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LAMENTO

Siempre ofreciendo lo mejor de sí, sin pretender otra cosa que dar, por el placer y el amor que sentía al ver a sus hijos disfrutar. Daba a manos llenas, les brindaba lo mejor de ella, aún a expensas de quedar exhausta. Les regalaba toda su belleza, sus bondades, su esplendor, su dulzura..
Ellos disfrutaban y tomaban todo cuanto se les antojaba, sin miramientos. Con el egoísmo propio de un niño que agarra entre sus manos un juguete que, aunque no le pertenece, hace suyo.
Mientras, ella los observaba pacientemente con la ternura de una madre cuando ve sonreír a su hijo cuando chapotea en un charco. Siempre pendiente de todos y cada uno de ellos, aunque le hicieran daño, aunque a veces atentaran contra ella. A pesar de que acabaran provocándole un dolor profundo, a veces irreparable, les seguía amando. Su amor era tan grande que soportaba cualquier cosa, del mismo modo que una madre soporta que su bebé sentado en su regazo le dé tirones en el cabello.
Les observaba, veía con dolor cómo sus ansias de poder hacían que tomaran de ella sin medida, olvidando por completo tratarla con amor y respeto. Soportaba que la ultrajaran, que la mancillaran, que la trataran con desprecio, olvidándose del amor que ella les tenía y que ellos también sentían cuando eran pequeños. Su avaricia les hizo ignorar que la necesitaban, que sin ella no podrían vivir, pero sólo tenían un objetivo y era poseer.
Su dolor aumentaba al contemplar la diferencia entre sus hijos, una desigualdad que para ella no existía, pues eran todos semejantes. Veía cómo entre hermanos se atacaban con saña, con el desdén de estar unos por encima de otros.
“Pobres hijos míos” pensaba.
Al mirarles reconocía con dolor que sus hijos, aquellas inocentes criaturas llenas de bondad, ya no eran los mismos, y estaban completamente ciegos. Eran incapaces de ver una realidad que había quedado oculta detrás de sus pretensiones.
Amanecía, el sol comenzaba a mostrar su belleza. Los haces de luz jugueteaban con unas nubes que se resistían a permitirles el paso. Se respiraba una tensa calma en la que apenas los pájaros se atrevían a despertar el día con su alegre trinar. Solo silencio, y una tranquilidad que no tardó en ser perturbada.
Entonces la tierra se abrió y gimió. Su lamento era tan profundo que se oyó a lo lejos. Ese dolor intenso fue expresado en largas lenguas de fuego cargadas de la impotencia y desconsuelo por no ser escuchada. Se rasgó dejando que de sus entrañas surgiera el fuego candente de ese amor que latía en su interior, un amor que ofreció sin medida pero que no supieron apreciar. Un amor que no podía permitir que siguieran destruyéndola y destruyéndose. Un amor tan grande que tenía que ser expresado de tal forma que ellos entendieran y fueran capaces de ver lo que estaban haciendo.

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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