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Algunas personas te pueden tomar por pedante solo porque te gusta comunicar a otros lo que sabes. Parece que lo que mejor queda últimamente es dar muestra de ignorancia. Según para quién, claro está.

Según la Real Academia de la Lengua Española pedante es alguien engreído que alardea de conocimientos de modo inoportuno.

Veréis: antiguamente era muy normal que hubiera “maestros a domicilio”. Ahora se llamarían Teleprofe o algo así (dominio de internet que me acabo de registrar) y te los mandarían a casa en Vespino, como las pizzas. Pero en aquella época no. Por tanto, no era nada malo ser pedante, sino todo lo contrario. Los maestros eran muy respetados.

La palabra pedante unos la atribuyen a su relación con PAEDAGOGUS, pedagogo. Y otros con PEDIS, pie, ya que acompañaban a pasear a los niños por la calle mientras les enseñaban. Sabido es que muchas palabras relacionadas con niños, como pediatría, tienen también una raíz de parecido sonido.

La palabra pedante nació en Italia y se extendió por Francia y España. Adquiere connotaciones negativas por el hecho de que supuestamente estos maestros trataban de demostrar su capacidad y conocimientos, y competían entre ellos, de modo que lo de comportarse como un pedante es hacer como hacían aquellos tutores o maestros domiciliarios.

Abundando en lo dicho, en 1473, en una localidad cercana a… Bueno, mejor será que no me ponga pedante.Photo by Internet Archive Book Images

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
Enrique Brossa

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