—Aquella noche Manuel estaba inquieto  —susurró cerca de las mejillas de su nieto—. Era una noche parecida a esta. El viento aullaba de tal forma que no sabíamos si había algo más. ¿Acaso los lobos habían bajado del monte?, ¡No!, no podían ser los lobos, ellos jamás se acercan a las aldeas que están cerca del mar. ¿Entonces…? Serían las carcajadas de las brujas que aprovechaban la fuerza del viento para volar con sus escobas por las calles del pueblo. Y, ¿Si eran los demonios que aprovechando el miedo de la gente salían a rondar, a sus anchas? A Manuel le daba igual. No estaba seguro de si había amarrado bien la barca de pesca: La única herramienta que tenía para ganarse la vida y sustentar a su familia. Tenía que salir a comprobarlo.

— ¿Y salió? —Preguntó Juan Luís con la voz entrecortada por el miedo.

— ¡Claro que salió! De no hacerlo podía perder la barca, y, sin ella ¿Cómo iba a ganarse la vida? Su mujer insistió para que se quedara en casa. Le dijo que estaba segura de que la barca estaba bien amarrada. Que la Virgen la protegería. Que ¡Por favor! desistiera. Pero él no le hizo caso. Se echó el impermeable a la espalda y salió acabando de vestirse cuando ya estaba en medio de la calle. La lluvia le azotó el rostro y el viento impedía que se abrochara la prenda. Se puso de espaldas al temporal y, medio cegado por el agua, la cerró hasta el último botón, desapareciendo en la oscuridad. Su esposa, temblando, cerró la contraventana y corrió las cortinas; luego encendió las velas del pequeño altar que tenía en su habitación, dedicado a la Virgen del Carmen, y se arrodilló rezando con fervor “¡Por favor, virgencita mía! cuida de Manuel”. De pronto, como por arte de magia, se abrió la ventana de golpe y el viento se coló en la habitación apagando las velas. La mujer, asustada, corrió  al cuarto contiguo en donde dormían sus hijos, -una pieza interior, sin ventanas- y, cerrando la puerta con el pestillo, se acurrucó en la cama junto a sus dos pequeños.

Al amanecer cesó la tormenta. No había ni una sola nube, el cielo lucía un azul brillante, el sol presagiaba un hermoso día. La mujer, con un rictus amargo en el rostro y visibles signos de no haber dormido, salió de la habitación  de los niños, que aún descansaban plácidamente, comprobando, tal como intuía, que su marido no había vuelto aquella noche. Con un estallido de dolor salió de su casa corriendo, camino del puerto. Allí no estaba la barca de su marido, y él tampoco. Empezó a gritar, alocada, hasta que los marinos que tomaban su primera copa en la taberna, oyeron sus dolorosos alaridos y salieron para auxiliarla. Enseguida montaron un equipo de rescate y se hicieron a la mar. Después de dos horas de navegar y cuando su búsqueda parecía infructuosa vieron un punto en el horizonte. Se acercaron esperanzados: Efectivamente, era la barca de Manuel, sin rumbo, como una cáscara de nuez bailando sobre las olas. Al acercarse vieron que el hombre estaba tendido en el fondo de la barca, parecía muerto. Cuando por fin pudieron amarrar la embarcación junto a la suya, la abordaron y, sin perder un segundo, reanimaron al pescador.

—¿No estaba muerto? —Preguntó Juan Luis con el miedo reflejado en su rostro.

—Lo hubiera estado, si no le hubieran encontrado a tiempo —Dijo la abuela dispuesta a continuar con el relato— Luego, ya repuesto del todo, contó lo que le había sucedido:

« La barca se había soltado. Las olas eran tan altas que me era imposible intentar ir a por ella. De pronto apareció una vieja montada en una escoba, me agarró por la espalda y me llevó volando hasta la embarcación. Después de la primera impresión, y con un susto de muerte en el cuerpo, reaccioné, pero no pude dominar las embestidas del mar, hasta que, exhausto, me desmayé»

—¿Era verdad lo de la bruja, abuela?

—¿Acaso tienes tu otra explicación, jovencito?

—Yo creía que las brujas eran malas.

—Ni malas ni buenas, hijito. Simplemente son.

Llegando a este punto del recuerdo, volvió a centrarse en la voz de José. Estaba a punto de terminar el relato y él no se había enterado de nada.

—…. Y ya nunca volvimos a ver a aquel marinero. Yo, respiré aliviado porque a pesar de lo dulce de la tentación, permanecí amarrado. No sé muy bien si por voluntad propia o porque no supe deshacer el nudo”.

Bien que os pareció la historia. ¡Aj ¡—añadió—.  Tengo la garganta seca.

Iba a coger de nuevo la jarra pero la tabernera le había visto la intención y fue más rápida que él; se abalanzó sobre la mesa y cogiéndola la  escondió detrás de sí.

—Bebe con el vaso —Le dijo armándose de valor al sentir como los ojos penetrantes del marinero la miraban fijamente—. Por favor —añadió tremendamente turbada.

—Vaya —contestó el hombre echándose a reír a carcajadas.— La dulce tabernera tiene mal genio.

Todos corearon a José riéndose. La  mujer, disimulando su turbación se parapetó detrás de la barra.

Juan Luís se levanto, había llegado el momento de largarse. Todos los sábados acababan igual. Bebían hasta perder la noción del tiempo y del espacio. A partir de este momento el ambiente se iba cargando y al muchacho no le gustaba en absoluto. “Qué rabia” Pensó para sus adentros. “¿Cómo me he podido despistar de este modo?”. Se deslizó entre los hombres que gritaban y reían con el brazo alzado, mostrando sus vasos como si de un trofeo se tratara, cuando de pronto una mano grande, enorme, le agarró por el cuello de la camisa.

—¡Jovencito!, ¿qué tal, la historia de hoy?

No hizo falta que se volviera para adivinar de quien era aquella mano tan grande. Lógicamente reconoció la voz de José.

—Bien, ¡bien! —contestó con temor. Era la primera vez que José, el marinero, le producía esta sensación.

—¡Mentiroso! Hoy te he visto con la mirada perdida ¿Estabas pensando en tu novia, cachalote?

Juan Luís se revolvió. Dio un tirón y se soltó de la zarpa del marinero.

—Pensaba en mi abuela. Ella también cuenta historias.

—Bien. Pero cuando vuelvas, es a mí a quien tienes que escuchar.

No le contestó. Salió a toda prisa. José ya había bebido lo suficiente como para mostrarse con cierta agresividad. Juan Luis salió a la calle. El viento le azotó el rostro y pequeñas gotas de espuma le alcanzaron. Se alejó rápidamente de la taberna subiendo la pequeña cuesta que desembocaba en el paseo que bordeaba el litoral. El fulgor de la luna era tan potente que iluminaba el sendero. Mientras caminaba, las voces de los marineros le llegaban cada vez más lejanas. En cuanto llegó se sentó encima de la pared que protegía el paseo de la caída recta de los acantilados y se quedó ahí, mirando el cielo… Era un placer después del tórrido calor que los había fustigado aquel día. La luna, como un globo radiante, se deslizaba por la superficie marina hasta llegar a la taberna convirtiendo el caserón en una casa de muñecas con todas las luces encendidas. Era otro mundo, como si al adentrarse en aquel ambiente hubiera cambiado de dimensión. Ahí arriba, la gente paseaba para resarcirse del bochorno vivido durante el día. La brisa que llegaba del mar era muy agradable. Los pequeños corrían delante de sus padres comiéndose un helado que se deshacía rápidamente entre sus manos llenándoles la cara, las manos y la camiseta de manchas pegadizas. Los padres charlaban entre sí.

“Es mejor el invierno” Se dijo Juan Luis otra vez. “Tanto turista le quita encanto a todo”

Se levantó y con pasos relajados se fue a su casa para escribir la historia del marinero José. Sabía el principio y el final; lo del medio… se lo inventaría. Tal vez el sábado siguiente, con un poco de suerte repitiera la misma historia, sino lo podría aderezar con algún párrafo de las historias que le contaba su abuela.

 

 

Mi pasión, mi necesidad: escribir, comunicarme, penetrar en el mundo de las pequeñas cosas; unirme a la vida y contagiar.

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