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Llegué al aeropuerto con el tiempo justo para tomar el avión. Por los altavoces se  escuchaba perentoria una voz impersonal:

«Último aviso para la Sra. Ana Concepción Gutiérrez,  diríjase urgentemente hacia la puerta de embarque número veintitrés. El vuelo con destino  Barcelona va a efectuar su salida en unos minutos»

Como una exhalación me dirigí hacia la  puerta que habían anunciado por el megáfono y volé por el pasillo metálico haciendo  repiquetear mis tacones casi al ritmo de mi corazón.  Una azafata con sonrisa de  circunstancias me recibió.

– Buenas tardes Sra. Gutiérrez, sígame por favor hasta su  asiento, estamos a punto de despegar –.

Tras de mí escuché el ruido de la puerta del avión al cerrarse y por una de las ventanillas  pude distinguir como se iniciaba la retirada de la plataforma de embarque. Caminaba tras la azafata hasta mi asiento cuando al ir a ocuparlo le vi. Tenía sus ojos clavados en mí con la misma sorpresa que debían mostrar los mios. Me dio un vuelco el corazón y a punto estuve de sentarme sobre mi compañero de viaje. Balbuceé una disculpa y ocupe mi lugar junto a al joven que había atropellado tan impunemente en mi desconcierto. Me dejé caer sobre el asiento contenta de perder de vista al hombre que tanto daño me hizo en el pasado. Até  el cinturón de seguridad siguiendo las indicaciones del  azafato que, en el centro del pasillo, hacía gestos con los brazos mientras la voz de su compañera, indicaba por megafonía qué hacer en caso de emergencia. Cerré los ojos para relajarme y recuperar el aliento ante aquella inesperada sorpresa.

El avión comenzó a deslizarse por la pista y me santigüé con disimulo. El despegue y el aterrizaje eran las maniobras más peligrosas, siempre lo he pensado y eso hace que aumente mi tensión cuando se realizan. No me acabo de acostumbrar a sentirme transportada por el aire sin ningún dominio de la situación, a esa sensación de desamparo que me invade frente a cualquier contingencia que pudiese surgir. Me pasa igual cuando viajo en barco, el verme rodeada de agua por todas partes sin posibilidad de salir del pequeño cascarón de nuez que es un buque por muy grande que sea, ante la inmensidad del océano.  Cuánto más mayor voy siendo, peor. Decididamente, no se puede negar que soy terrícola. La voz del comandante dándonos la bienvenida y los datos del vuelo, al mismo tiempo que nos deseaba un buen viaje, me dio la señal de abrir los ojos y mirar por la ventanilla. Habíamos alcanzado y superado el techo de las nubes. Un enorme colchón de copos algodonosos parecía sujetarnos dejando que nos deslizásemos suavemente bajo el azul intenso y brillante del cielo. Ante esta visión, el miedo a volar quedó colapsado mientras mis ojos recorrían el paisaje que se extendía bajo nuestros pies. Mi mente volvió a Julián y al día que le vi por última vez…

«¿Cuántos años habían pasado?»

– Casi treinta… –.

Al principio no me di cuenta. Pensé que había sido un truco de mi mente pero, al mismo tiempo su perfume reconocible y olvidado inundó mis fosas nasales. Abrí los ojos sobresaltada.

– Casi treinta años que no nos vemos Ana, ¿cómo  estás?–

Me volví hacia el asiento que ocupaba mi acompañante desconcertada

–¿Dónde está el joven….?–

– Espero que no te moleste, le pedí que cambiara de sitio para hablar contigo pero, si te molesta… –.

Hizo ademán de levantarse aunque no, con la intención de irse.

– Creo que no tenemos nada de qué hablar – dije con más vehemencia de la que esperaba – me dejaste muy claro que ni yo ni tus hijos te importábamos mucho cuando te marchaste –.

– Tienes razón pero…. pensé que ya no me guardarías rencor… ¡Ha pasado tanto tiempo…!

Miré hacia la ventanilla. Las nubes se habían disipado y el damero multicolor del paisaje se extendía bajo nuestros pies. Me pregunté:

«¿Le guardaba rencor? En realidad no. No sentía nada, ni rencor ni odio. Habían pasado tantos años y tantas cosas que ya no pensaba en él. Sólo a veces, cuando mis niños eran pequeños, le odié por no estar con ellos ni ayudarme en su educación. Después, dejó de importarme lo que se estaba perdiendo, y luego tuve pena por lo que todavía le quedaba por perder. Yo me sentía orgullosa y feliz por cómo eran y lo que habían llegado a conseguir con mucho esfuerzo y sin su ayuda. Nunca les hablé mal de su padre y ellos, ante su indiferencia, tampoco tenían necesidad de verle… Ya no».

Me gire para mirarle a los ojos

– No… no te guardo rencor, sólo me gustaría saber porqué lo hiciste…

Sus ojos se quedaron fijos en los míos pero no me miraban. Se encogió de hombros.

– ¿Cómo están. …? – preguntó.

Ni siquiera me molesté en contestarle. Volví a mirar por la ventanilla. Estábamos llegando a Barcelona y la azafata solicitaba por megafonía que nos atásemos el cinturón de seguridad. En el aeropuerto me esperaba mi hijo para llevarme a casa junto a su mujer y mis nietos. Pasaríamos unos días juntos. El hombre que estaba sentado a mi lado era un perfecto desconocido para ellos…. y para mí.

Nicole Regez

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