Era una tarde de verano y hacía calor. Normal ¿no?, para esto está el verano.

Si el invierno es tiempo de recogimiento el verano es tiempo de movimiento. Vacaciones a la playa, a la montaña; carreteras llenas de coches a los que se les da la oportunidad de tragar kilómetros, ver espacios nuevos, ir a fiestas, conocer gentes.

El invierno es blanco, el verano es de colores. Todos los colores danzan juntos y, en este movimiento, en esta danza, nos unimos para vivir oportunidades, descubrir otras formas de bailar y de ver la vida. Tenemos la oportunidad de parar, detener lo que durante el año es obligado, para luego volver a casa con la mente más despejada y con la ilusión de emprender de nuevo con todo lo que nos encadena. Muchas veces lo que sentimos es frustración porque hemos descubierto otra forma de vida que, según parece, es solo para los afortunados que viven del trabajo de otros.

Siempre ha sido así, nos dicen nuestros mayores. Siempre ha sido así porqué siempre es el mismo movimiento. Cambia tu movimiento y aunque seas prisionero de tus responsabilidades, tu vida ya no será igual.

Es media tarde. El sol descarga sus rayos con fuerza, el aire se ha detenido para ver actuar al sol. En el campo, las plantas están cabizbajas esperando el caer del día o una tormenta de verano que calme su sed; saben que tal deseo es arriesgado porque en lugar de una lluvia refrescante, la tormenta pueda convertirse en un agente destructor. El granizo. Pero como la vida es una aventura hay que arriesgarse, ser valientes para aprender de lo que pase después del deseo.

Deseo detener mi movimiento, el cuerpo me pide a gritos que busca un lugar amable en la sombra, donde el agua corra, el suelo sea verde y no me alcance el sol. Mi cerebro dice que soy cómoda, que hay mucho que hacer. Claro, porque estoy en casa, si estuviera en la playa retozando con la arena, o recogiendo piedrecitas para el jardín estaría callado, le parecería bien. Voy a hacerme la loca y no hago caso a los esquemas de mi cerebro. Voy a descansar.

Respiro, cierro los ojos y me acomodo. Mi espalda se alegra y todo mi cuerpo resuena con una melodía de agradecimiento. Me siento bien. Cesé mi movimiento aunque la vida grite que es verano y que puedo hacer cientos de cosas. Que luego viene el invierno y me arrepentiré de no haber aprovechado el tiempo. No escucho, me da igual lo que opine la vida o mi cerebro y en esa negación de lo evidente fue cuando descubrí el verdadero movimiento. El movimiento mental.

Dicen que la imaginación es el camino más recto hacia los dioses, que los sueños encierran grandes verdades y que el movimiento fuera de nosotros es para distraernos y no descubrir nuestra verdad. Empiezo a ver dentro de mí y descubro capacidades que nunca vi. Me siento como el águila cuando hace el amor con el aire, a gran altura, y desde allí ve todo. Veo como crece la hierba, como cantan las flores; como crece el árbol desplegando sus ramas acariciadas por la brisa, y su rumor. Y sé que si abro los ojos veré otra realidad encadenante que no tiene nada que ver con el movimiento de mi mente. Pero me siento bien, porque ahí, en mis sueños está la verdad de lo que soy. Solo deteniendo el movimiento que me lleva fuera, iré descubriendo la riqueza de mi movimiento dentro, de mi realidad, mi belleza y mi poder.

 

 

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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