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Hoy te quiero contar algo diferente. Te voy a revelar un secreto mío. En realidad los secretos no se deberían contar, entre otras cosas porque dejan de serlo y el misterio se pierde. Y por otro lado al contar algo íntimo das una información que se puede usar en tu contra. Pero me voy a arriesgar, como llevamos ya un tiempo juntos, creo que hemos tomado un poco de confianza. Pienso que me puedo fiar de ti y que todo esto que te explique va a quedar entre tú y yo. Espero que me guardes el secreto.

Hace unos años hice un viaje con fines solidarios. Me desplacé a un país hundido después de una cruel guerra que les había dejado sumidos en una situación caótica. La pobreza campaba a sus anchas, la delincuencia estaba a la orden del día, la inseguridad parecía ser lo único seguro. De la corrupción a todos los niveles ni te voy a contar. Las enfermedades tropicales se cobraban vidas a diario y, por no ser firme, no lo era ni la tierra que pisaban nuestros pies, raro era el día que no temblaba aquel Valle de las Hamacas. Por diversas causas, siempre dramáticas, cientos de niños vagaban por las calles mugrientas, convirtiéndose en fáciles presas de peligrosas bandas callejeras. Ellos, esos niños, fueron los que me llevaron hasta allí. No me parecía justo, ni bueno, que tantas vidas frágiles, delicadas y valiosas, estuvieran expuestas al dolor. Tenía un propósito claro y un proyecto. Rescatar y proteger a cuantos se pudieran y que por medio de un programa de apadrinamientos se les diera una oportunidad de salvación.

Pero ese no es el secreto, no lo he olvidado, ya te lo voy a contar. Salí de mi país, dejé atrás mis comodidades, mi seguridad, todo aquello que estabilizaba mi vida. No pienses que soy valiente, en mi equipaje llevaba todos mis miedos, quizá por eso pesaba tanto. El vuelo me hizo recorrer medio mundo solo para que me saliera más barato, las horas se hicieron interminables hasta llegar al destino, pero la experiencia y la expectativa de lo que estaba por ocurrir compensaba con creces. Cuando bajé del avión me dio la bienvenida una temperatura caliente y espesa, pero no me molestó en absoluto. Me encanta el calor, disfruto cuando los rayos del sol acarician mi piel y siento como la tibieza penetra hasta capas más profundas. El sol y la luz me dan vida, lo confieso. Era el clima ideal para mí. Ideal para mí y para lo que os quiero contar de mi secreto. Que no, que no lo he olvidado, que ya lo cuento.

Viajamos en pick-up desde el aeropuerto hasta la que iba a ser mi humilde morada. Humilde era, morada ya estaba por otros habitantes, que ya os explicaré. En todo mi tiempo en aquel país, que tan bien me acogió, nunca deseé volverme al mío. No tuve ganas de regresar por la falta de algunos alimentos. Tampoco me empujó la escasez de mobiliario o de espacio de la vivienda. No lo hicieron las gastroenteritis ni las fiebres que padecí. Ni tan siquiera los terremotos y las sacudidas de la tierra que parecía que quisiera quitarse las pulgas de encima. Pero lo de aquellos habitantes indeseables era otra cosa… Atravesé la puerta de mi casita, que constaba de una sola pieza, era dormitorio, sala de estar, cocina y comedor. De lo más cómodo y práctico, una sola habitación que cumplía con todas las funciones. Ah, perdón, y un cuarto de baño que disponía de inodoro, lavabo y ducha. Un lujo. Y no hablo en tono irónico. Era sencillo pero muy útil y no todos lo tenían allí.

Entré, pero deseé salir corriendo, te lo puedo asegurar. No dije nada, pero se hizo un nudo en mi estómago y el aire parecía que no quería entrar en mis pulmones, me quedé paralizada, pero mi corazón latía desbocado. Aterrada observé la estancia, allí estaba la que sería mi cama con una simple sábana que la cubría (solo la bajera, por cierto), pero ese no era el problema. También había un perchero como de aparador de tienda con algunas baldas en un extremo que sería todo mi ropero. Era suficiente, tampoco necesitaba más. Una sencilla mesa con tres sillas de plástico eran lo que hacían las veces de comedor. Me gustaban, para qué más. Y por último en un rincón se encontraba un pequeño mueble bajo empotrado, que tenía un fregadero de dos picas y un pequeño espacio a modo de encimera. Esto era lo que serviría de cocina. Una gran ventaja tener una cocina pequeña, antes se terminaría de limpiar. Nada de eso suponía un problema. Pero yo ocultaba un secreto y aquella noche se iba a convertir en una de las peores de mi vida. No le daré más vueltas y dejaré mi secreto al descubierto. Sufro una fobia. Aquel cuarto que debía ser mi casa estaba plagado de aquello que yo temía. No puedo ni pronunciar su nombre. Me aterra verlas vivas, pero el mismo efecto me producen si están muertas. No consigo ni tan siquiera mirarlas en foto ni dibujadas. El mero hecho de estar escribiendo de “ellas” me enferma. Y allí estaban por todas partes, en las paredes, por el suelo y hasta en el techo. Eran de un tamaño colosal y tan descaradas como que algunas no huyeron al encenderse la luz. Podría enfrentarme a un cocodrilo, pero nunca a uno de esos seres rastreros de la oscuridad. No hace falta decir que aquella noche no pude pegar ojo y no era por el jet lag.

 

Nota: Si me atrevo, en otra ocasión os seguiré contando sobre mis peripecias y mis secretos. Porque corrí muchas aventuras y desventuras y tuve que manejar mi fobia y llegar a un acuerdo con eses seres para tener una convivencia más o menos apacible. Por hoy lo dejo aquí que ya me está dando la taquicardia.

Otra nota: Como es de suponer no voy a poner una foto de… Pongo la del cocodrilo  ;)

 

 

Mati

Mi titulación como mi vida es rara. Soy correctora, que no perfecta. Espécimen difícil de clasificar. Saltimbanqui sin fronteras. Habilidades, las justas para sobrevivir. Mis gustos están alineados con mi alienación. Me irritan las sensiblerías y aborrezco la indiferencia. Soy el silencio pero siempre hay una canción en mi vida. No soporto ver la tristeza en los demás, prefiero cargarla yo. De manos pequeñas pero solidarias. Apariencia frágil, convicciones firmes. Introspectiva de ojos grandes que miran hacia afuera. Más oidora que habladora. Y más que otra cosa, amo amar.

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Comments

  1. Estupendo Mati. En realidad, para mojarse en cualquier cosa que tenga que ver con la solidaridad o con darse de algún modo a los demás, siempre habrá que enfrentarse a algún tipo de fobia. A veces puede ser tan física como la que cuentas; otras puede ser mental o emocional. Muchos temores internos impiden que hagamos más por el prójimo, lo reconozco.
    Agradezco tu valentía y tu ejemplo para enfrentarte a ellos.

     
  2. Ahí está, Mati…superando fobias. Siempre enseñándonos algo importante. Gracias.
    Ahhh…y creo que compartimos fobia, aunque yo no sería capaz de enfrentarme a un cocodrilo, a otros seres peligrosos si. ¡Eres muy valiente!