Cuando Juan Luís volvió a la taberna para seguir escuchando las aventuras del capitán, había decidido  dejar que sus palabras calaran en su mente, en lugar de distraerse como la última vez.

Era ya tarde;   sabía muy bien que el relato no tomaría forma en los labios del marinero hasta que desapareciera el sol. Siempre se preguntó por qué esperaba a que oscureciera y por qué prefería el candil de aceite y la luz de las vela. Tal vez lo que quería era crear un ambiente de misterio para penetrar así en la conciencia de quienes le escuchaban. Hoy pretendía  enterarse de todo pero sin dejarse llevar por la fascinación de los hechos.

Cuando entró en el local nadie advirtió su presencia. Ya había ido otras veces, así que era uno más. Buscó su sitio en el extremo de uno de los bancos, no muy cerca del capitán que ya estaba llenando, con el humo de su pipa, aquel recinto abarrotado de pescadores.

Cuando el marino dejó la pipa sobre la vetusta mesa de madera, llena de cicatrices producidas por las navajas de tantos y tantos hombres de mar que habían pasado  por la taberna, todo el mundo calló. Los primeros que silenciaron sus quebradas voces fueron los que estaban más cerca, luego el silencio como una nube mágica fue deslizándose entre aquellos hombres sudorosos y sin afeitar, hasta que se adueñó  del lugar.

José tosió, se suponía que para aclarar su voz,  y luego empezó el relato,

“Mi primer barco era la maravilla de las maravillas, en cuanto a seguridad y rapidez.  Lo construimos en el puerto de una isla escondida, al mando del mejor constructor de este planeta y del resto de los planetas que orbitan alrededor del sol. Nadie mejor que él sabía cómo construir un barco seguro, capaz de soportar los más recios temporales.

Cuando acabó la construcción me preguntó qué imagen quería que tallara para poner en la popa, sobre la quilla del barco; tenía que ser la imagen que definiera mejor lo que sentía en  mi corazón.

—¿Una imagen? —Le pregunté.

—Sí, un santo, o una virgen que te proteja; pero si quieres algo más original, puedo tallar la imagen del diablo  —me contestó riéndose a carcajadas.

—¿Te  parezco un diablo?

—No, me contestó, pero tus ojos son tan profundos que dan miedo.

Ahora era yo quien se partía de risa.

—No, no quiero un santo ni un diablo, le contesté sin dejar  de reír, quiero un águila con un pico grande  y las alas abiertas, porqué he decidido que más que navegar lo que voy a hacer será volar sobre las olas.

Aquel primer viaje fue poderoso, muy poderoso ya que partimos en contra de la opinión de todos los habitantes de la isla. El día era oscuro, el agua, en otras ocasiones de color azul transparente, era casi negra, y no se divisaba el horizonte.

—¡Mal presagio! —Decían algunos.

—Quien parte en estas condiciones,  no vuelve — decían otros.

—Estáis locos si pensáis que podéis desafiar a las brujas y a los duendes que incitan al mar a tragarse todo lo que está en su superficie.

Escuché los comentarios de todos sin alterarme hasta que hubo un comentario que me enfureció.

—No he trabajado seis meses en la construcción de mi mejor barco para que lo tires por la borda.

Quien hablaba era el constructor.  Lo cogí por el cuello de la camisa y lo acerqué a mi cara hasta que su nariz rozó la mía,

—¿Tu barco? ,le pregunté.  No es tu barco, es mi barco ¿O no recuerdas las monedas de plata que te di? Es mi barco, recalqué lentamente pronunciando aquellas palabras una a una. Es, mi, barco.

Luego le solté y llamé con fuerza, ¡Marineros subid a bordo! Nos vamos.

Algunos titubearon, otros cargaron con su petate y subieron a la cubierta sin más. Tardamos menos de diez minutos en estar todos a bordo,

—Levad anclas, grité con todo mi potencial, poniéndome delante del timón. Contramaestre, icen las velas, aprovecharemos las primeras rachas de viento para situarnos en alta mar.

En pocos momentos la cubierta se llenó de marineros que trabajaban para cumplir mis órdenes. Todos tiraban con fuerza para alzar la vela mayor que como un ángel de enormes proporciones abría sus alas al viento. Luego fueron izando el resto hasta que la hermosura completa de mi navío, con sus velas blancas, recortó la grisácea luz de la niebla que nos comenzaba a engullir.

 

Aun y así, el mar estaba en calma. Mis marinos en silencio. Lo único que llegaba a mis oídos era el choque de las olas contra el casco que, como una flecha iba surcando el agua. Me llegó una oleada de temor. Aquellos hombres estaban asustados;  habían embarcado por codicia no por valor. Hacía dos noches que les había  mostrado unas monedas de plata, prometiéndoles que cuando llegáramos al final de nuestro viaje los iba a convertir en hombres ricos.

¿Cuál era nuestro destino? Ni yo mismo lo sabía. Era una aventura. Solamente quienes se lanzan al vacío transforman sus vidas pobres, absurdas y aburridas, y eso pretendía yo. Dejar que el hado de la suerte marcara mi destino y me mostrara otra dimensión que mi conciencia no había logrado rasgar.

Pudimos continuar el viaje sin ningún incidente. No había visibilidad. Yo agarraba con firmeza el timón sin apartar la vista de la niebla que tenía delante y en la que nos íbamos adentrando  como si abriera una cortina que no tenía fin.

Podía haber pensado que la mala suerte nos hiciera chocar con algo que no podíamos ver, pero ni por un momento tal pensamiento enturbió mi mente, porque en lugar de pensar, mi mente volaba y el navío volaba con ella.

Tras unas horas de navegar, vi a la izquierda, a lo lejos una pequeña ciudad. También estaba envuelta en la niebla, con pequeñas y opacas luces que la delataban. No, me dije, éste no es nuestro destino, y volví otra vez a imbuirme en mis deseos de penetrar en lo desconocido.

De pronto todo cambió. Desapareció la niebla y en su lugar apareció un hermoso cielo azul. Era como si hubiéramos salido de las entrañas del diablo para aparecer en el paraíso. El mar estaba tranquilo, quizás demasiado tranquilo;  nunca me fié de la profunda calma que quiere convencerte que todo está bien, motivo por el cual uno se relaja y  muchas veces se ve sorprendido por golpes desafortunados que se esconden tras la aparente calma. Sin una brisa de aire que  inflara las velas el barco se hallaba indefenso y yo no estaba muy seguro de la capacidad de los remeros. Todo ello, en conjunto me llenó de inquietud, pero no así a mis marineros que rompieron  su asustado y cargado silencio hablando todos a la vez. Algunos pensaron, equivocadamente, que ya habíamos llegado a nuestro destino y les tuve que convencer de que todavía no habíamos empezado la aventura.  Entonces comenzó un desenfrenado movimiento. La mayoría entusiasmados por el cambio bajaron sus petates a los camarotes, otros recogían los rollos de cuerdas, despejaban la cubierta para que todo estuviera en su lugar.  Un grupo llevó a la cocina los alimentos que habíamos adquirido para el viaje. El cocinero andaba buscando un pinche para que le ayudara en la cocina…. La vida había despertado en mi barco.

Aquel mar era una maravilla. Si  mirabas por la borda veías, a una respetable profundidad, la vegetación marina y si alzabas la mirada, las velas aparecían más blancas contrastando con aquel maravilloso cielo azul. Pronto aparecieron gaviotas que nos iban siguiendo, esperando que tirásemos por la borda los restos de la cocina. Incluso parecía oírse una agradable melodía. Ya nadie sentía temor, ya todos estaban satisfechos con el viaje emprendido y nadie se preguntaba cual era el destino.

Pero ¿Por qué  tenía aquella extraña sensación? Una voz en mi interior me decía “Relaja tu cuerpo, deja que tus manos cojan el timón sin tensión, pero no relajes tu mente”

De pronto, un marinero grito.

—He visto a alguien nadar cerca del barco.

Todos miramos al vigía.

—¿Ves tierra?, le pregunté.

—No señor, no veo nada, solo cielo azul y mar limpio y transparente.

Todos se rieron del marinero, menos yo. Recordaba aquella experiencia que ya os conté, del marinero que desapareció tras haber visto una sirena. Y los apuros que pasamos para intentar evitar que sus cantos nos embrujaran. Aquella vez yo era muy joven y todavía no tenía mi propio barco.  Incluso dudaba que hubiera sido real.  Ahora que me sentía dueño de mi destino  algo inesperado  podía suceder. Creía que estas experiencias  no eran habituales, pero ahí estaba el hado de la suerte negándome su ayuda. No las tenía todas conmigo. Intenté confiar en que el marinero se equivocaba y que lo que había visto era la cola de un atún.

—¡Estarás borracho! Habrás visto una ballena o un delfín.

—No era ni una ballena ni un delfín, señor, se defendió el marino,  creo que era una mujer.

Ante  tal afirmación todos callaron. Un miedo recorrió mi espalda. ¡Sirenas!  Ahora comprendía mi inquietud. Aquel hermoso lugar era una trampa y sin viento no podíamos escapar, a menos que los brazos de mis marinos tuvieran la suficiente fuerza para remar.

—¡Muchachos!, Grité, no os acerquéis a la borda! ¡No miréis el mar! Todos a la bodega. Remeros, sacadnos de aquí.

En vano grité, nadie me hacía caso. Todos los marinos estaban mirando el espectáculo. Había cientos de sirenas, a cual más bella.

La mayoría nadaban delante de nosotros, no parecían peligrosas. Tal vez las leyendas que contaban de ellas no fueran ciertas, pero un instinto de supervivencia me mantenía alejado

De pronto desaparecieron y el mar quedó en calma. Un ¡O! desilusionado llenó el ambiente y el silencio se apoderó de nuevo de la cubierta.

Durante unos días navegamos lentamente por un mar calmado y amable, limpio y acogedor, y las sirenas nos visitaron todos los días, nadando a nuestro alrededor. Los marinos se acostumbraron a su presencia y en cuanto su trabajo lo permitía se quedaban ensimismados contemplando su belleza. Un extraño halo irreal llenaba el ambiente.

Pero un día desaparecieron y no volvieron más, entonces una enfermedad terrible se apoderó de los hombres, la melancolía. Cada día eran más torpes y no cumplían bien con sus obligaciones, algo muy peligroso que podía llevarnos a arruinar aquel viaje, dejándonos perdidos en el océano para siempre. Los convoqué  y les hablé pero no escucharon. El más valiente alzó su voz.

—Capitán, dijo, estamos enamorados, no podemos vivir sin ellas, daríamos nuestras vidas por verlas una vez más.

—Ilusos, les contesté, es solo una ilusión, pensad en vuestro hogar, vuestras familias, el objetivo por el cual embarcasteis….

—No podemos capitán, nos han robado el corazón.

A partir de aquel día fueron desapareciendo, uno a uno, mis marinos. Sospeché que se habían tirado al mar en busca de sus sueños y mis sospechas se confirmaron cuando empecé a ver sus cuerpos flotando en el agua.

Estúpidos, pensé, yo también tengo sueños, pero no quiero dejar mi vida por una ilusión. Entonces decidí, junto a mi contramaestre, el cocinero y el pinche, que debíamos atracar en el puerto más cercano.

Nos pusimos a calcular el lugar donde nos hallábamos, nuestras posibilidades y nuestra situación y al cabo de una semana llegamos a buen puerto”

 

Llegado a este punto el capitán quedó en silencio. Los hombres que le estaban escuchando casi que habían detenido su respiración, el silencio era tan denso que podía haberse cortado con un cuchillo.

Seguramente muchas dudas bullían dentro de sus mentes pero envueltos  por la fascinación del relato aún no sabían cómo formular las preguntas.

Entonces Juan Luís se levantó del incómodo banco, se acercó al capitán mientras acariciaba sus doloridas nalgas y se atrevió a preguntar:

—¿Por qué habían enloquecido los hombres que navegaban con él? ¿Tan peligrosa son las sirenas?

—No, no lo son — contestó José—, solo son bellas, por eso es tan difícil verlas, ellas saben lo que provocan en los hombres y aunque su deseo sería formar parte activa,  junto a nosotros en las inesperadas vivencias que nos proporciona la navegación, deben permanecer escondidas.

—No lo entiendo,  —dijo— ¿Por qué la belleza enloquece?

—Porque  no admitimos ni valoramos nuestra propia belleza muchacho, la de nuestro interior; la vemos fuera, la deseamos, nos enloquece, y eso es así hasta que reconocemos que también somos criaturas bellas. Estoy cansado —añadió levantándose—. Que tengan unos felices sueños.

Se abrió paso entre los hombres, que todavía permanecían silenciosos, como si un choque emocional los hubiera dejado sin habla, y desapareció en la oscuridad de la noche.

Juan Luis lo vio salir, sorprendido;  El hombre parecía distinto, más cuerdo, no se había quedado  para emborracharse y su historia era diferente a aquella que se perdió hacía unos sábados, cuando la mente le jugó la pasada de llevarle hasta las historias que contaba la abuela. Volvió a la realidad cuando uno de los concurrentes gritaba:

—¿Belleza? Con estas greñas, barba de 15 días, y sin dientes, ha,  ha, ha.

—Bueno —dijo Juan Luís levantándose y dirigiéndose  a la puerta de salida:

—Podéis empezar con un baño, ir al barbero y al dentista y poneros ropas limpias y decentes, —y salió corriendo, sin esperar respuesta, temiendo que las jarras vacías de cerveza volaran sobre su cabeza.  Y no se detuvo hasta que se sentió  a salvo.

 

 

 

 

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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