Tenía miedo. Verdadero pánico. No lo podía evitar. Siendo tan joven y frágil, de educación refinada y de buena posición, nunca había conocido lo que significaba sentir necesidad. Vivía envuelta en la seguridad de un cálido hogar, bajo la guarda de unos padres amorosos y protectores. Podía permitirse más que muchos de sus semejantes. Rodeada de lujos innecesarios y muy gratificantes de los que podía presumir ante amistades y conocidos. La gran ciudad que la acogía le ofrecía tanta diversión y entretenimiento que ni sabía cómo había llegado a esta encrucijada. Inteligente y con esa belleza sencilla de la juventud que la hacían más hermosa, más sublime. Había hecho la maleta con el corazón en un puño, aun sus latidos le parecía que resonaban en su majestuosa habitación pintada de rosa pálido, impoluta y ordenada hasta la obsesión. Sintió como se estremecía, desconocer qué se encontraría al otro lado la inquietaba hasta agitar su respiración ante lo desconocido. Sus pequeñas manos estaban fuera de control y las apretaba contra su cuerpo en un esfuerzo de que cesaran de temblar. Tenía el billete a punto y el minúsculo equipaje de mano con lo justo y esencial. Las maletas que había facturado llevaban menos peso del permitido y eso le indicaba que no gustaría de sus múltiples prendas y accesorios de los que estaba tan acostumbrada. El aeropuerto, inmenso como su nerviosismo, le producía una sensación de vértigo e inseguridad que nunca antes había experimentado. Su destino en otro continente, su mente repleta de incógnitas y el estómago encogido por su gran inquietud, no fueron impedimentos para la resolución que tomó de viajar como cooperante. Su decisión estaba tomada, la lucha contra sus propias aprensiones la llevaron a vencer a aquellos terrores que guardaba escondidos y se lanzó a la aventura de colaborar para ayudar a la infancia en riesgo.

-Sé que no puedo salvar a todo el mundo, pero si puedo tocar una vida habrá merecido la pena. Y seguro que en mi caminar podré alcanzar a más de una. Eso me alienta. –se dijo a sí misma y tomó aquel avión que la llevaría tan lejos de su seguridad conocida.

Mati

Mi titulación como mi vida es rara. Soy correctora, que no perfecta. Espécimen difícil de clasificar. Saltimbanqui sin fronteras. Habilidades, las justas para sobrevivir. Mis gustos están alineados con mi alienación. Me irritan las sensiblerías y aborrezco la indiferencia. Soy el silencio pero siempre hay una canción en mi vida. No soporto ver la tristeza en los demás, prefiero cargarla yo. De manos pequeñas pero solidarias. Apariencia frágil, convicciones firmes. Introspectiva de ojos grandes que miran hacia afuera. Más oidora que habladora. Y más que otra cosa, amo amar.

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