño o niña de seis años, como ella, que tal vez jamás hubiera viajado en tren o que no tenía tanta suerte de poder irse de vacaciones con su papá. Era entonces cuando cerraba los ojos muy, muy fuerte y pedía un deseo, siempre el mismo: que todos los niños del mundo pudieran irse de vacaciones con su papá alguna vez en la vida.

Cuando llegaron a su destino y dejaron las cosas en el hotel, Verónica le pidió a su papi ir a la playa, ya estaba oscureciendo  pero igual con un poquito de suerte lograba ver el último beso de un rayo de sol a una gota de agua.

< Esta niña tiene una imaginación desbordante, pensaba siempre Umberto, completamente asombrado.

-”¿Has visto, papi? El cielo también tiene vergüenza. Se ha puesto rojo”, dijo la niña ya sobre la arena.

No pudo evitar Umberto que se le hinchara el pecho de orgullo y notó como el amor le iba a estallar en los ojos si no dejaba de mirar a su pequeña. El mundo de su hija, como el de todos los niños, estaba aún dentro de una caja envuelta con papel de regalo.

Se le cerraron los párpados a Verónica aquel primer día en la costa, en cuanto la noche se tragó las sombras de las palmeras del paseo marítimo.

Umberto se quedó observándola un rato intentando comprender como podía caber tanta belleza en un cuerpo tan pequeño. Ser padre, era para él el mayor regalo que le había dado la vida.

Al día siguiente, cuando el sol intentaba abrir las cortinas de la habitación, Verónica quiso echarle una carrera al tiempo y llegar antes que él a la playa.

– “Pero cariño, tenemos que desayunar primero. Además aún no la han abierto . ¿ No tienes hambre?

Tuvo que asumir Verónica que por más que corriera ella, las cosas tenían su propio ritmo y pensó que cuando fuera mayor conseguiría la llave de la playa.

Desayunaron rápido, ni siquiera le dio tiempo a la mermelada a endulzarle la vida a la tostada. Verónica arrastraba a su padre hacia la playa igual que arrastra el viento al presente.

No entendió la niña cómo podía haber tanta gente ya con la playa recién abierta. Se adelantó hacia el lugar más cercano al agua, procurando en todo momento que su padre no la perdiera de vista, sabía que eso le enfadaba mucho, y extendió la toalla en horizontal para ocupara dos espacios, su papi era tan lento que temía que le adelantara una tortuga coja y le quitara el sitio. Cuando ya estuvieron instalados sobre la arena a pie de mar, apremió Verónica a su padre con la mirada sedienta de agua para que le pusiera la protección solar y poder correr a abrazar a las olas al fin.

Unos pocos metros más allá de los recién llegados una mujer gritaba desde su toalla:

–  “Xavi, no te vayas muy al fondo”

Verónica, se la quedó mirando depie como estaba, mientras su papi le ponía la crema en las piernas. Cuando Umberto dio por finalizada su tarea, la pequeña se acercó a aquella señora y le preguntó con los ojos medio cerrados por la acción del sol:

-”¿ Me dejarás la llave, para que mi papá abra mañana?, te prometo que te guardamos sitio.

La carcajada de aquella mujer y Umberto se oyó al otro lado del mundo y a través  de aquella risa salada con sabor a brisa se conocieron él  y Yolanda, una turista más llegada de la capital más cercana a aquella playa, aquel 8 de Julio de 2016. Xavi el hijo de Yolanda y Verónica se hicieron amigos al instante y eso sirvió como excusa para pasar la mayoría del día juntos, a pesar de que al pequeňo no le gustaba Umberto, huía de sus carantoñas y de sus bromas, no se había tomado bien la separación de sus padres y no le gustaba que su mamá hablara tanto con el papá de Verónica y menos que se riera como se reía. Él hacia tiempo que no tenía ganas de hacerlo, acababa de cumplir siete años y la vida le había enseñado que reírse y llorar era de niños pequeños, había decidido no volver a reír, al fin y al cabo su papá nunca lo hacía.

Quedaron al día siguiente para compartir momentos y tras aquel “mañana nos vemos” llegaron todos los días posteriores hasta que tuvieron que volver a sus respectivos orígenes. Pero pasaron un verano inolvidable los cuatro en aquel pueblo costero que parecía pintado al óleo.

Recordaba Yolanda esos días ya en su ciudad, las risas, las miradas, los gestos, Umberto no era el hombre más guapo del mundo, pero tenía una mirada capaz de derretir el polo. Se ponía nervioso cuando ella se acercaba demasiado y le divertía oírle hablar de cualquier cosa con tal de disimular esos nervios. Pero si hubo algo que siempre guardaría en la memoria es aquella tarde después de comer en la que decidieron alquilar una barca para adentrarse los cuatro en el mar y perderse un rato entre las calas. Umberto era uno de aquellos hombres torpes que provocaban siempre una sonrisa imperecedera y fue incapaz de hacerse con los remos de la embarcación, hubo un momento en el que comenzaron a dar vueltas en círculo sin que ni ella ni los dos pequeños pudieran dejar de reír. Cuando tras arduas maniobras llegaron a la orilla a Umberto no se le ocurrió otra manera de excusarse que diciendo que sólo estaba rodeando la cintura del mar para darle un abrazo. Fue en ese preciso instante cuando se dio cuenta que solo un ser especial podía verle la cintura al mar y sintió unas ganas irrefrenables de que fuera la suya la que rodeara Umberto.

No era Yolanda una mujer espectacular, pero cuando sonreía provocaba eclipses en cada esquina del mundo y tenía una manera de dejar que la miraran digna de una obra de arte. No podía Umberto dejar de pensar en ella, se habían dado los teléfonos, sí, pero estaba seguro que se había olvidado de él en cuanto aquel pueblecito costero desapareció tras las montaňas.

Fue ella finalmente quien decidió romper los muros de la distancia que les separaba, que cada uno estuviera en una punta del mapa no debía ser impedimento y así fue como un “hola, soy Yolanda” precedió a un contacto diario por chat. Poco después él se atrevió a llamar y un fin de semana de Noviembre decidieron dejar ambos a sus hijos con sus respectivas ex-parejas y aprovechando el  puente que les daba más días, encontrarse de nuevo en el lugar en el que se conocieron. Cuando estuvieron uno frente al otro en el punto exacto donde se vieron por primera vez, tan solo acompañados por la noche estirada sobre la arena, no hizo falta que ninguno de los dos rompieran el silencio cómplice que los envolvía, se miraron y empezaron a hablarse a besos y a decirse te he echado de menos en el Morse que emplean las caricias sobre la piel. Él desgranó la sonrisa de ella a dentelladas de pasión y ella se derritió en la mirada de él mientras el mar embestía contra las rocas una y otra vez, los labios de una ola besaban la orilla, una pausa, un te quiero y de nuevo la furia del agua rompiéndole las ganas a la piedra húmeda y receptiva que le esperaba ansiosa. Se habían quitado la ropa con las mismas prisas con que desnuda el amanecer los resquicios de la noche y la tendieron junto a sus miedos sobre la línea del horizonte. Tras ese amarse tan indecente vinieron tres días en  los que se tomaban con las ansias del tiempo que habían pasado deseándose, y se destrozaban en todos los rincones para recomponerse en sus brazos instantes después.

En las Navidades del mes siguiente, fue Umberto con Verónica a visitar a Yolanda y Xavi y para la Semana Santa del 2017 fueron estos últimos los que viajaron a Andalucía para devolver la visita. Los adultos ya eran pareja oficial y sus hijos grandes amigos, pero lo que más felices les hacía era ver como Umberto se iba ganando la confianza de Xavi que sentía como muy a su pesar le iba cogiendo cariño al padre de Verónica. Se vieron una vez más antes del verano siguiente y el pequeňo pasaba cada vez más tiempo con el nuevo novio de su mamá. Aún quedaba mucho por hacer, Xavi no permitía que Umberto le cogiera de la mano para cruzar un semáforo o cuando salían a pasear y no entendía porqué Verónica sí se la cogía a su mamá desde el principio. < “Mujeres”, pensaba .

Umberto veiá en las ya cercanas vacaciones la gran oportunidad para el acercamiento definitivo, estarían juntos todo el mes de Agosto que era el mes que le tocaba a Verónica pasar con su padre. Y no se equivocaba el bueno de Umberto porque Xavi fue aceptándole cada día un poquito más a medida que avanzaba Agosto. Habían organizado a la perfección todo el mes y habían planeado pasar cinco días en la ciudad donde vivían Yolanda y Xavi, fueron a muchos sitios, era una ciudad muy grande, y Xavi se iba sintiendo cada vez mejor al lado de Umberto, le hacía reír, lo cuidaba, ya le había cogido cariño y una tarde paseando por la ciudad decidió que Umberto aquel intruso que tanto quería a su mamá y a su amiga Verónica merecía esa oportunidad que tanto querían todos, así que decidió cogerle de la mano. Vio como a Umberto y a su madre se les humedecían los ojos al ver su acción, justo un instante antes de oír gritos, ver gente correr y sentir un impacto que reventó contra el suelo tanto a él como a Umberto.

 

Este relato solo pretende ser un homenaje a todas las víctimas del terrorismo. Porque tras cada persona hay una historia y detrás de cada historia hay una persona.

Soy Jordi Hortelano, nací en Badalona un 9 de septiembre de 1972, actualmente resido en Barcelona. Inicié mi periplo como escritor el 17 de febrero de 2016 con la publicación de un relato con doble lectura, El secreto del seňor Evol. Su gran aceptación y mi actividad en Facebook con la publicación de poemas y microrelatos me ha introducido en mundos como el de la librería LibrUp, ubicada en la calle Rosselló 361 de Barcelona. Un espacio para autores indies, donde podemos vender muestros libros e incluso editarlos y publicarlos, y en la que se celebran eventos, como concursos de poesía, presentaciones, grabación de programas literarios y entrevistas. También gracias a mi pequeňo libro y mi actividad literaria en las redes, pude ingresar como columnista en desafíosliterarios.com, una página creada para dar cabida a escritores noveles que busquen una buena promoción y a lectores ávidos de letras emergentes. En ella escribo todos los martes a las 20:00h un relato o poema en mi columna Goteando letras. Una actividad que me ha proporcionado afortunadamente un amplio número de lectores y conocer a otros escritores de calidad. En esta página, también he podido vender mi libro y apuntarme al taller de Enrique Brossa, donde he ido ampliando mis conocimientos sobre la escritura e intentando mejorar en mis textos. Es corta de momento mi andadura en este nuevo mundo, pero ya he tenido el honor en menos de un aňo de ser entrevistado tanto en LibrUp como en desafíosliterarios.com, en dos cadenas de radio locales y formar parte de eventos como la firma de ejemplares el día del libro o el black friday. Y he tenido además el privilegio de ser miembro de un jurado en un concurso de poesía y contertulio en un programa literario llamado Letras perdidas. Ahora mismo estoy preparando la segunda edición con Casandra 21 de El secreto del seňor Evol, tras dos tiradas de cien ejemplares vendidas con Bubok y culminando dos libros más, una novela corta de humor y un recopilatorio de relatos y poemas. Además he escrito una novela titulada Mientras el tiempo descansa que publicaré más adelante. Tengo amén de todo esto, otros proyectos individuales y en colaboración con otras personas.

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