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Había estado lloviendo toda la noche. Genau entró en el garaje y puso su coche en marcha. Se tardaba unos veinte minutos desde su casa al polígono donde se ubicaba la empresa de transportes en la que trabajaba. El agua caía de plano sobre el cristal y los limpiaparabrisas no dAban a basto. Odiaba la lluvia, sobre todo si tenía que conducir y le quedaba todo el día por delante. Por suerte no había tenido que hacerlo de noche, el turno le tocaba a su amigo Juanjo. Seguro que estaría en el almacén cuando él llegase y podrían tomarse un café juntos antes de iniciar la jornada. Los faros de los vehículos que venían en dirección contraria hacían que la luz se reflejase en la lluvia formando un muro luminoso que dificultaba la circulación. De todas formas, él se sentía más seguro a bordo de su camión que en el coche. Éste le parecía un cascarón de nuez con ruedas a merced de los elementos. El trailer era otra cosa. Le inspiraba confianza, seguridad.

Aparcó no lejos de la cafetería y del almacén. Todavía era temprano y había poco movimiento. Esperaría a Juanjo dentro. Salió del coche cubriéndose con el anorak y cruzó la puerta del bar dirigiéndose hacia la barra. A mitad de camino se paró en seco y su cara se convirtió en un semáforo. Su cabeza pensó con rapidez: “Otra vez me he colado  en el puticlub…”  No era la primera vez que le pasaba. Se volteó hacia la puerta para salir de allí, cuando la melosa voz de la camarera le sorprendió llamándole por su nombre y ofreciéndole el colacao con magdalenas que siempre solía tomar. Genau miró a su alrededor y comprobó que no se había equivocado. Estaba en el bar donde desayunaba a diario y donde se reunía con su amigo, aunque la exuberante mujer que se encontraba tras la barra le era totalmente desconocida. Él no se consideraba un adonis, más bien se definía como “uno del montón”, por lo que siempre pensó que las mujeres atractivas nunca se tomarían la molestia de fijarse en él. Secretamente deseaba que alguna lo hiciese, pero eso formaba parte de sus fantasías, sus sueños. Los clientes le miraron con curiosidad y enrojeció. Era bastante tímido y no soportaba bien ser el centro de atención. Quería desaparecer, pero sus pies no se dirigieron hacia la puerta sino que, cobrando vida propia, se encaminaron hacia la barra. Sin casi saber cómo, se encontró sentado en una banqueta aceptando el colacao que la chica le ofrecía con una sonrisa pícara bailando en sus ojos. Ella se inclinó hacia delante apoyando sobre el mostrador sus enormes y turgentes pechos que amenazaban con salir por el escote del ajustado minivestido. Los labios de la chica rozaron los suyos, mientras susurraba lo fantástico que había sido el fin de semana y añadía algún dato escabroso que hizo subir la fiebre del hombre un poco más. A Genau ya no le quedaba ningún sitio en su cuerpo que pudiese enrojecer, pero sí que aumentase de tamaño. Un reguero de hormigas frenéticas comenzaron a bailarle en la boca del estómago, dirigiéndose luego, raudas, hacia su entrepierna en una orgía de movimientos que tuvo un efecto fulminante sobre la tela de sus vaqueros. Estos comprimieron, dolorosamente, la parte más sensible de su anatomía que se había desmadrado mirando aquellos globos a punto de echar a volar. La chica, consciente del efecto que había causado en el hombre, se volteó hacia la caja registradora e hizo como que recogía algo bajo la cafetera. Sus largas piernas, cubiertas por unos pantys negros transparentes, se mostraron a los desorbitados ojos de Genau que quedó con la boca abierta y la magdalena chorreando el colacao fuera de la taza. No solo eran las piernas, el ajustado minivestido dejaba también al descubierto el principio de un redondeado trasero cubierto únicamente por el panty. Al hombre comenzó a darle vueltas la cabeza y a punto estaba de saltar el mostrador para aliviar la tensión que amenazaba con estallar en los pantalones, cuando un desagradable pitido se incrustó en sus oídos….. pipipi…. pipipi…. pipipi….

Desde algún lugar lejano, junto con el insistente pitido le llegó la voz de su mujer acompañado de un codazo en las costillas

_¡ Despierta ya Genau que llegas tarde al trabajo..! ¡Y apaga el despertador…!

_¡Maldita sea…! – dijo saltando de la cama mientras restregaba sus ojos – ¡Siempre me quedo en lo mejor!

_¿Qué dices…?

_ Nada, mujer, nada…. ¡Vaya costumbre tienes de golpearme para que despierte…! Anda, sigue durmiendo….que yo iré a ganar los cuartos para todos…! ¡Vaya vida de perros…!

Nicole Regez

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