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INVIERNO
Al sentir que se acercaba el final, que su invierno estaba cada vez más cerca, que llegaría ese frío intenso que lo congelaría todo por última vez, despertó. Esa vez no iba a invernar, no haría acopio de provisiones para pasar el invierno en espera de que el bosque volviera a florecer. Estaba decidido a dejar de lado un letargo al que se había dejado arrastrar sin oponer resistencia. Sus ojos hasta ahora apesadumbrados por la somnolencia se abrieron a un mundo en el que había vivido hasta ahora pero que desconocía por completo. Comenzó a ver la vida como nunca antes la había visto. Dejó de observar cada mañana con el hastío de verse inmerso en la ruleta de la cotidianidad. Ya no le aburría ver las mismas caras en el trayecto al trabajo. Eran los mismo rostros pero con expresiones diferentes. Dejaron de ser imágenes de seres que deambulaban y encontraba a su paso en su ir y venir por las calles, que no despertaban en él ningún tipo de interés. Comenzó a observar y descubrió algo de lo que nunca antes se había percatado, se dio cuenta de las historias que había detrás de aquellos rostros que un tiempo atrás le parecían vacíos. Miradas llenas de tristeza, sonrisas que ocultaban un dolor que sólo anidaba en lo más profundo de un corazón, que pese a estar hecho añicos, se reconstruía en una sonrisa para dar los buenos días. Rostros llenos de vida que reflejaban en su mirada la alegría de estar vivos y el placer de poder disfrutar de la caricia de la brisa gélida de la mañana. Cada día el cielo mostraba su belleza, no importaba que estuviera vestido de gris o con sus mejores galas de azules intensos, lucía bello igualmente. Sus tonos grises y oscuros eran tan bellos como los días en que lucía limpio y coronado por el astro rey. Los edificios mostraban sus matices al ser bañados por el sol, que, a medida que ascendía para coronar el cielo, lo iba tiñendo todo con las tonalidades del arco iris. Ya no maldecía cuando llovía, ahora, se paraba bajo la lluvia permitiendo que esta, acariciara su rostro mientras observaba como los árboles, agradecidos, agitaban sus copas al son de la brisa que la acompañaba. De pronto fue como si hubiese recuperado el apetito por la vida. Cerró los ojos y se limitó a degustar y disfrutar de ella como cuando lo hacía con su plato favorito, permitiendo que inundara su paladar y sus sentidos con su olor y su sabor. Sabía que el invierno estaba cerca, pero estaba dispuesto a disfrutar cada segundo antes de que los árboles quedaran totalmente desnudos en espera de ser cubiertos por el manto frío de la nieve.
Allí, frente al espejo se dijo cuanto se amaba, se dijo lo afortunado que había sido, y se hizo una promesa. Se dijo que aunque se le acababa el tiempo, si había una próxima vez amaría más, sentiría más y saborearía más la vida. Se dio cuenta de que había pasado media vida con la cabeza baja y en silencio. Que el miedo había sido el protagonista impidiéndole avanzar y decir lo que sentía. Se dio cuenta que la mayor parte del tiempo se la había pasado complaciendo a los demás. Que no es lo mismo querer que amar, porque quien ama ofrece actos de amor sin esperar nada a cambio, porque quien ama no manipula, simplemente permite y te recuerda, que hagas lo que hagas, siempre estará ahí incondicionalmente. Porque el amor no se mide, no se estira, no se fracciona, no se mendiga, simplemente se ofrece. Se dio cuenta de que la única forma de recibir es dando, descubrió que la vida se trata de algo más que obtener bienes materiales, que lo único real es el amor que das y que recibes, lo demás no existe. Porque si tu objetivo es amar, todo lo que te rodea simplemente desaparece.

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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Comments

  1. Bego, este texto me ha encandilado. Por un lado, la narrativa maravillosa con la buena idea de escribirlo como una narración y no como un consejo. Y por otro, señalarnos algo que debemos recordarnos cada día, antes que la rutina se nos coma y el egocentrismo natural nos enajene.
    Gracias por recordarlo.

     

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