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Hacía mucho tiempo que no sucedía, pero está noche pasó, alrededor de las dos de la madrugada una llamada me sacó de la cama, y con ello del gozoso letargo que estaba disfrutando. Una voz femenina, dulcemente despierta me alertó de un salto de la alarma en nuestra casa de campo. Una herencia de mis suegros, una casoplón exageradamente enorme, con muchísimo terreno dotado de un arbolado gigantesco y una colección variopinta de vegetación digna del mejor de los museos botánicos, y de la naturaleza salvaje que campa a sus anchas ante la ausencia durante años de jardinero.
Al decirle a mi mujer lo que sucedía, sin abrir los ojos me dijo — Pues ves a ver que pasa, cuanto antes vayas antes vuelves. Después de veinte años casado aún me sorprende y me deja sin palabras su capacidad de esquivar las molestias y echármelas encima. En fin, me puse el chándal nuevo que compramos el domingo en el mercadillo de Canovelles, que es como el Ikea pero al descubierto, dicen que Pedro Duque desde el espacio puede ver el mar de plata de Almería, y los domingos el mencionado mercadillo, de él sabes cuando entras pero nunca cuando sales, lo que si es seguro que de los brazos me colgarán un montón de bolsas y un pollo a´alast para comer, dado que la “mañana” se complicó y no daba tiempo hacer la comida. Saliendo de la Roca del Vallès serpentea la carretera hacia el alto de Parpers, cuando éramos niños para ir a la playa que está en la comarca del Maresme era la única vía, en esos tiempos estaba muy transitada e incluso disponía de una gasolinera con un restaurante muy concurrido, aunque de unos años hacía aquí, desde que abrieron el túnel que une las comarcas del Vallès Oriental con el Maresme, en la carretera sólo quedan unas cuantas casas dispersas, construcciones pretenciosas de principios de la década de los setenta, una de ellas la de mis suegros que en paz descansen.
Tres curvas más adelante a la derecha está la entrada de la casa, la carretera de su poco uso y menos mantenimiento se la está comiendo literalmente la naturaleza, de la gasolinera y el restaurante sólo queda la estructura y los carteles medio borrados por el paso del tiempo, reporta una imagen tétrica iluminada bajo la luna llena, los arboles que dibujan el bamboleo de la calzada son auténticos gigantes que abrazan con sus copas un lado y el otro, dejando pasar exiguos rayos de luz a través del pasillo de húmedo verdor. Giró en seco el coche y lo dejo de frente a la puerta de reja de dos hojas con las luces de cruce puestas. Al salir con el mando a distancia de la puerta, las llaves de la casa y la linterna en la mano izquierda, me heló el silencio atronador del bosque. Pulse el mando y chirriando se abrieron las dos hojas a la vez, a cada paso, subiendo el camino hacía la casa las luces del vehículo se alejaban paulatinamente de mí, y la tenue iluminación lunar se estaba convirtiendo en el mejor aliado de la susceptibilidad que invadía gradualmente el ritmo cardiaco, la respiración y la flojera de piernas, cada vez que una nube se movía, dibujaba diferentes figuras en los mil recovecos que me acompañan en la senda.
Ya en la casa, desde fuera se intuía que se había ido la luz, ya que el farolillo que dejábamos siempre encendido estaba apagado. Decidí entrar por el garaje que daba a una escalera de servicio que a la vez conectaba con la planta principal de la laberíntica casa, la linterna en la boca, dos vueltas a la llave en la cerradura y un tirón fuerte hacia arriba de la persiana metálica, y ya estaba dentro, alumbrando el hueco de la escalera subí al primer piso, todas las persianas cerradas, olor a rancia humedad y figuras fantasmagóricas de muebles tapados con sabanas no me ayudaban a disminuir el miedo que me calaba hasta los huesos. Inspeccionando la alcoba de matrimonio, de pronto me quedé paralizado, tenso como la cuerda de una guitarra, por unos segundos eternos deje de respirar, el silencio se había hecho añicos con el fuertísimo volumen de la antigua radio de la cocina al conectarse, la música me ensordecía mientras conseguí moverme torpemente hasta allí y apagarla. — Creo que es hora de irse, — me dije muy seriamente.
El paso acelerado se transformó en salir a la carrera cuando se volvió a encender la radio, esta vez con un locutor que chillaba a mi espalda, bajé la escalera resbalando con las plantas de los pies por los cantos de los escalones. Una vez fuera de la casa, parado con la cabeza agachada, con la mirada y las manos en las rodillas intentaba recuperar la calma. Aun hiperventilando noté una presencia a mí lado derecho, el sudor resbalaba por las palpitantes sienes, giré poco a poco la vista y vi un gato subido al poyete del jardín, estaba quieto mirándome fijamente, una mirada fría y segura que contrastaba con la mía llena de pánico, al observar más atentamente al felino vi que en las dos patas delanteras no tenía piel, ni carne, sólo eran los huesos con algunos tendones colgando, no se quejaba, no le dolía, con aire de superioridad sólo me miraba. Volví a correr hacía el coche, pero a los pocos pasos venían de frente cuatro seres con unas túnicas negras desgastadas, con las capuchas puestas, y no se les veía rostro alguno, ni tampoco manos o pies, pensé media vuelta y a correr, cuanto más corría menos avanzaba, arañaba la tierra con los pies, levantaba el polvo del suelo, pero no me moví ni un centímetro. Ellos avanzaban hacía mi inexorablemente y el gato parecía medio sonreír ante mi esfuerzo en vano, echando el cuerpo hacia delante me deje caer vencido, gimoteaba cuando las rigideces de las túnicas me rozaban el cuerpo, no tenían manos, pero me sujetaban, no tenían rostro, pero hablaban en un idioma irreconocible con un tono típico de películas de ultratumba, llegó un momento que el pavor hizo que perdiera el conocimiento.
Abrí los ojos y el sol había salido ya, me iluminaba y caldeaba los temblores, me dolía todo el cuerpo, noté algo húmedo que resbalaba por mi frente, me toque y era sangre, me gire y vi al gato que lamia tiernamente mi herida, parecía otro gato, su expresión se había tornado cariñosa y sus patas estaban bien, aturdido medio me incorpore, y tenía los pies dentro del garaje y el cuerpo fuera. Entonces lo entendí todo, con las prisas abrí la persiana metálica pero no lo suficiente y al entrar a toda velocidad topé con el canto de la misma cayendo y perdiendo el conocimiento, ¡Nunca llegué a estar dentro de la casa! Cerré todo, acaricié al minino un momento, me subí en el coche y volví a casa. Mi mujer aún estaba en la cama, al verme prendió la luz y me dijo sin mucho alarmismo —¿Qué te ha pasado? — No me dejó contestar, me quedé dormido escuchándola. — Mira que eres desastre, toda la noche por ahí, el chándal nuevo parece ya viejo, voy a buscar algodón y betadine para curarte eso de la frente, ¡Qué desastre de hombre! ¡Qué desastre!…

Jordi Rosiñol Lorenzo

Nacido en Barcelona, catalán al cincuenta por ciento y por igual de orígenes murcianos. Desde la emigración forzada por la necesidad tras la Guerra Civil, soy el primer retornado de mi familia al mencionado origen. Autor: «Nunca pinto sueños o pesadillas. Pinto mi propia realidad» Frida Kahlo — premio con el relato «Urgencia humanitaria» en el I Concurso de Microrrelatos Navidad 2017 de Molina de Segura. — Finalista con el relato «Hipocresía» en el I Premio Espacio Ulises 2017. — Seleccionado con el relato «El cine de las sábanas blancas» en la antología de relatos «Ulises en el festival de Cannes» Playa de Ákaba 2017. — Seleccionado con el relato «La ventana a la libertad» en la antología «Cosas que nos importan» Playa de Ákaba 2017. — Seleccionado con el relato «La batuta mágica» en la antología «Las 7 notas musicales» Defoto libros 2017. — Columnista habitual desde 2015 en «Periodista Digital» dirigido por Alfonso Rojo. Anteriormente colaborador con opinión en «Crónica Global» y diversos medios regionales y locales. — Articulista de opinión en el Semanal Digital dirigido Antonio R Naranjo.

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