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Aquella majestuosa e imponente casa la había visto nacer un 15 de diciembre, en un frío día de invierno en que el velo negro que formaban las nubes que cubrían el pueblo, se había rasgado por un momento para permitir el paso de un rayo de luz que había llegado en forma de bebé. Bucles dorados adornaban la redondez de una carita iluminada por un pedacito de cielo que daba color a sus pequeños pero luminosos ojos. Una infancia maravillosa correteando tras las mariposas que revoloteaban entre las flores de un jardín que, en primavera, vestía sus mejores galas, y una juventud a caballo entre el pueblo y la gran ciudad, la habían convertido en parte de ella. Mientras observaba la lluvia a través del cristal recibió una llamada, no quería, pero había llegado el momento. Su nuevo trabajo la obligaba a trasladarse a otra ciudad, así que, para que la casa no se estropeara por la falta de uso, tenía que alquilarla. Su futura inquilina llegaría a las cinco de la tarde para verla y si así lo decidían, formalizar las condiciones del contrato. Mientras colocaba las flores recién cortadas en la mesa de la cocina, una corriente de aire frío se coló por la ventana agitando con fuerza la cortina y tirando el jarrón al suelo.
-¡Vaya faena!-pensó mientras recogía los cristales- tendré que subir al desván a por otro jarrón.
Las escaleras que conducían hacia el desván se quejaban a cada paso que daba Marta, chirriando cada vez con más fuerza. Cuando llegó arriba, la puerta estaba entreabierta, en lugar de cerrada como de costumbre. Se afanó en buscar un jarrón, tenía que encontrar alguno apropiado para sustituir al que se había roto. Sabía que su madre habría guardado alguno de los de su abuela. Encendió la luz, y se dirigió hacia un baúl de madera desgastado por el paso de los años, donde se guardaban los tesoros de la familia. Cuando levantó la tapa, la luz comenzó a fallar con parpadeos intermitentes que le impedían encontrar lo que buscaba. De pronto se quedó a oscuras en un habitáculo en el que, el único haz de luz que entraba, lo hacía desde las escaleras a través de la puerta. Una puerta que permanecía entreabierta hasta que cerró de un portazo.
-¿Ahora qué hago? Tendré que bajar a por una linterna.
Mientras caminaba a tientas hacia la salida, algo rozó su pierna haciendo que un escalofrío recorriera todo su cuerpo. Inmersa en la oscuridad del desván, lo único que se oía era su respiración, una respiración que se agitaba al sentir nuevamente que algo volvía a rozarla. Su corazón aumentó el ritmo al compás de una respiración que cada vez era más rápida. El sonido lejano del timbre la hizo reaccionar acercándose a la puerta como pudo. La abrió y envuelta en un sudor frío, bajó las escaleras a toda prisa. Por el pasillo intentaba recomponer su respiración al mismo tiempo que se arreglaba el pelo antes de abrir la puerta. El siguiente timbrazo hizo que Marta sin mirar por donde iba, apresurara el paso hasta llegar a la entrada. Un maullido escapaba al mismo tiempo que la abría para recibir a su futura inquilina.

Photo by Gabriel Fr

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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