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Hola, queridos amigos. Quería deciros que he decidido poner una articulito semanal acerca de etimologías. Hay cosas sorprendentes e interesantes en el origen y la evolución de las palabras. Empecemos:

El Demonio Rojo_800Meter la Pata
Eso de meter la pata suena a pisar donde no se debe, como un animal, con una pata. Pues no. Meter la pata es una expresión que procede de ‘mentar a Pateta’, y Pateta es el diablo. Puede encontrarse este término en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Mencionar al diablo, o mentar a Pateta se supone que daba mala suerte. La frase se hizo muy popular y se fue deformando hasta cambiarse por “meter la pata”. Supongo yo que lo de Pateta la gente lo cambió por patita, y de ahí pasarían a decir meter en vez de mentar.

Mentar a Pateta era síntoma de mala suerte, de llamar al infortunio, siendo muy popular y ampliamente utilizado, por lo que sufrió una lógica transformación con el transcurrir de los años debido a la popularización en el lenguaje cotidiano.

De esto se deduce que cuando decimos que alguien ha metido la pata… estamos metiendo también la pata.

 

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
Enrique Brossa

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