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Es frecuente oír que alguien está con la mosca detrás de la oreja. Como siempre ocurre, repetimos expresiones cuyo origen desconocemos y por lo tanto no sabemos exactamente lo que significan. En muchas ocasiones esto se emplea como sinónimo de estar mosqueado.  Sin embargo no tiene nada que ver ni con esa expresión ni con ningún insecto que pueda molestarnos.

Estar con la mosca detrás de la oreja es sinónimo de estar atento y preparado para actuar. Cuando hay una situación en la que algo podría salir de modo inesperado e inconveniente, estamos con la mosca detrás de la oreja, sin distraernos respecto de ese tema.

6304182223_852e37b1a2_arcabuzPara entender la frase tenemos que retrotraernos a los tiempos del arcabuz. Si buscas algo sobre el arcabuz en Google encontrarás esta descripción: arma de fuego antigua, parecida a un fusil, que se disparaba prendiendo la pólvora mediante una mecha móvil. Era muy común entre los soldados de infantería europeos en los siglos XV, XVI Y XVII. Permitía hacer un orificio en una armadura enemiga situada a menos de 50 metros, lo que, en aquella época, le convertía en un arma realmente poderosa, y por eso sustituyó a la ballesta.

A la mecha del arcabuz en España se le llamaba la mosca. El arcabucero o mosquetero, se ponía en la oreja la mecha para no tener que sacarla de ningún saquito en un momento de necesidad acuciante de disparar. ¿No habéis visto nunca un carpintero con un lápiz en la oreja? Pues así lo hacían con la mecha o mosca. En ese momento, con la mosca colocada detrás de la oreja, estaban preparados para cualquier eventualidad, porque solo tenían que quitarse la mosca de detrás de la oreja, arreglárselas para encender la mecha y disparar. Esto ahora nos parecería absurdo, porque en eso de matar… hay que reconocer que hemos progresado mucho.

Photo by MAURO CATEB  Photo by Jose Casielles

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
Enrique Brossa

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