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Andrea sentía el dolor de su hijo y lo acarició con ternura acunándolo  como a un bebé, mientras pensaba la mejor forma de ayudarle. No parecía que Pablito estuviese enfermo aunque no sería mala idea llevarle a la curandera para que le viese. Ellos no podían permitirse los honorarios del médico y la bruja les aconsejaría sobre la mejor forma de tratar al niño.  Pensó también en acudir al párroco aunque esto  lo borró enseguida de su mente. Tendría que contarle lo de la muerte del mendigo y para estas cosas era más fiable la sanadora que el cura. Cuando la mujer vio que su hijo se había tranquilizado, lo dejo en la mecedora y fue a preparar unas rebanadas de  pan con aceite y azúcar para la merienda los niños.  

Después habló con su marido sobre lo que había pensado y él estuvo de acuerdo. Irían a la cueva donde vivía la Curandera.

Aquel día amaneció nublado, algo que no era muy frecuente teniendo en cuenta que se encontraban a primeros de julio. Andrea dejó a las niñas con la mujer del cabrero y con Pablito y su marido emprendieron camino hacia la cueva de Inesa que así se llamaba la hechicera . Llegaban ya a su casa cuando comenzaron a caer las primeras gotas de agua. La mujer se encontraba entretenida recogiendo los manojos  de hierba que colgaban sobre la puerta para meterlos en el interior evitando que se mojasen pues corrían el riesgo de pudrirse.

—Buenos días Inesa— saludo Andrea

Ésta volvió la cabeza y ante la visión de los visitantes sonrió

—Cuanto tiempo sin verte amiga. Ya pensaba que te habías olvidado de mí — contestó la curandera extendiendo las manos hacia ella.

Después de abrazarse efusivamente, Inesa saludó al marido y besó al chiquillo que la miraba asustado. Les hizo pasar al interior ya que la lluvia había comenzado a caer con intensidad.

—¿Y qué os trae por aquí…? — preguntó mientras acercaba el puchero del café al fuego y una cacerola con leche.

—Quiero que veas a Pablito—dijo Andrea—Le están pasando cosas muy raras… no sé…. como de brujería…

Inesa que alcanzaba unas tazas de la alacena se volvió hacia el niño y lo miró fijamente

Éste se encogió arrimándose a su madre. Aquella mujer le intimidaba pues a pesar de que parecía normal, la idea que tenían los chicos de ella en el pueblo era la de una bruja que se comía a los niños si se atrevían a merodear alrededor de su cueva. Cuando entró en la casa miró por si había alguna jaula, pero no vio nada. La habitación era completamente normal, a no ser por la cantidad de tarros de cristal sobre estanterías de madera y hierbas colgadas en ganchos del techo. También había embutidos por lo que tuvo la idea de que quizás eran de carne de chiquillos y que no se los comía asados sino en chorizos y morcillas. En una de las esquinas, una cama apenas cubierta por la cortina que separaba la habitación. Tampoco allí se veía ningún indicio de restos de críos. La voz de la mujer le sobresaltó y dio un respingo asustado saliendo de sus tétricos pensamientos.

—¿Has hecho alguna trastada Pablito…?

El niño se puso blanco y unas lágrimas comenzaron a bajar por sus mejillas. La madre miró a Inesa abrazando a su hijo.

—Fue en defensa propia. Él no tuvo la culpa  y ahora ese viejo no le deja en paz. Es el mismo demonio.

La mujer colocó las tazas sobre la mesa camilla y fue sirviendo el café añadiendo la leche en la medida que sus invitados se lo indicaba. El café con leche era un lujo que se podía permitir gracias al rebaño de cabras que tenía. Fabricaba también queso para vender en el pueblo a los que lo podían comprar y por el que cobraba buenos dineros. Al niño le sirvió una gran taza de leche manchada solamente con un poco del líquido marrón añadiendo dos cucharadas de azúcar.

Puso en la mesa unas tortas dulces de aceite y ajonjolí que ella había hecho y dejó que la familia tomasen este desayuno poco habitual para ellos.

Hablaron de chismes del pueblo y de cómo estaban sucediendo cosas que no gustaban demasiado a ninguno de ellos pues suponían que las revueltas y descontento de la gente tendría un final no deseado por nadie pues abocaba a una revolución que todos temían. Algunos pensaban que   los sucesos que estaban ocurriendo acabaría en una guerra entre distintas fuerzas políticas del gobierno que no acababa de coger las riendas de la situación que vivía el país.

Cuando terminaron el almuerzo Inesa recogió la mesa y colocó sobre ella un tapete. Trajo unas velas que encendió y dispuso una vasija con agua entre ellas. Después echó sobre ésta los posos del café y se quedó mirando la forma que tomaban en el recipiente después de agitar enérgicamente con una cuchara de palo.

Pablito miraba con curiosidad los manejos de la bruja, pero cuando se acercó hacia él con las manos extendidas para tocarle, se escondió detrás de su madre. Andrea lo empujó suavemente hacia Inesa y le dijo que no tuviese miedo.

La curandera puso sus manos sobre la cabeza del niño y cerró los ojos. Después las bajó por todo el cuerpo analizando el campo energético del chiquillo comprobando al mismo tiempo la extrema delgadez de éste. Cuando terminó se acercó a las velas y las pasó por encima de ellas mirando al mismo tiempo  los posos del café que habían cambiado la figura en el contenedor de cristal.

Luego habló dirigiéndose a los padres.

—El niño está poseído por un demonio que le está consumiendo la energía. Debemos ayudarle y protegerle..

La madre se quedó mirando fijamente las velas y después preguntó angustiada:

—¿Y qué podemos hacer nosotros contra un demonio….? ¿Hablar con el cura para que le practique un exorcismo…?

— No hace falta — dijo Inesa. Vamos a defender al niño con un hábito y unas hierbas que deberá tomar todos los días. ¿De qué santos sois devotos?

—Del Señor de la Buena Muerte— habló el padre.

—De la Virgen María y de San Dimas— dijo la madre

—¿Y tú…?

Pablito asustado y tartamudeando logró decir:

—Co.. ..mo mi.. pa…dre.

—Pues ya tenemos el remedio— dijo Inesa— Vas a llevar el hábito del Señor de la Buena muerte durante un año y medio. Recuerda que no te lo puedes quitar, ni en invierno ni en verano, ni aunque los demás niños se burlen de ti. Eso y las hierbas que te daré, más una visita a la semana que me harás durante ese año, harán que el demonio salga de tu cuerpo.

El niño miró a sus progenitores y los dos asintieron. Entonces él también movió la cabeza afirmativamente.

—Tienes que prometerme que harás todo lo que te pido y sobre todo, venir a visitarme sin perder un día. Es importante para curarte.

Inesa y su marido se despidieron agradecidos de la hechicera con la promesa de entregarle algún dinero cuando Pepe encontrarse un trabajo. Andrea dijo que confeccionaría el hábito de su hijo y quedaron en que los viernes subiese a ver a la mujer en su cueva.

Photo by M. Martin Vicente

Nicole Regez

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