La jauría se desplazaba de pueblo en pueblo. Vagabundeando entre campos y senderos se alimentaban de carroña y desechos que encontraban hurgando en la basura. Eran animales  desarraigados que algún día convivieron con seres humanos y a los que ahora temían. Algunos con motivos por el maltrato sufrido; otros sólo por imitar la conducta de sus compañeros. Rocco, se unió al grupo un día lluvioso de marzo. Entristecido por la muerte de su dueño, el enterrador del pueblo, hacía días que deambulaba por los alrededores sin que nadie se ocupase de él. Después del entierro se tumbó sobre la tierra recién movida, lloriqueando. Bien sabía él que los agujeros excavados por los humanos nunca se abrían y lo que escondían jamás lo recuperaban. Había acompañado a Ernesto en su labor durante cinco años y ayudado con sus patas a socavar el hoyo. Después llegaba gente tras una caja grande y la introducían en el hueco que su amo tapaba echando encima la tierra que habían sacado.  Después de un rato en que el abatimiento le dejó exhausto, pensó que su dueño no podría salir de allí sin su ayuda y no tenía intención de que se quedara allí para siempre. Sobreponiéndose a la tristeza se puso en pie y arañó la tierra con tal fuerza que llegó hasta el cajón en que yacía Ernesto. Rascó y rascó la tapa de madera pero no pudo romperla y menos el candado que cerraba la caja. La sangre de uñas y dientes empapaban la tierra y al final tuvo que desistir de su empeño lanzando al aire aullidos lastimeros. Ante la imposibilidad de recuperar a su querido compañero se marchó cabizbajo y triste, llevando grabado en su cerebro el olor de la muerte que, desde cachorrito, había compartido con él..

Estaba ya al borde de sus fuerzas cuando aparecieron los animales e inició el acercamiento.  En un primer momento tuvo miedo de que no le aceptasen ya que hacía bastante tiempo que no se había relacionado con los de su especie, pero su mirada penetrante se clavó en los ojos del líder. Había súplica y firmeza; tristeza y determinación y lo más importante de todo consciencia y reconocimiento de su adversidad tan parecida a la que él estaba sufriendo. Después de unos cuantos gruñidos y muecas mostrando los dientes;  movimientos sigilosos alrededor del contrario; olfateo mutuos y otras muestras de reconocimiento el jefe del grupo lo aceptó. Su intuición le dijo que aquel compañero no le quitaría el liderazgo ni crearía problemas. La necesidad de caminar acompañado era lo que le había llevado hasta ellos.

 

Pasaron los meses y la manada de perros siguió caminando ajena a los peligros que acechaban a su paso, sobre todo por los pueblos. Al ser vagabundos, algunos humanos les temían por si atacaban rebaños o niños pequeños, aunque esto no sucedió nunca en la jauría de Rocco. Aún así, algunos de sus componentes desaparecieron  dependiendo de diferentes factores: muertes por disparos, peleas con miembros de otros grupos, abandonos de la manada para unirse a otra… algunos hasta se quedaron en los pueblos o granjas donde vecinos humanitarios se hacían cargo de ellos; otros se sentían cansados para continuar el vagabundeo quedándose en cualquier lugar. Estaban también los que reconocían lugares y  se aposentaban en ellos quizá, con la esperanza de ver a un humano que les trató bien y quedarse con él.

Algo de esto le sucedió a Rocco. El lugar por donde estaban pasando le era familiar. Que recordase, nunca había salido del pueblo donde vivía con Ernesto pero algo en el sitio le resultaba conocido, las calles, los edificios, la plaza…. y entonces la vio… Aquella era la casa de su amo. Lo sabía porque él le habló muchas veces de ella y del lugar donde había nacido. Él estuvo una vez cuando era muy pequeño. Sí, se acordaba, aunque de una forma algo borrosa. Su dueño le había contado la historia de cómo le encontró uno de los  días que fue a visitar a su  madre. Estaba abandonado en una caja junto al contenedor de basura y lo recogió medio muerto a causa del calor y la falta de líquido y alimento. Le cuidó y lo convirtió en su compañero. ¡Qué emoción…! Tal vez la madre le reconociese y dejaría que viviese con  ella. Entusiasmado por la perspectiva de un hogar, sin despedirse de los demás, se lanzó a un galope ligero y alegre moviendo cola y orejas… Hacía mucho tiempo que no se sentía tan contento.

Estaba a pocos pasos de  la casa cuando frenó en seco…. ¡No podía ser…! Otra vez no…. Entre las nubes de recuerdos que poblaban su cabeza, el olor conocido martilleó su olfato entre vaharadas de incienso y comida. Algo terrible y amable a la vez que le atraía y al mismo tiempo temía. Pero había convivido con él toda su vida: El aroma de la muerte y supo que en aquel sitio alguien moriría en breve. Le invadió la nostalgia. Se dejó caer junto a la puerta de la casa y esperó.

Al día siguiente el trajín de piernas se deslizaban de forma cansina frente a sus ojos. De vez en cuando levantaba la vista y encontraba caras serias, tristes, ropas oscuras. Escuchó llantos, plegarias, gritos de dolor y vio cómo los humanos llevaban un  cajón enorme y supo que lo enterrarían en un agujero, como hicieron con su dueño y con otros humanos más.

Acompañó a la comitiva hasta el cementerio pero no entró. Se quedó junto a la verja de hierro. Cuando todos se marcharon buscó el montón de tierra fresca y se tumbó encima. Sabía que era inútil cavar para recuperar lo enterrado, ya lo había intentado una vez y no lo consiguió. No llegaba a entender la extraña conducta de las personas. Dejaban cajas en los hoyos que hacían pero nunca volvían a por ellas, a por los seres que había dentro. ¿Les querrían tanto como él había querido a Ernesto…? Seguro que no y quizá les pasase como a él que no podían recuperarlos. Pero sus compañeros guardaban huesos bajo tierra y luego iban a por ellos. Algunas veces él también lo hacía… Extraña conducta la de los humanos….

A pesar de todo, Rocco decidió quedarse en el pueblo. Deambulaba por los alrededores y cada vez que a su olfato llegaba  ese olor peculiar, seguía el rastro y se apostaba junto a la puerta, esperando, hasta que el ritual se completaba. Siempre repetía lo mismo.

Al principio,  a la gente les pareció graciosa la conducta de Rocco, pero después dieron en decir que el perro negro aparecido en el pueblo predecía la muerte.

Comenzaron a murmurar y a temer que se tendiese frente a sus casas ya que, se  había demostrado que cuando se tumbaba frente a la puerta de algún vecino al cabo de un día o dos, alguien de esa casa aparecía muerto. Los más supersticiosos comenzaron a temerle y se apartaban de su camino. Los niños le esquivaban y hasta le tiraban piedras cuando antes le daban de comer.

Un cabrero que venía al pueblo de vez en cuando y no tenía miedo de la muerte, “Tarde o temprano todos tenemos que morir” era su lema, antes de que alguien le soltase una carga de perdigones, le echó un lazo y se lo llevó a su cabaña para que le acompañase a cuidar las cabras. Como lo tenía suelto, Rocco se escapaba cada vez que alguien estaba a punto de fallecer y cumplía su ritual. Después volvía. El hombre lo alimentaba dentro de sus posibilidades y no lo maltrataba por lo que el perro  era feliz.

Un día, Antonio que así se llamaba el pastor, no encontró a Rocco junto a las cabras al abrir el  establo, lo llamó con un par de silbidos, como le tenía acostumbrado y al no venir corriendo pensó que estaría en el pueblo. Algún vecino fallecería en breve. Así fué. Un amigo de infancia había muerto por la noche, pero nadie vio al perro frente a su puerta ni tampoco en su entierro como era habitual. Cuando el cabrero volvía a su cabaña escuchó unos gemidos en una de las zanjas del camino. Se asomó para ver qué pasaba y allí encontró a su Rocco agonizante. Alguien lo había utilizado en una pelea de perros abandonando allí al animal. Cubierto de heridas y maltrecho el perro miró a su dueño con ojos llorosos y suplicantes. Antonio no tuvo otro remedio que matarlo para evitarle sufrimientos ya que no se podía hacer nada por él y allí mismo, lo cubrió de tierra poniendo unas piedras encima  para evitar que los zorros u otros animales lo encontraran.

Al cabo de una semana, pasó junto a la tumba de Rocco y vio que alguien había hecho una cruz con dos palos cruzados. Pegada a ella y con letra infantil había  un letrero que decía: ROCCO TE QUEREMOS. Unas florecillas silvestres se secaban entre las piedras. Al parecer, algunos niños del pueblo, había querido dejar testimonio de lo que sentían por aquel perro negro que apareció en sus vidas un día cualquiera. Aunque a veces les daba miedo su comportamiento ante la muerte, para ellos había sido alguien importante y lo demostraban así.

 

NOTA DE LA AUTORA: Este cuento está basado en una historia real. En un pueblo de Andalucía existe una estatua a un perro negro que predecía la muerte. Lo que yo he expongo aquí es, exclusivamente, una fantasía de mi imaginación.

 

 

 

 

Nicole Regez

Últimos post porNicole Regez (Ver todos)

Deja un comentario