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La habitación del hospital estaba un tanto en penumbras, apenas estaba amaneciendo y las dos vecinas de cama dormitaban todavía. Yo las observaba con ternura mientras estiraba mi cuerpo entumecido de estar toda la noche sentada en aquel sillón de muelles asesinos. Pronto llegarían las enfermeras con su rutina diaria. Tomar la tensión, comprobar la temperatura, revisar el suero y entregar la medicación. Preciosas profesionales que se dedican a atender a las personas en sus momentos más vulnerables. Algo más tarde llegaría la chica de la limpieza con su mopa y su fregón, con su alegría y con algún chisme de la habitación de al lado que siempre arrancaba una sonrisa de nuestros labios. Después de meses de compartir aquellos minutitos anecdóticos de las mañanas, llegamos a querernos, a pesar de que siempre me echaba de la habitación. Luego llegaba el turno del desayuno de las enfermas, que al tratarse de personas mayores con hipertensión, diabetes, colesterol, disfagia, y qué sé yo que más enfermedades de extraños nombres, consistía en una especie de papilla insulsa que dejaba a las convalecientes un tanto desconsoladas. En un intento de consolarlas y de solidarizarme con ellas, probaba de sus cuencos y les decía cuán nutritivo y necesario era que lo comieran, que lo habían preparado especialmente para ellas, que era por su bien y que, al fin y al cabo, no estaba tan malo (…). No sé si llegaron a creerme nunca.

Pero aquel día, después de ver sus caritas surcadas por los años, tristonas y sus ojitos llorosos y sus pálidas manos temblorosas más apáticas que de costumbre, me dispuse a hacer una travesura. Aprovechando el momento en el que me echaban irremediablemente de la habitación, bajé hasta la cafetería. No me gustaba nunca abandonar mucho rato a mi mamita ingresada ni alejarme de ella, por lo que mi trastada no me debía robar demasiado tiempo. Miré en las vitrinas qué delicatesen ofrecían esa mañana y cuando los vi supe que eran lo que estaba buscando. Los compré y los oculté en una bolsa opaca, sintiéndome cómplice de algún delito, pero con una extraña sensación de felicidad. Me dirigí de nuevo hacia el hospital y pensaba que la sonrisa que surcaba mi cara me delataría en algún momento. Subí en el ascensor y di los “buenos días” sospechosamente feliz al personal  y a los acompañantes de los enfermos, que a lo largo de los días, nos habíamos convertido en amigos estupendos. Disimulas muy mal, me dije entre dientes, pero no importa sigue con tu plan.  Cuando llegué a la habitación allí estaban mis “chicas” sentadas en los sillones, ya las habían aseado y cambiado las sábanas y descansaban esperando la siguiente analítica, la siguiente prueba médica, la siguiente punción. Entré como a hurtadillas, como si fuera un ladrón, con un brillo especial en los ojos y así lo percibieron ellas. Cerré la puerta con delicadeza, sin hacer ruido. Me miraban expectantes, sabedoras de que algo diferente estaba por ocurrir. Sin demorar más la cuestión, les dije que tenía un regalito para ellas, pero me tenían que guardar el secreto. Las dos nonagenarias como quinceañeras me sonrieron con complicidad y saqué de mi bolsa los churros con chocolate que transportaba de contrabando.  Me parapeté en la puerta para impedir que fuéramos descubiertas en tal fechoría, mientras mis “niñas” saboreaban el chocolate y devoraban los churros. Las risas que nos duraron varios días fueron para mí el mejor regalo que ellas me podían hacer a mí.

Aún lo recuerdo y no dejo de sonreír.

Photo by Diego López

 

Mati

Mi titulación como mi vida es rara. Soy correctora, que no perfecta. Espécimen difícil de clasificar. Saltimbanqui sin fronteras. Habilidades, las justas para sobrevivir. Mis gustos están alineados con mi alienación. Me irritan las sensiblerías y aborrezco la indiferencia. Soy el silencio pero siempre hay una canción en mi vida. No soporto ver la tristeza en los demás, prefiero cargarla yo. De manos pequeñas pero solidarias. Apariencia frágil, convicciones firmes. Introspectiva de ojos grandes que miran hacia afuera. Más oidora que habladora. Y más que otra cosa, amo amar.

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