El otro día estaba tomándome un café en una terraza. Un día de sol espléndido, una zona peatonal y tranquila. Saqué mi bolígrafo para escribir un rato. Esto es para mí la definición de felicidad. En esto que llegaron un grupo de personas mayores. Las señoras apartadas a un lado, sin parar de hablar. Sobre todo una señora muy maleducada, vestida con una especie de delantal, y dotada de un afán de protagonismo desmesurado que no permitía intervenir a nadie más. Era algo así como la anciana líder del grupo. Los señores al otro lado, con cara de resignación, ya que las damas hablaban tan alto que ni juntándose entre ellos podías evadirse del parloteo de sus mujeres. En un momento de la conversación, la jubilada líder comenzó a explicar cómo le había tenido que poner los puntos sobre las íes a su nuera, quien, en su opinión, pretendía meterse demasiado en la vida de su hijo, y allí estaba su señora madre, que tenía muchos “remangos” para impedírselo. Y la señora, que parecía estar dando la explicación para que le quedase advertido a todo aquel que estuviese cruzando la plaza en ese momento, nos contó que le dijo a su nuera, a la que desde aquí aprovecho para mandar mi mensaje de solidaridad:

-Oye, nuera. Te estás metiendo en camisa de once varas.

Su marido debía de ser uno que estaba con las manos apoyadas en su bastón, y que por fin, no lo pudo aguantar.

-¡Pero Paca, cómo es posible! ¡Qué sabrás tú lo que es meterse en camisa de once varas! Si te estás metiendo en la vida de un matrimonio. ¡Déjales ya, mujer!

-¡Claro que sé lo que significa meterse en camisa de once varas! ¡Lo que estás haciendo ahora mismo! ¡Tú a callar, que los hombres no entienden nada!

Total: que al parecer se metían en camisa de once varas, la nuera, su suegra y hasta su marido. Y yo también, aunque involuntariamente, que ya me sentía un miembro más de aquella desagradable tertulia. Me apunto para otro día buscar la etimología de la palabra arpía, palabra un poco misógina seguramente.

“Meterse en camisa de once varas” es una frase cuyo origen es medieval, casi como la señora ésta de la que estábamos hablando. Al parecer, cuando había una adopción, normalmente por parte de algún religioso, era tradición una ceremonia en la que el padre adoptante, metía al bebé por la manga de una camisa muy amplia, y lo sacaba por el cuello de la camisa. Como si fuera un nuevo nacimiento. Muchas veces las adopciones no salían bien, sobre todo cuando se adoptaban niños o niñas creciditos o incluso adultos. Se metía uno en la camisa (quizás no de once varas) y salía en una casa que no era la suya…

Esta especie de rito era más o menos parecido en otros países, desde Portugal hasta Turquía generando similares expresiones, que significan aproximadamente meterse uno en asuntos en los que no tiene por qué entrar. Una vara era un patrón o medida algo más corto que el metro actual.

No podemos recomendar al hijo y la nuera que sacudan con las once varas las posaderas de la suegra, porque no somos partidarios de la violencia y sería además políticamente muy incorrecto. Con la familia, solo cabe contemporizar o salir huyendo.

Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí: Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.

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