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La palabra griega margaron significa exactamente perla. De esta palabra vienen palabras como por ejemplo, margarina, dado que este producto, un poco parecido a la mantequilla pero de origen completamente distinto, tiene un tono nacarado o perlado.

Cuando decimos que algo es dar margaritas a los cerdos, damos a entender que estamos empleando algo para dárselo a quien que no lo sabe apreciar o no lo merece. O también que algo es un desperdicio. Pero en realidad todo procede de una traducción equivocada del evangelio según San Mateo. La frase debió traducirse como dar perlas a los cerdos, pero el sentido no se modificaba demasiado y nadie se dio cuenta, de modo que la frase se popularizó. Hasta el punto de que si dices en una reunión que no hay que dar perlas a los cerdos, seguramente todos te intentarán corregir diciendo que la frase es con margaritas. Pues ahora tú podrás presumir y decir: no señor, son perlas.

Y es que todos sabemos poco, pero corregimos mucho.

Photo by lucaskuriger

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
Enrique Brossa

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