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Era el tercer día que visitaba el mundo. En los dos primeros, bastante tuvo con adaptarse al aire e intentar aclimatarse a la velocidad de las cosas. Había decidido recuperar el tiempo perdido y cruzar la vida de esquina a esquina, pero apenas hallaba espacios en las aceras y sobre el asfalto hervían los coches humeantes llenando el invierno de un clima casi irrespirable. Sus piernas se enfrentaban, casi por primera vez, a distancias largas y había decidido apoyar su caminar en un bastón que optó por no dar un paso más cuando se topó con la piedra viva de la monumental Sagrada Familia. La miró desde abajo por primera vez y el asombro le abrió tanto la boca que podría haberse tragado el infinito de golpe. No podía seguir adelante. Quedó paralizado ante tamaña estructura y tomó la determinación de morir de un ataque de belleza allí mismo. Pero un rumor en la Avenida de Gaudí hizo que la curiosidad guiara su cojera hacia un grupo de gente reunida en un tumulto infranqueable. Su condición de anciano le permitió abrirse camino  y se colocó en la primera fila. El gentío se acumulaba en torno a un hombre barbilocuente de mediana edad que entretenía al personal sentado tras una mesa vieja y pequeña, sobre la que descansaban un carboncillo y folios por estrenar.

-¿Quiere usted saber?-preguntaba aquel hombre a todo curioso que se acercaba al lugar. – Solo tiene que decirme su nombre completo y le contaré el secreto de la longevidad durante la muerte.

La mayoría de los asistentes eran reacios a dar ese dato. Les parecía excesivo que un desconocido supiera incluso sus apellidos. Tal y como estaban los tiempos, a saber qué sería capaz de hacer una persona utilizando el nombre de otro. Pero entre la multitud siempre suele haber alguien más valiente, más confiado o más curioso que los demás y en esta ocasión, un joven salió del bullicio acompañado de su novia y le concedió a aquel hombre una oportunidad para explicar qué quería decir con eso tan extraño de la longevidad de la muerte.

La pareja se situó a su derecha sin soltarse de la mano y en pie, esperando a que iniciara la demostración de lo qué fuera aquello..

– Bien, dijo al fin. ¿ Cómo te llamas? El nombre completo por favor.

– Francisco García Huertas, respondió el muchacho.

El hombre cogió el carboncillo y anotó el nombre en uno de los papeles y lo hizo con la letra más pequeña que ninguno de los asistentes había visto jamás. De inmediato empezó a escribir hacia abajo partiendo de cada una de las letras del nombre del joven. Desde la F parecía formarse otro nombre con esa inicial, desde la R lo mismo y así paulatinamente con todas las letras que había anotado. A partir de esos segundos nombres se formaron otros y tuvo que darle el hombre la vuelta al folio para seguir mostrando a la expectante multitud como cada una de las letras paridas por las anteriores formaban otros nombres. Finalmente hizo una pausa para concentrarse hasta que escribió un número: 156.

Nadie entre los presentes lograba entender nada. El hombre del carboncillo se regocijó en otra pausa algo más larga, para crear ansiedad.

– Bien, Francisco. Si murieras ahora mismo tardarías en desaparecer del todo exactamente 156.

El muchacho confundido, preguntó tras mirar a su novia:

– ¿Días?

– No, personas. Un ser humano no muere del todo hasta que muere la última persona que le recuerda – respondió mientras se echaba la mano al bolsillo de la americana para sacar una lupa -. Somos recuerdo, todos nosotros existimos porque alguien nos recuerda, porque somos o hemos sido lo suficientemente importantes en la vida de alguien como para ser recordados. Ahora, mira por favor los nombres que he ido apuntando partiendo del tuyo y dime si reconoces alguno, añadió entregándole la lupa.

El muchacho leyó los nombres y asintió asombrado:

– Claro, son los nombres de mis amigos, de mi familia, antiguas novias y hasta hay algún nombre de gente a la que no veo desde hace muchísimos años.

– Podría escribir en estos folios los nombres de todas las personas que te recordarían si murieras en este momento y gracias a las cuales te mantendrías muerto durante un tiempo. Por lo tanto la longevidad de tu muerte es de 156 personas. Como comprenderás, no puedo poner el nombre de todas ellas, me ocuparía mucho tiempo y hay gente que está esperando a conocer su longevidad- añadió con una sonrisa de triunfador.

– Pero, ¿sólo 156 personas? Me parecen pocas. Juraría que he conocido a muchas más, advirtió el joven.  

– Sí, por supuesto, lógicamente has debido conocer a muchas más personas, pero son 156 las que  te recordarían durante sus vidas si murieras ahora. Y son muchas, muchacho, creemé -sentenció el hombre-, es la segunda cifra más alta que he sacado sin contar famosos y maestros.

No tardaron los asistentes en hacer cola para que aquel mago callejero o quién quisiera que fuese les dijera exactamente el número exacto de la longevidad de su muerte. Todos aquellos curiosa fueron observando perplejos cuando les llegaba el turno, cómo aquel tipo anotaba nombres que ellos mismos habían olvidado ya.

– Pero si a ese chico lo vi dos veces en mi vida, decía una señora.

-¿Irene? Se asombraba un señor, pero si apenas coincidimos.

La respuesta del hombre del carboncillo, siempre era la misma:

– Para esas personas sois más importantes de lo que vosotros hubierais imaginado.

Horas estuvo aquel señor anotando nombres para cada uno de las personas que se lo pedían, y respondiendo preguntas. La más curiosa fue la de una chiquilla que le preguntó porqué escribía con un carboncillo, si todo el mundo sabía que se usaba para dibujar.

– Escribir es un arte, pequeña – respondió. Agotado tuvo que pedir poco rato después a los que se aglomeraban que se fueran retirando.

-Recordad todos mi nombre gritó plegando la mesa tras guardar la lupa, el carboncillo y los folios. Me llamo Carlos Dieguez Barlovento. Carlos Dieguez Barlovento, no lo olvideis -repitió mientras abandonaba el lugar alejándose del murmullo..

– Difícil de olvidar -oyó tras de sí-. Su segundo apellido es muy poco común.

Carlos Dieguez Barlovento, se volvió para ver quién le hablaba y pudo ver al anciano a tan solo unos golpes de bastón de donde estaba.

– Sí, respondió. Mucho menos frecuente de lo que se imagina, señor. Tan solo queda una persona viva con ese apellido y la tiene usted delante.

– Vaya, todo un privilegio, ¿ verdad?

– No lo sabe usted bien. Disculpe pero si quiere que le diga su longevidad, no va a poder ser hoy, estoy muy cansado. Pero le prometo que mañana será usted el primero.

– ¿Se ha parado usted a pensar que podría hacerse millonario si cobrara por este don que tiene? He estado observando que no ha aceptado una sola moneda de sus clientes o como quiera llamarles.

– No necesito dinero, señor, tengo para dar y regalar. Soy el heredero de una enorme fortuna.

– Pero entonces ¿por qué va por las calles haciendo esto?

– Está claro, ¿no?. Lo hago para aumentar mi longevidad. Cuanto mayor sea el número de gente que me recuerde más tiempo estaré muerto. Y no me negará que este es un gran método para que se me recuerde.

– Sin duda, amigo, sin duda.

– Bien, pues como le he dicho, mañana será usted el primero. Ahora discúlpeme pero me tengo que ir.

– No me interesa mucho conocer mi longevidad, sé que es escasa, mucho más de la que se imagina. De hecho no creo que logre escribir más de cinco nombres.

Carlos Dieguez, miró fijamente al anciano intentando hallar una respuesta a tan extraño acertijo.

-Todo ser humano tiene una media de cincuenta personas que lo mantendrán muerto durante un tiempo – acertó a decir al fin.

– Yo no, se lo aseguro.

– Eso es imposible, señor, debe usted tener más de noventa  años. Le aseguro que si escribo su nombre hay al menos cien personas. Ha vivido usted mucho y obviamente habrá conocido a mucha gente.

– Noventa y dos.

– ¿ Noventa y dos personas?

– Noventa y dos años. Tengo noventa y dos.

– Pues más a mi favor.

– Mañana lo veremos.

Se quedó absorto por un instante mirando al anciano. Sacó el carboncillo y uno de los folios que guardaba muy bien doblados en el bolsillo de la americana, y preguntó apoyando la mesa plegable sobre un banco de la avenida para depositar en él el folio:

– ¿ Me puede decir su nombre, por favor?

– Ignacio Quintero Narváez.

Dieguez anotó al dictado y se concentró, pero quedó estupefacto al ver que de aquel nombre tan solo logró sacar otros dos: Nieves Roldán Gutiérrez y Zacarías Aguilar Barlovento.

– La señora Roldán es mi psiquiatra dijo asombrado el señor Quintero, pero le aseguro que no he conocido nunca a nadie llamado Zacarías Aguilar Barlovento, lo recordaría. Pero, ¿no decía usted…?

La cara de Carlos Diéguez se tornó indescriptible. se le acumularon en ella la enorme sorpresa de estar frente a un hombre con un dos de longevidad y el asombroso descubrimiento de que había en la Tierra otra persona apellidada Barlovento, que para más inri tenía que ver con aquel anciano al que no conocía de nada.

Una vez pudo reaccionar, miró al anciano y le increpó intentando salir del laberinto que se había formado en su mente:

– Es imposible, trate de recordar, esto nunca falla, es una ciencia exacta, tiene usted que haber conocido a alguien con ese nombre. Es esencial que haga un esfuerzo, investigué sobre el apellido que heredé de mi madre, ella era hija única y todos los antecesores que se apellidaban así ya fallecieron, al igual que ella. No consta en ningún registro nadie con ese apellido, créame, tengo mucho dinero y removí cielo y tierra con la ayuda de los mejores detectives del mundo para cerciorarme de que solo quedaba un Barlovento en el planeta.

– Pues si tan fiable es esa extraña ciencia, queda otro ser humano con ese apellido, amigo. Y según usted me conoce y me mantendrá muerto mientras viva. Aunque le juro por los libros, que es lo único que tengo en esta vida que no he conocido a nadie con ese nombre.

– No puede ser, tiene que haberse cruzado con alguien llamado así, un compañero de clase, de la mili, de trabajo, del gimnasio, del club de petanca… piense, piense, piense.

Un momento, y perdone la pregunta. ¿Por qué tiene usted psiquiatra? Se le ve en su sano juicio.

– Padezco, agorafóbia desde muy niño, y la mía es extrema, no existe otro caso en el mundo igual. No he podido salir de mi casa en todos estos años, desde mi ventana he visto todos los días de mi vida la Sagrada familia pero hasta hoy no he podido verla desde la base y le aseguro que nunca imaginé su inmensidad. Llevo tres días saliendo a la calle. Hace cuatro me pareció ver una sombra en mi casa y me asusté, cuando me quise dar cuenta había corrido hasta el portal huyendo de esa sombra y poco a poco el miedo que me provoca esa presencia me ha hecho vencer el miedo a salir a la calle.

Al menos esa es la explicación que me ha dado la doctora Roldán. Aunque le aseguro que hay alguien en casa.

– No puede ser, no puede ser -dijo alejándose como llevado por el diablo el hombre del carboncillo-, he de averiguar qué está pasando.

Nunca volvieron a verse ninguno de los dos.

Carlos Dieguez Barlovento se dejó desde aquel día la mitad de su fortuna en intentar averiguar quién era Zacarías Aguilar Barlovento pero nunca pudo  descifrar el misterio. Mientras Ignacio Quintero Narvaez volvió todos los días a la avenida de Gaudí arrastrado por la curiosidad y con la esperanza de encontrar al hombre del carboncillo y que le diera la respuesta de quién era ese misterioso Zacarías Aguilar Barlovento, estaba seguro de que jamás lo había conocido.

Estando en casa una tarde, el anciano Quintero y ya con noventa y cinco años, vio desaparecer de un folio ajado que tenía desde hacía ya tres sobre la mesita de noche el nombre de Nieves Roldán Gutiérrez, al día siguiente supo que había fallecido de un ataque al corazón. Fue a partir de entonces cuando don Ignacio supo que Zacarías Aguilar Barlovento era la sombra que le acechaba en su casa y huyó de allí para acabar deambulando por las calles hasta que los servicios sociales le ingresaron en un centro de salud meses después. La vida quiso que el anciano viviera ciento doce años, una noche de San Juan lo hallaron muerto sobre el suelo de su habitación aferrado a un viejo trozo de papel en el que se podía leer el nombre de Zacarías Aguilar Barlovento.

Unos años antes, Carlos Dieguez Barlovento acudió a una extraña cita en el pueblo de su madre. El antiguo párroco, don Anselmo Aguilar le confesaría en su lecho de muerte que él era su verdadero padre y que al nacer lo registró como Zacarías Aguilar Barlovento. Que al encontrar su madre, seguramente por obra de Dios, un hombre bueno como Procopio Dieguez que quiso hacerse cargo del pequeño, destruyó los documentos. No pudo hacer las cosas mejor el Señor, ya que el pequeño Zacarías, rebautizado como Carlos por su millonario padre halló la mejor vida que se le podía dar a un niño. Tanto fue así que no solo asistió a los mejores colegios de Europa, sino que pudo además financiarse las investigaciones científicas que le permitieron hallar un método para calcular la longevidad de la muerte de las personas y conseguir así que el apellido Barlovento pasara a la historia antes de desaparecer . Ahora frente a su último  suspiro y a punto para la extremaunción el padre Aguilar, confesaba a su hijo una verdad que nunca cupo en un confesionario.

En cuanto supo Carlos que él era Zacarías fue en busca del anciano pero nadie supo decirle que había sido de él, nadie logró recordar quién era.

 

Soy Jordi Hortelano, nací en Badalona un 9 de septiembre de 1972, actualmente resido en Barcelona. Inicié mi periplo como escritor el 17 de febrero de 2016 con la publicación de un relato con doble lectura, El secreto del seňor Evol. Su gran aceptación y mi actividad en Facebook con la publicación de poemas y microrelatos me ha introducido en mundos como el de la librería LibrUp, ubicada en la calle Rosselló 361 de Barcelona. Un espacio para autores indies, donde podemos vender muestros libros e incluso editarlos y publicarlos, y en la que se celebran eventos, como concursos de poesía, presentaciones, grabación de programas literarios y entrevistas. También gracias a mi pequeňo libro y mi actividad literaria en las redes, pude ingresar como columnista en desafíosliterarios.com, una página creada para dar cabida a escritores noveles que busquen una buena promoción y a lectores ávidos de letras emergentes. En ella escribo todos los martes a las 20:00h un relato o poema en mi columna Goteando letras. Una actividad que me ha proporcionado afortunadamente un amplio número de lectores y conocer a otros escritores de calidad. En esta página, también he podido vender mi libro y apuntarme al taller de Enrique Brossa, donde he ido ampliando mis conocimientos sobre la escritura e intentando mejorar en mis textos. Es corta de momento mi andadura en este nuevo mundo, pero ya he tenido el honor en menos de un aňo de ser entrevistado tanto en LibrUp como en desafíosliterarios.com, en dos cadenas de radio locales y formar parte de eventos como la firma de ejemplares el día del libro o el black friday. Y he tenido además el privilegio de ser miembro de un jurado en un concurso de poesía y contertulio en un programa literario llamado Letras perdidas. Ahora mismo estoy preparando la segunda edición con Casandra 21 de El secreto del seňor Evol, tras dos tiradas de cien ejemplares vendidas con Bubok y culminando dos libros más, una novela corta de humor y un recopilatorio de relatos y poemas. Además he escrito una novela titulada Mientras el tiempo descansa que publicaré más adelante. Tengo amén de todo esto, otros proyectos individuales y en colaboración con otras personas.

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