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¡Escritores!

Seres dotados con el talento de trenzar palabras para urdir las más sorprendentes historias, hacer que los creas a pies juntillas y, a la vez, dejarte al borde de un ataque de ansiedad al no cumplir los plazos y haber gastado por adelantado parte de lo cobrado en concepto de los derechos de su (¡seguro!) próximo éxito de ventas.

¡Y maldita sea la hora en que decidí depender de esos chupatintas para ganarme las habichuelas! Ellos, que cuando te tienen enfrente, te observan como el científico loco que ha pinchado a su ratón con la más mortal de las enfermedades. No tienes claro si serás la víctima en su próxima novela negra o el más feroz de los vampiros en su nueva trilogía. Y lo peor de todo es que acabé casándome con uno de ellos, el infumable Jerónimo Lucho.

Sí, como habréis podido deducir, mis pacientes lectores, soy Jesusa de Sotomayor, la dueña de la editorial más importante de España, Ediciones Mundial, en Barcelona. Me habréis visto infinidad de veces en las revistas del corazón. Mi familia es del más rancio abolengo del país. Mi padre fue el coronel Arturo Adalberto de Sotomayor y Mora y mi madre es Agustina Renata de los Ángeles, Tini para las amistades.

No estaba pasando por mi mejor momento, en buena parte debido a los menguados ingresos y múltiples gastos de la editorial. Como ya era tradición, estábamos todos en casa de mamá el dia veinticinco de diciembre para celebrar la Navidad.

Ese año, por primera vez desde que tenía uso de razón, no íbamos a tomar ni escudella ni carn d’olla. Mamá se dispuso a servirnos el Confit de Canard aux Pomme que había aprendido a hacer gracias al programa del cocinero que aparecía en televisión de lunes a viernes, justo a la hora de la comida y que se había hecho millonario por anunciar insectos para aperitivos. Cuando mamá dejó la fuente en la mesa, esta se vino abajo, haciendo añicos la vajilla y la cristalería.

—¿Os habéis hecho daño? —dije incorporándome para ver los desperfectos.

—No, no—respondieron todos al unísono, blancos por el susto.

—¡Pero si seguí al pie de la letra los consejos del programa “Carpintería Fácil”! —Exclamó mamá—. Aunque ahora entiendo porqué me sobraron tantos tornillos… ¡Dichosa memoria!

—¿Dónde está la mesa Luís XV de la abuela, mamá? —Preguntó mi hermana Mencía.

—¡Ay, hija! Tuve que venderla para poder pagar la temporada de televisión por cable—y, mirando furibundamente a mi cuñado Macario, terció—. No sé cómo pretendéis que sobreviva con una pensión de tres mil euros al mes.

Al aludido se le enrojecieron las orejas ante la inesperada bronca de su suegra. Macario Lisandro ocupaba el muy criticado puesto de Ministro de Cultura en el gobierno central. Un catalán en la corte.

—Mamá, por favor…—Comenzó Mencía ante el mutismo de su marido.

—NI mamá ni puñetas—cortó mi madre—. Bueno, habrá que hacer algo o no comeremos.

—¡Tenemos hambre, tenemos hambre! —Empezaron a increpar mis sobrinos en un mantra cada vez más cansino.

—¡Silencio, niños! —Rugí—. Vamos a pedir comida. Lo más rápido es la comida china o una pizza.

—No, comida china no—habló por primera vez Macario—. Los chinos se enfadaron mucho conmigo cuando declaré que, si seguían comiendo tanto arroz, acabarían con nuestra paella…

—¿Y tú eres el Ministro de Cultura? —Espeté antes de que pudiera detener el avance implacable de mis palabras. Otra vez sus orejas enrojecieron como pimientos. Me recordaba al Gusiluz que había tenido mi hermana Mencía de pequeña y me pregunté si no sería aquello lo que le habría atraído de él.

—¡Jesusa!

—¿Y tú? —Exclamé cada vez más encendido, girando el cuerpo hacia el lerdo de mi marido—. ¿Tú no dices nada?

Jerónimo se limitó a encogerse de hombros a la vez que ponía cara de que la cosa no iba con él.

—¡Bueno, haya paz! —Sentenció mamá, recuperando el control de la situación—. Que alguien llame y pida pizzas. Lo importante es que estamos aquí todos juntos. Y vosotros, niños, id a la salita a jugar, que no me dejáis escuchar la televisión.

Ante la orden de su abuela, mis sobrinos se apresuraron a obedecer, por la amenaza más que probable de quedarse sin regalos de Navidad. Mencía llamó a la pizzería.

—No tardarán mucho—explicó en cuanto colgó—. Por lo visto hoy no tienen mucho trabajo.

— ¡Pues claro! Hoy es…—Comenzó a decir mamá a punto de saltársele las lágrimas.

— ¡Chist! ¡Callad un momento!— Corté a mi madre, que me dedicó una irritada mirada. En la televisión aparecía la foto de Pedro Serrano, mi más reciente fichaje.

El presentador del informativo contó con gran dramatismo la noticia de aquel día: el conocido escritor había fallecido la noche anterior a precipitarse por uno de los balcones de una suite del Hotel Esplendor, cerca de su famosa piscina. Aunque se había dictado secreto de sumario, se apuntaba la hipótesis de un suicidio.

—¡Mierda!—Exclamé sin poder contenerme.

—¡Jesusa! ¿Se puede saber a qué se debe ese vocabulario arrabalero en esta mesa?

—Pedro Serano era uno de los autores estrella de la editorial. Me había dicho que tenía material suficiente para sacar un bombazo editorial y yo… Yo lo creí.

—¿Y?—Preguntó el mendrugo de mi marido.

—Pues que firmamos un contrato…—Y además le había adelantado un setenta y cinco por ciento de lo convenido y ahora…¡Tururú!

—Bueno, tu tranquila, cariño. Seguro que lo arreglarás todo, como siempre—intentó animarme, consiguiendo justo lo contrario—. En fin, me voy un momentito al baño—añadió mientras hacía mutis por el foro.

Pero ¿qué demonios había comido o bebido el día en que me enamoré de él?

MI cuñado Macario no dejaba de mirarse el reloj. No sé si tenía hambre o ganas de salir disparado de la fabulosa reunión familiar. De repente, llamaron a la puerta y, para hacerme pasar el mosqueo, me levanté y fui a abrir.

—¡Jo, jo, jo! ¡Feliz Navidad!—Me dijo un hombre que me llegaba por la cintura, disfrazado de Papá Noel, cargado con un saco. De un salto me esquivó y entró al comedor—.¿Dónde están los más jóvenes de la casa?

—¡Aquí, aquí!—Gritaron los ilusionados niños a su inesperado visitante, mientras este descargaba su saco repleto de paquetes envueltos en unos conocidos grandes almacenes—. Papá Noel, nos hemos portado muy bien.

Volvieron a llamar a la puerta.

—Voy yo. Seguro que son las pizzas. Quedaos con los chicos—dijo mamá, levantándose hacia la puerta.

No pasó ni medio minuto, cuando entró en el salón otro Papá Noel, esta vez de casi dos metros, con su saco, cantando villancicos con su voz de tenor y dejándonos a todos mudos. Los niños empezaron a chillar histéricos.

—¿Por qué hay dos Papá Noel? ¡Si solo hay uno en el Polo Norte!

—Niños…

En aquel momento apareció Jerónimo como si seacabara de caer de la higuera, para variar:

—¿Ha venido Papá Noel, niños?—Él también enmudeció al ver a los dos personajes rojos—. Pero ¿qué…?

Yo ya estaba fuera de mis casillas. ¿Cómo podía haber tenido alguna duda? ¡Todo aquello era cosa de aquel botarate que no daba ni una a derechas!

Los niños seguían berreando inconsolables. No entendían que hubiera dos Papá Noel. Y a ver quién les explicaba ahora la verdad.

Ante tal escándalo, a Mencía le entró un ataque de risa y aquello ya fue la gota que culminó el vaso. No aguanté más y me fui gritando:

—¡A la mierda! ¿Me has oído, Jerónimo? ¡Estoy harta! ¡Annus Horribilus! ¡Me río yo de la reina de Inglaterra cuando murió Diana de Gales!

Abrí la puerta en el momento justo en que llegaba el repartidor chino de las pizzas. Atravesé corriendo el caminito del jardín hasta la verja de la calle. No lo pensé dos veces, cogí el ciclomotor del chino y, sin casco, salí corriendo de aquel nido de inútiles.

Los mossos d’esquadra me pararon a las dos manzanas para hacerme la prueba de alcoholemia y, de paso, ponerme una multa que, a buen seguro, les pagó los turrones y el cava de aquella Nochevieja.

(Continuará)

Núria Graell Coll

 

Escritora, chupatintas, urdidora de historias, llámalo como quieras, pero escribir me da la vida. Escribo en catalán y en castellano, me considero privilegiada al poder expresarme en dos lenguas.

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