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Nemesio era un hombre corriente. Circunstancias de la vida hizo que, sin pretenderlo, se  introdujese en el mundo oscuro y peligroso de la delincuencia. Descubrió el tortuoso camino que puede seguir la mente humana, para convertir a un hombre normal en un asesino.

Sacó el viejo reloj de bolsillo y miró la hora  por enésima vez. Sus ojos se fijaron en la imagen pegada en la tapa: Su hermano con Teddy el americano su amigo íntimo. Entre ambos, un incensario enorme colgaba del techo. Sabía de memoria lo que ponía a pie de foto aunque, a simple vista daba la sensación de ser un rayón hecho con bolígrafo:   

               

  Botafumeiro Catedral de Santiago.

 

El reloj había llegado a él después de que Arcadio apareciese muerto bajo un puente en  circunstancias especiales y a causa del sida, esa maldita enfermedad que se estaba convirtiendo en una lacra para la humanidad. Pero él no aceptó la explicación del policía que se la comunicó. Buscaba al
americano para que le explicase por qué abandonó a su hermano hasta el extremo de dejarle morir en la calle. Llevaban tiempo viviendo juntos y siempre supo que eran algo más que amigos.

Al comenzar su búsqueda se encontró en un ambiente que no entendía ni siquiera sabía que su hermano hubiese accedido a él. Creía que trabajaba de informático en una multinacional donde conoció a Teddy, pero éste no pertenecía a empresa alguna. Era un capo de la droga e introdujo a su hermano en ese ambiente. Tuvo que infiltrarse en el  mundo del hampa para seguirle los pasos y ahora estaba a punto de encontrarse con él. Quería confirmar la sospecha de que el americano utilizó a Arcadio y cuando ya no le servía lo mató de forma cruel contagiándole, aún no sabía cómo, la terrible enfermedad para dejarle después morir como un perro.

Era tarde y hoy tampoco había tenido suerte. Su confidente le dijo qDesde mi ventana es un libro de relatos de fantasíaue Teddy pasaba los jueves por el garito que regentaba el Griego. Era el único en la calle que bajaba al puerto viejo pero el americano no había aparecido. Se preparaba para salir cuando en la calle se escuchó un disparo. A pesar de la música y el ruido del local el sonido llegó nítido aunque nadie se inmutó. En aquella zona estaban acostumbrados a  las reyertas entre marineros o bandas rivales, era el pan de cada día.

Nemesio pagó la consumición.  Con paso cansino se dirigió a la puerta. Una bocanada de aire congelado le hirió los pulmones y se subió el cuello del abrigo. El borracho que tropezó con él  casi le tira. Iba ensimismado contando unas monedas que alguien le había dado o que robó a algún transeúnte distraído.

 

Seguro que no  estarán demasiado tiempo en sus manos, pensó.

 

Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad de la noche escasamente iluminada por unas farolas mortecinas,  descubrió los bultos en la acera. Estaban en la dirección por la que había aparecido el hombre. Por la ropa,  parecían  hombre y  mujer. Estaban en una postura extraña como de marionetas descoyuntadas. Se acercó despacio, los sentidos alerta y el sigilo que sus dos años de vida entre criminales le había enseñado a cultivar. Antes que verla la olió. Un charco de sangre rodeaba a la mujer que en un reguero pastoso se unía al del hombre expandiéndose después hacia la carretera en un maridaje perfecto.

Se inclinó para comprobar si estaban muertos aunque lo sabía de antemano. También la muerte tiene aroma.  Sacó la linterna iluminando la cara de la mujer que estaba boca arriba. Era la prostituta que se le había ofrecido antes de entrar en el bar. Una hembra entrada en años y pintarrajeada como un payaso. Quizás tuvo tiempos mejores en su juventud, pero ahora ofrecía muy poco atractivo. Su boca sonreía con una mueca extraña que le daba un aire burlón y penoso. Se dirigió hacia al hombre. Tenía el rostro contra las baldosas y le volteó con el pie. El haz de la linterna le devolvió la cara del individuo que había estado persiguiendo durante los últimos dos años Teddy el americano. En el suelo brilló la hoja de un cuchillo y no muy lejos de éste, cerca de la mujer, el pequeño revólver centelleó por un momento.

Nemesio se enderezó pensando que una prostituta le había robado la oportunidad de saber lo que realmente le pasó a su hermano. Ella había vengado a cada víctima inocente que el traficante de droga mandó al otro barrio, por supuesto, no sabía de qué forma llegaron a encontrarse y por qué se mataron entre sí. Quizás eso era lo de menos….

 

Por la puerta entreabierta del garito llegaban los últimos acordes de una canción que alguien había puesto en la gramola:…..

 

….. la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.. ¡ay Dios….!

 

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Nicole Regez

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