Despertó aquel día el primer rayo de sol, miró a su alrededor y sonrió al comprobar la placidez con la que dormían sus compañeros. Se deslizó suave acariciando un aire aún a medio existir y se paseó de puntillas por los campos, pantanos y terrenos fértiles. Saludó primero al banano, luego se acercó al arroz, al maíz y al trigo, siguió entre tierra de papa y yuca hasta adentrarse en la  aldea para por fin infiltrarse en la casa de Milagros, una niña con los ojos más grandes que su esperanza de vida.

La ternura de sus manos cubría a modo de caricia el diminuto cuerpo de un hámster que abría y cerraba sus minúsculos ojos cada vez que la niña  recorría su existencia con la mano.

Al lado del catre donde Milagros, tapada por una sábana muerta de sueño, depositaba su cariño sobre el pequeño lomo de su mascota, una jaula aguardaba con la boca abierta el regreso de su inquilino. De la anilla que servía para transportar la morada del animalito situada en la parte superior, colgaba un trozo de cartón asido a un hilo que la rodeaba y en el que se podía leer: “Hans”.

La pequeña Milagros escuchó una tarde como su madre le daba una tregua al llanto detrás de la puerta y decidió aprovechar el momento para pedirle un hámster. Tal y como estaban las cosas, y por más que el médico recomendó no exponer a la niña a posibles alergias, Osvalda no tuvo corazón para negarle ese capricho a su hija. Pedro, su padre, un hombre robusto y con el sol mordiéndole la piel, movió cielo, tierra e infierno para cumplir el deseo de las dos mujeres de su vida. Se fue a la capital y buscó en los lugares más recónditos una tienda donde poder comprar el animal, halló quien le dijo cómo conseguirlo, pero el dinero que tenía que invertir en ello era muy superior a lo que su familia podía permitirse, aquella especie no era común por aquellos lares y debían traerla de fuera. Fue entonces cuando descubrió que los latidos de la gente de la capital sonaban tan solo a monedas chocando entre sí. Los ojos de su hija, aquella mirada repleta de ganas, le ayudaron a no desistir, pero la desesperación tiraba fuerte de la otra punta de la cuerda que tensaba una voluntad cada vez más frágil y al fin la realidad ganó la batalla, una batalla tan cruel como injusta, ya que uno de los contendientes, Pedro, luchaba con armas muy rudimentarias. Se dirigió arrastrando la derrota hacia un locutorio para llamar a la aldea y que dieran aviso a su esposa de que en la mayor brevedad posible se acercara al único teléfono de que disponía el lugar. Entró al habitáculo sin correr la cortinilla, marcó el número y esperó unos cuantos tonos, sabía que Fermina, la encargada de atender el teléfono, tardaría unos minutos en llegar al aparato por más prisa que se diera. Afortunadamente, la casa de correos, que era donde llegaban todas las llamadas, estaba situada sobre un cerro y eso hacía que su sonoridad alertara a los vecinos más cercanos. Llegó la voz de Fermina a responder con la respiración entrecortada la demanda de Pedro. Tras hablar un breve instante, el padre de Milagros cortó la llamada y se sentó a esperar derrumbado en la banqueta , mientras seguía con la mente la carrera de Fermina colina abajo llevando en sus zancadas el aviso para Osvalda. Sabía exactamente en cuánto tiempo podría volver a llamar. En su cabeza Fermina llegaba donde Osvalda ocultaba las lágrimas tras la mirada y las veía subir de nuevo hacia el teléfono queriéndole ganar la carrera al tiempo. Volvió a marcar y la voz de su esposa descuartizó el primer tono. Él saludó, preguntó por Milagros y se volvió inmediatamente  a correr la cortinilla que le daba intimidad a su tronco y cabeza pero no a sus extremidades inferiores. El propietario del locutorio, desde su púlpito de la comunicación, vio a Pedro llorar con las piernas antes de oírle el llanto y cuando salió el hombre después de comunicarle a su esposa que había fracasado en su empresa, no pudo evitar preguntarle cuál era el motivo de su desconsuelo. Pedro, por pura necesidad, ya que la pena le rasgaba el alma, le contó su historia sin callarse ni siquiera lo que no quería creer. Aquel hombre, uno de aquellos seres con los que el destino decide premiar a veces a algunas personas, decidió volcar todo aquel tiempo libre del que gozaba en ayudar a Pedro, se sentó con él frente a uno de los seis ordenadores de los que disponía en su negocio y le ayudó a enviar un mensaje de socorro en las redes:

“Busco hámster  para mi hija. Rogaría que si alguien dispone de alguno cerca de la provincia me lo hiciera llegar. Adjunto mi dirección y la del locutorio desde donde escribo.”

Eternamente agradecido.

Una vez enviada dicha misiva, Pedro se despidió de aquel hombre dejándole plasmado el abrazo más sincero que poseía y un papel con el número de  teléfono donde localizarle si por aquellas sorpresas que da la vida alguien tenía a bien hacerle ese favor a su pequeña.

Salió el padre de Milagros dejando un haz de agradecimiento tras de sí y unos minutos después se sentó de nuevo Julián, que así se llamaba el propietario del local, frente a uno de sus ordenadores y añadió unas frases que Pedro le habìa prohibido incluir por aquello de la dignidad:

“Busco hámster para mi hija enferma. Rogaría que si alguien dispone de alguno cerca de la provincia me lo hiciera llegar, no le queda mucho tiempo de vida y es su última ilusión.”

Cinco días después esta historia puso a Pedro de nuevo en el locutorio con la enorme responsabilidad de tener que elegir cual de los cuatro hámsters le llevaría a su hija. Tres familias de inmigrantes que vivían en la capital y una que habitaba a sesenta kilómetros de la misma se habían acercado hasta allí a la mañana siguiente para entregar sus mascotas. Julián tuvo que poner otro anuncio para parar la avalancha de ofertas que le llegaban de todas partes del mundo. Pedro escogió a Hans, argumentando que tenía en la mirada el mismo brillo que su hijita y como por arte de magia la llegada de aquel bendito animal hizo que la salud de Milagros mejorase un ápice, tal vez fue la compañía, quizás la ilusión cumplida, la cuestión es que Hans le alargó unos días la vida a su nueva dueña solo dejándose acariciar. Unos días que fueron vitales ya que dieron tiempo a que un Rolls-Royce negro apareciera como parido por una ensoñación tras el polvo del camino que llevaba a la aldea. De él se apeó un estirado señor con chaqué, bigote fino paralelo a la sonrisa, pajarita y maletín preguntando por la familia de Milagros mientras se sacudía la vestimenta intentando ahuyentar el olor a torta de papa que se le había aferrado a la ropa.

Una vez lo llevó la admiración y curiosidad de los lugareños hasta la casa de Pedro y familia, el espigado personaje se presentó.

< Buenos días, dijo haciendo ademán de reverencia, busco a la señorita Milagros. Vengo del hospital Alexander Fleming of London dijo en un español aprendido a empujones.

< ¿Hospital, Milagros?, ¿por qué viene usted de un hospital tan lejano y cómo sabe que mi hija se llama Milagros?

< Por el anuncio de su amigo Julián, respondió el inglés con la sorpresa estirándole las cejas.

Tras unos segundos de desconcierto, Pedro, mediante el forastero, se enteró que el anuncio que Julián había colgado en las redes distaba mucho del pactado inicialmente y que se había hecho viral, una palabra que no había pasado ni de visita por aquella aldea y que Mr Lonegan, el cardiólogo más afamado del mundo tuvo la paciencia de explicarle al sorprendido padre de la enferma. Eso y la infinidad de peticiones de ayuda que lanzó a la red. A una de ellas, precisamente la que había llevado al doctor hasta allí, Julián la había titulado “Un hámster para Milagros” homenajeando una película que había visto con un título muy parecido y explicando con todo detalle lo que Pedro le había confiado sobre la enfermedad de la pequeña. Una dolencia de las llamadas raras conocida con el sobrenombre de “corazón de cristal” y que impedía que Milagros pudiera levantarse de la cama porque el más mínimo esfuerzo haría estallar su órgano más vital. Una enfermedad que menguaba los latidos con el paso del tiempo y que evitaría que la niña viviera mucho más, un mal que el doctor iba a intentar curar por puro amor a la medicina según les dijo.

El doctor Lonegan tras las explicaciones correspondientes y después de conocer a Milagros, el verdadero motivo de su viaje, volvió al hotel donde había decidido hospedar su ciencia, sito en una pequeña ciudad a 44 kilómetros de la aldea donde disponían de Wi-Fi y otras comodidades necesarias para su estancia. Por las mañanas dedicaba a acompañar el té y las pastas a seguir ampliando los conocimientos que había empezado a adquirir días atrás sobre la rara enfermedad de la niña y por las tardes ya cuando el sol empezaba a cerrar los ojos y ya saturado de probabilidades e información se acercaba a la aldea donde Osvalda y Pedro le esperaban agasajándole con todo tipo de viandas compuestas por  los mejores productos de la tierra. Pedro se negaba a aceptar un no por respuesta a su ofrecimiento, aún sabiendo que a ese ritmo de dádivas alimenticias iban a vaciar la despensa que habían tardado en llenar medio año, en tan solo una semana. Mientras el extravagante Mr Lonegan era atiborrado de gratitud se sentaba al lado de Milagros y Hans sobre una escuálida silla dispuesta a darlo todo por la causa. Hablaba con ella y atendía las mil preguntas que la niña le hacía sobre Londres y la manera de vivir de sus habitantes. La boca de la pequeña, al escuchar lo que el doctor le explicaba sobre su gran ciudad se abría de admiración al tiempo que se le iba cerrando la vida con el paso de las horas. Mr Lonegan estudiaba el entorno de la enferma y disponía las cosas como buenamente podía para que Milagros estuviera en las mejores condiciones posibles en aquella habitación donde estaba reunido el mundo, dando orden explícita de no separar al pequeño hámster de la enferma, asombrado del bien que le había hecho aquel pequeño animal a su paciente. Tres tardes  después llegaron con el galeno dos enfermeras, un médico y un joven doctor, estos sí vestidos acorde con los tiempos que vivían, cargados con los aparatos y utensilios necesarios para habilitar un quirófano donde descansaba, ya muy débil, Milagros. Mr Lonegan no había tenido tiempo suficiente para intentar lograr descubrir la cura de aquella enfermedad y el corazón de Milagros latía en sentido contrario a las agujas del reloj, solo cabía una posibilidad, un trasplante. El doctor había seguido la evolución de la niña y lo había previsto todo, incluso un corazón artificial diseñado por un equipo de expertos que guardaban como oro en paño en los laboratorios del Alexander Fleming hospital. Era el momento del todo o nada, si no intervenían  a la pequeña Milagros no vería el siguiente amanecer, la niña solo emitió una petición con la voz más débil aún que sus latidos, quería ser operada con Hans descansando en su mano. El doctor Lonegan no pudo menos que acceder antes de dormir a la niña, una vez anestesiada ya alejarían  al animalito de su dueña. Se arremangó el inglés, la camisa blanca que le sudaba en la espalda, ocultó la tensión en un pañuelo con el que se iba secando la frente y llevó a cabo el trabajo más difícil de toda su reconocida carrera. Ni las condiciones ni el caso que estaba tratando ponían las cosas fáciles.

< Piensen que es su hija, les dijo a sus ayudantes antes de iniciar la intervención. El destino, tal vez las oraciones de Osvalda y los habitantes de la aldea a la vírgen de Chapi, la pericia del equipo médico o las ganas de la niña por vivir lograron que aquella operación, la más complicada de la historia de la medicina hasta aquel momento, tuviera éxito. Nunca ninguno de los presentes pudo olvidar el abrazo envuelto en llanto que se dieron todos los integrantes del equipo médico al perpetrar aquella hazaña  científica. Solo cabía esperar la evolución de la paciente y decidieron ir turnándose una de las enfermeras, el doctor y los padres para vigilar a la pequeña, el resto del equipo abandonó el lugar. Al segundo turno de vigilancia, los plomos de la casa decidieron saltar y se apagó por unos instantes toda posibilidad de recuperación ya que Milagros estaba conectada a una máquina que regulaba aún sus constantes vitales. Estaba destinada a una muerte segura y a pesar de la premura de Pedro por intentar restablecer la electricidad no fue posible hacerlo. El desasosiego se apoderó de la casa, los gritos de desesperación de Osvalda retumbaron en las montañas y parecía que el mundo iba a desaparecer en un instante. Tan solo un hombre, el doctor, mantuvo la calma necesaria para mirar a su alrededor e intentar encontrar una solución de urgencia, buscó cualquier cosa que pudiera ayudarle a generar energía eléctrica y entonces lo vio, Hans. Se habían olvidado de él durante la intervención y allí estaba meneando los bigotes sobre la mano de Milagros y mirando fijamente al doctor Lonegan.

El inglés habló:

< Rápido ¿tienen ustedes una bicicleta o un automóvil desguazado?, necesito un dínamo urgente. No tardó Pedro ni medio instante en traerle uno, ni siquiera se detuvo a preguntar para qué.

Sin embargo la curiosidad de la enfermera venció a su sorpresa y preguntó ya cuando el doctor unía el dínamo a la rueda de la jaula de Hans.

< Tengo que crear el generador Roboski, dependemos de Hans y de su capacidad para mover la rueda a la máxima velocidad posible para crear energía eléctrica.

Una vez lo hizo con la máxima brevedad posible y viendo que la niña  milagrosamente seguía viva, se acercó a Hans lo subió a su mano, lo colocó en la rueda y le dijo tiernamente,

< Corre Hans, corre todo lo que puedas por lo que más quieras.

Hans  depositó el brillo de sus ojos en la mirada del doctor e inició la carrera más veloz de su vida en busca de la vida de Milagros. Fue algo asombroso ver como el animalito logró hacer mover aquella rueda, sus patitas alcanzaron una velocidad antinatural y en cuestión de minutos creo la energía suficiente para restablecer el funcionamiento de la máquina que mantenía viva a Milagros. El trabajo de Hans y el del doctor que practicó unos ejercicios de respiración con Milagros mientras el pequeño hámster  hacía girar la rueda lograron salvarle la vida a la niña.

Completamente agotado y con el aliento escaso se acercó Mr Lonegan a la jaula para agradecerle a Hans haber logrado el milagro y llevarlo de nuevo a la mano de su pequeña amiga, pero el diminuto roedor había perdido la vida para prestarsela a su nueva dueña  en aquella rueda en la que había dejado de jugar desde que conoció a Milagros para estar en su mano.

Dedicado a Thomas Salomón.  Lo prometido es deuda.

 

Soy Jordi Hortelano, nací en Badalona un 9 de septiembre de 1972, actualmente resido en Barcelona. Inicié mi periplo como escritor el 17 de febrero de 2016 con la publicación de un relato con doble lectura, El secreto del seňor Evol. Su gran aceptación y mi actividad en Facebook con la publicación de poemas y microrelatos me ha introducido en mundos como el de la librería LibrUp, ubicada en la calle Rosselló 361 de Barcelona. Un espacio para autores indies, donde podemos vender muestros libros e incluso editarlos y publicarlos, y en la que se celebran eventos, como concursos de poesía, presentaciones, grabación de programas literarios y entrevistas. También gracias a mi pequeňo libro y mi actividad literaria en las redes, pude ingresar como columnista en desafíosliterarios.com, una página creada para dar cabida a escritores noveles que busquen una buena promoción y a lectores ávidos de letras emergentes. En ella escribo todos los martes a las 20:00h un relato o poema en mi columna Goteando letras. Una actividad que me ha proporcionado afortunadamente un amplio número de lectores y conocer a otros escritores de calidad. En esta página, también he podido vender mi libro y apuntarme al taller de Enrique Brossa, donde he ido ampliando mis conocimientos sobre la escritura e intentando mejorar en mis textos. Es corta de momento mi andadura en este nuevo mundo, pero ya he tenido el honor en menos de un aňo de ser entrevistado tanto en LibrUp como en desafíosliterarios.com, en dos cadenas de radio locales y formar parte de eventos como la firma de ejemplares el día del libro o el black friday. Y he tenido además el privilegio de ser miembro de un jurado en un concurso de poesía y contertulio en un programa literario llamado Letras perdidas. Ahora mismo estoy preparando la segunda edición con Casandra 21 de El secreto del seňor Evol, tras dos tiradas de cien ejemplares vendidas con Bubok y culminando dos libros más, una novela corta de humor y un recopilatorio de relatos y poemas. Además he escrito una novela titulada Mientras el tiempo descansa que publicaré más adelante. Tengo amén de todo esto, otros proyectos individuales y en colaboración con otras personas.

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