Cerró instintivamente los ojos: cuando los abrió un instante después una nube de polvo de interponía entre él y el resto de la familia. Los gritos aterrorizados de las mujeres le aturdieron aún más.

-¡Los niños, los niños! -reclamaba la abuela, agitando sus brazos extendidos a diestra y siniestra.

El trueno que había dejado caer la bomba surcaba aún el cielo, lanzando metralla contra las fachadas de las viviendas de la calle. El proyectil había caído en el patio de la casa contigua, transformándola en un montón escombros y derribando el muro exterior de la casa de Miguel.

El hombre oía el llanto de los chiquillos y se estremeció pensando en lo que encontraría cuando finalmente pudiera ver con claridad. La angustia duró pocos minutos. Allí estaban todos. Enteros. Su mente los contó a toda velocidad. Todos, estaban todos. Sí, gracias a Dios no faltaba nadie.

Soledad, su esposa, estaba acurrucada sobre el suelo, junto al aparador. Un traje de vestir negro, unos entremeses para los vecinos y un rápido regreso a casa tras la ceremonia, fue todo lo que le pudo ofrecer para su boda, pero ella estaba contenta. Se llevaba bien con su madre y eso facilitaba mucho las cosas en la convivencia diaria en casa de sus padres.

Todos se fueron recomponiendo, abrazándose, llorando, sin fuerzas para maldecir la guerra. Todos menos Soledad. Ella seguía abrazada a sus rodillas, ausente. Debía estar aún aturdida. Miguel escaló algunos cascotes hasta llegar a donde estaba.

-Ha caído muy cerca pero todos están bien. Vamos ¡arriba!

Le extendió una mano para ayudarla a levantarse. Ella la observó con extrañeza, inmóvil.

-Dame la mano.

Súbitamente la joven apretó sus manos contra las sienes en un mudo gesto de dolor.
Miguel se agachó frente a ella y con delicadeza intentó retirar sus manos de las sienes. Ella se las apretó con más fuerza. Entre sus dedos se deslizaban dos hilos de sangre que le corrían hasta los codos por sus brazos desnudos.

Ese fue el primer descubrimiento. Tras él, la metralla incrustada que había respetado su vida, pero no su cerebro. Nunca volvió a ser la misma. Las horas de cordura se alternaban con días de inactividad, de desvaríos o de gritos. La abuela no podía controlar su comportamiento y temía por Soledad y por ella misma. También por los nietos, que habitaban la casa cuando sus padres estaban trabajando en el campo. Miguel no podía. Ni siquiera mirarla. En un sólo día la vida de todos había quedado tan maltrecha como el muro de la fachada. Sin embargo hubieron de reparar el muro y las vidas de la familia, tanto y tan bien como pudieron.

El psiquiátrico a veinte kilómetros la acogió. El día más triste de la vida de Miguel. Soledad no era consciente. No existía alternativa para ninguno de los dos. Allí estaría vigilada, cuidada y la familia, segura. Él quedó con días de trabajo, noches de cansancio, soledad y un futuro insípido.

La joven fue alojada en un dormitorio compartido. Cuando se volvía ingobernable, la encerraban en un cuarto blanco sin ventanas de cuyo techo colgaba una desnuda bombilla. Una estancia fría con una sola cama.

Las rutinas eran mecánicas, distantes, gobernadas por una profesionalidad que en ocasiones era antiséptica, otras veces frustrada o cansada. Soledad fue acumulando meses, siete u ocho, cuando una mañana amaneció dando grandes voces, gritando como nunca, revolviéndose como una fiera herida. Otra crisis. Otra estancia en el cuarto blanco.
Allí sería dejada hasta que se calmara, sólo era cuestión de tiempo. Como las otras veces.

A las cinco de la tarde la cuidadora abrió con precaución la puerta del cuarto. Un enfermero la acompañaba. Evaluarían su estado y decidirían si ya podían devolverla a su dormitorio habitual.

Soledad estaba en una esquina, con los cabellos sueltos y desordenados, pegados a la frente y al cuello por el sudor, sobre un charco de sangre que no cesaba de crecer. Casi desvanecida, se mantenía erguida apoyando la espalda contra la pared.

Con los ojos desencajados el enfermero corrió a examinarla. Sus labios estaban entreabiertos y respiraba débilmente, pero lo más sorprendente era que en el cuarto Soledad no estaba sola. De su camisa desabotonada asomaba la cabeza de un recién nacido, que succionaba uno de sus pechos. El bebé aún estaba unido a su cordón umbilical y a un trozo de sábana que Soledad, en un arranque de lucidez o de instinto, había usado para cortarlo.

Habían ignorado sus gritos toda la tarde, sin imaginar nada. Cuando la joven llegó no podía llevar la cuenta de su período, y en medio de una higiene casi ausente nadie descubrió su embarazo. La compasión y la conciencia ahogaban a la cuidadora. El enfermero intentó cortar la hemorragia como pudo mientras llegaba el médico del pueblo. Pero a su llegada éste sólo pudo atestiguar una defunción y un nacimiento.

Miguel dejó en el psiquiátrico la mujer de su vida y regresó con la mujer de su vida. No consultó al santoral para decidir, tampoco seleccionó entre los nombres de las mujeres de su familia o de la familia de Soledad. Para él sólo había un nombre; su hija representaba el milagro de la vida, el milagro de un nuevo comienzo, el milagro del consuelo, ella no podía ser más que “Milagros”.

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