0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Cuando la vida saltó en pedazos, me dije: “la recompondré”, y recordando el consejo que una vez me diera una buena amiga: “cuando toda tu vida quepa en una maleta, habrás comprendido de qué va este mundo”, así que puse proa al viento y remé con fuerza para salir de la estela de los fracasados. Más tarde, cuando la salud me recordó la vulnerable e inevitable fragilidad humana, me dije: “acepto el reto”, y con el tiempo, renovado, llegué hasta caminar sobre las aguas. Cuando me rompieron el corazón, me dije: “ahora tengo la oportunidad de vivir con uno nuevo”, y sin arrendrarme, fui cicatrizando las heridas con el bálsamo de insólitos y bellos amores inesperados. Pero cuando en esta semana, prosaica e insolente, cayeron otra relación, una lavadora, el coche y el portatil, me dije: “voy a empezar a creer en el mal de ojo”, y fue entonces cuando descubrí la maga que llenó mi vida de sortilegios, que me acercó a la maravillosa fatalidad del destino, ese desconocido compañero de viaje, que si estamos dispuestos a recibirlo sin complejos, nos deparará sin duda las más misteriosas emociones.
Siempre he sentido que no importa lo que pase en mi vida, seguro que sabiendo interpretar los signos, sin duda, sería para mejor…
Pero ayer, mi cafetera dejó de funcionar, esa que me hacía soñar despierto al amanecer en mi terraza, la que me despertaba del sopor de la sobremesa para enfrentarme a la página en blanco, al amor, al maravilloso sexo de primera hora de la tarde, a mil historias excitantes de deseos y cafeína, y entonces descubrí que eso era ya demasiado, que había podido soportar casi todo en la vida, pero que esta muerte, tan íntima y repleta de complicidades era definitiva, que ahora, si tenía que buscar una solución a mi viajera y errática existencia, porque fue leyendo en los posos de su café, donde tantas veces transformé la derrota en oportunidad, la pena en esperanza, la soledad en compañía….
Pero la leyenda continúa, ahora más repuesto, optimista y positivo que nunca, he aprendido que aquella alma gemela de cafeína que siempre inspiró mis desvelos, volverá sin duda a la vida, en el cuerpo cafetero de alguna de esas preciosas maquinitas que me miran atractivas y sugerentes desde los escaparates. Hoy, que incluso ya he perdido hasta la famosa maleta de mi vida, conmovido y afortunado, debo agradecerle a mi vieja cafetera, su última y definitiva lección: haberme dado la oportunidad de creer en la reencarnación de los sueños.

Deja un comentario